Por Fernando Henrique Cardoso. Ex presidente de Brasil
Preparé este artículo antes de viajar a Estados Unidos, donde participaré en una serie de discusiones en la Universidad de Brown, en conmemoración de los cuarenta años de la primera edición del libro que hice junto con Enzo Faletto sobre "Dependencia y desarrollo en América Latina". Es mi despedida de Brown, después de haber sido profesor invitado (título que requirió una corta permanencia docente anual) durante cinco años.
Confieso que no me gusta escribir con tanta anticipación. La natural falta de interés del lector de periódicos por noticias, e incluso análisis, no actuales requiere temas inmediatos. Temas que, estos últimos tiempos, francamente han sido desalentadores para quien cree que la política no se limita a una lucha mezquina por la conquista y la preservación del poder. Me causa repulsión la falta de compromiso con la verdad de los hechos, la deshonestidad intelectual y, principalmente, el trato cínico concedido a indicios graves de improbidad en la administración pública y la benevolencia con que son tratados los infractores amigos o aliados. Como todavía en el episodio de las tarjetas corporativas. La insensibilidad del presidente y de su gobierno es tal que poco les importa la opinión pública. Con la popularidad inflada por los buenos vientos de la economía, se juega irresponsablemente con la idea de que la preocupación por la moralidad pública y el respeto por la ley es cosa de la élite blanca que tiene tiempo de leer el periódico.
¡Cuánta diferencia con lo que se ve hoy en Estados Unidos! Quien no lo haya leído, debe leer el discurso completo de Barack Obama, "Una unión más perfecta". En él, Obama relaciona la lucha política con los mejores valores de una república que fue fundada con base en ideales, entre ellos el de la igualdad. Un ideal siempre imperfectamente realizado, pero que constituye hasta hoy el motor de las mejores y más nobles luchas políticas del pueblo estadounidense. Obama no se apropia del ideal para utilizarlo como arma electoral y dividir el país, mostrando así la grandeza de su liderazgo.
Reproduzco un trozo representativo del sentido de su discurso. En él, Obama reconoce y critica la agresividad del pastor Jeremiah Wright en los sermones sobre la raza pronunciados en la iglesia de la Trinidad. Por otro lado, repudia la crítica que casi sataniza al pastor y explica: "El error profundo de los sermones del reverendo Wright no es que haya hablado del racismo en nuestra sociedad. Es que habló como si nuestra sociedad fuera estática, como si no hubiera habido ningún progreso, como si todavía estuviera ligada irrevocablemente a un pasado trágico. Eso en una nación que hizo posible que uno de los miembros de su propia congregación disputara el cargo más importante de su país y construyera una coalición entre blancos y negros, latinos y asiáticos, ricos y pobres, jóvenes y viejos. Pero lo que sabemos, lo que hemos visto, es que Estados Unidos puede cambiar. Ese es el verdadero espíritu de esta nación. Lo que ya conseguimos nos da esperanza --la audacia de la esperanza-- para hacer lo que necesitamos y debemos hacer mañana".
¡Qué diferencia! ¿Sería mucho esperar que Lula, que también es el símbolo de una sociedad dinámica en la que las fuerzas de la movilidad social cuentan más que las de origen, percibiera que, para avanzar, el país necesita realizar el muy imperfectamente realizado ideal de igualdad ante la ley y que la moralidad pública es condición de igualdad republicana y no preocupación de privilegiados? ¿No es eso lo que debería esperarse del jefe de la nación? Lo que se ve, no obstante, es un presidente que no vacila en revivir la vieja cantinela de los "dos Brasil", de la élite blanca y de los oprimidos, de los malos y de los buenos, y que no es raro que justifique las prácticas políticas más atrasadas. Eso en un país que lo colocó en la cima de la vida pública y que se caracteriza por tener una élite compuesta por los "blancos de la tierra", salpicados por las sangres más variadas, desde la indígena y la europea, hasta la negra y la asiática.
¿Exageración de mi parte? ¿No fue la cantinela de los "dos Brasil" el lema del discurso que pronunció Lula recientemente en Pernambuco? Para mimar a Severino Cavalcanti, lo llamó víctima de los prejuicios de las élites de Sao Paolo y de Paraná, que habrían urdido una conjura para apartarlo de la vida pública. Teoría conspiratoria risible si fuera dicha por una persona común, pero ina-ceptable viniendo del presidente de la República. ¿Será el anticipo de lo que vendrá más adelante, en la campaña electoral de 2010?
¡Qué desperdicio de oportunidad histórica! ¿Por qué no pensar en Nelson Mandela, que salió de 28 años de cárcel y habló de la necesidad de reconciliación entre negros y blancos en la tierra del "apartheid"? Sin negar y repudiar, claro, la injusticia del racismo. Y no se diga que los antecedentes de grandeza solo vienen del exterior. Basta recordar a José Bonifacio, que desde principios del siglo XIX demostró que Brasil como nación habría de fundamentarse en la diversidad de razas y en el reconocimiento de que los valores de la democracia y la ilustración no podrían limitarse, como pensaba Jefferson, a una élite restringida, formada por blancos y ricos. Por el contrario, el Patriarca afirmaba que si diéramos educación a los negros y a los indígenas, provistos de razón como todo ser humano, ellos se volverían ciudadanos.
¿Por qué, en lugar de pasarle la mano por la cabeza a cuanto loco exista a su lado, de ver amigos en quienes se dejan corromper y enemigos en quienes honestamente disienten con él, nuestro presidente, con todas las credenciales que tiene de hombre que nació en medio del pueblo más pobre y venció, no une a los brasileños en torno del ideal fundador de toda gran república?
¿Por qué, en vez de congregar y definir valores comunes, se pierde en minucias y se entusiasma tanto en inaugurar las primeras piedras de obras que no se construyen?
Rara vez el país tuvo una coyuntura económica y social tan favorable para dar un salto grandioso en la construcción de una nación decente. No obstante, la oportunidad se esta perdiendo por falta de visión de quien dirige.