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Crónica VIDA Y OBRA DE UN MAESTRO Alfonso Sulca lleva más de 50 años demostrando al mundo que el arte popular ayacuchano no es un género menor sino todo un concepto. Él redescubrió la esencia del arte con sus trabajos

La estirpe ayacuchana sobre una tela

Por Ricardo León

"Empecé con una franja de diez centímetros...". Después de reconocer con absoluta honestidad que en lugar de viajar y exponer sus obras preferiría estar sentado en su taller trabajando --a su tiempo y en su espacio--, Alfonso Sulca decide contar su historia con lujo de detalles cronológicos y 'cromológicos' con la misma sabiduría con la que confecciona un telar.

SUS ORÍGENES: EL BOCETO
Don Ambrosio Sulca descubrió el talento de su hijo en un pedazo de tela. Le habían encargado tejer un tapiz de gran formato para la catedral de Ayacucho y el pequeño de 8 años, Alfonso, se encargó de confeccionar uno de los bordes; corría 1955 y ya don Ambrosio descubría que uno de sus diez hijos podía llegar a ser el depositario de sus secretos mejor guardados. "Tienes voluntad y paciencia; es lo principal", le dijo al precoz Alfonso, y él tomó esas palabras como una suerte de anuncio.

Don Ambrosio no le regaló sus secretos a Alfonso, pero dejó que los descubriera trabajando a su lado. Estos descubrimientos en serie se revelaron como un todo cuando Alfonso obtuvo la mención honrosa en un concurso por Semana Santa en Ayacucho. Tenía 12 años y sintió por primera vez que debía fortalecer esas dos virtudes que su padre vio en él: la voluntad para superarse a sí mismo y la paciencia para esperar a que alguien lo reconociera. A los 14 años ganó el primer premio de ese mismo concurso.

La juventud de Alfonso fue construida a base de cambios. Para mejorar su técnica empezó a investigar nuevos diseños y texturas y dejó la confección de frazadas como un mecanismo de supervivencia económica por la confección de tapices como un ejercicio de creación artística.

Después vendría la carga sentimental: cuando la madre de Alfonso murió, en 1966, él vivía una intensa búsqueda en el mundo de los vegetales y viajaba por Ayacucho tratando de recuperar los tintes vegetales. Uno de sus viajes era a Jatumpampa, la tierra de la que más tarde sería su esposa y con la que, antes de casarse, fugó a la puna de Cangallo como un acto de rebeldía con causa y sin pausa. "Me fui con ella y con mi telar. Yo quería mejorar mi técnica para demostrar que no era un simple tejedor, sino un artista". Ya Alfonso había ganado un concurso mundial en Lima, ya lo conocían como el 'Gobelino Peruano', ya su padre había decidido que era el momento de revelarle sus secretos.

Pero no era suficiente: Alfonso quería vencer los prejuicios que lo acosaban y para eso también necesitaba voluntad y paciencia.

SU DESARROLLO: LA CONFECCIÓN
Alfonso había ya mejorado las técnicas de tejido con tintes vegetales, había desarrollado nuevos diseños con motivos básica y profundamente andinos y se había ganado el respeto del mundo cultural en Ayacucho y Lima. Ya era alguien que representaba algo. Pero él considera que en 1973, cuando ganó el Concurso de Arte Popular del Sur del Perú y cuando Tapiz Sulca pasó a ser un registro avalado por los amantes del arte, recién obtuvo el reconocimiento que esperaba.

Luego vendrían los años difíciles: contratos de exclusividad que limitaron su trabajo, el crecimiento de su taller, los discípulos. Pero las historias intensas se matizan en sí mismas. Cuando más tejedores empezaba a tener a su cargo, más pobladores rurales ayacuchanos llegaban a Huamanga escapando de la guerra interna. Los que durmieron en su casa como refugiados luego lo hicieron como aprendices. Eran los oscuros años 80 y Ayacucho se desangraba. Muchos de sus discípulos aprendieron a tejer y viajaron por todo el país, y así su arte estalló en mil partes iguales.

LA CÚSPIDE: TOQUES FINALES
Adolfo Sulca ha sido un experimento en sí mismo. De una generación de artesanos que tejían para comer, él logró convertirse en un artista que difunde su obra por el mundo. Y que viaja por varios países y que expone en galerías y que entre viajes y exposiciones extraña su taller y trabajar a la hora que sus manos se lo pidan.

Pero falta dar el último paso, y ese último paso lo dará cuando vea realizada la creación de una escuela de arte popular, cuando vea que los artistas ayacuchanos no venden sus tapices en las veredas de las grandes ciudades, cuando vea con sus propios ojos (esos que alguna vez, durante semanas, se oscurecieron por un exceso de exposición a las emanaciones de los tintes) que alguien lleva sobre los hombros la gran gesta del arte popular. Ese último paso son varios pasos a la vez.

Alfonso Sulca en los ojos del mundo
"Yo no me duermo en mis laureles, no me conformo con mis condecoraciones. Eso póngalo, por favor". Alfonso Sulca sueña con darle una posición distinta al arte popular ayacuchano, sueña con esa gran reivindicación; por lo pronto, cada vez se extiende más. La Sala Museo Oro del Perú, en Larcomar, viene exhibiendo alguno de sus trabajos y los de discípulos suyos, entre los que destaca el trabajo con alto relieves y con diseños tridimensionales, siempre con tintes vegetales. Además de maestro, Sulca es un creador de puestos de trabajo.

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