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Rincón del autor

Lucha de sexos en el área chica

Silvia Reyes está acostumbrada a todas las lisuras del mundo, no solo a las del fútbol, pero no está dispuesta a aceptar ese comentario que la disminuye

Por Abelardo Sánchez León

Mario Leguizamón fue expulsado del terreno de juego por la árbitra Silvia Reyes y después, apurado por los periodistas, hizo sus fatales comentarios. A ella no la insultó de cualquier manera. No le lanzó una lisura o una interjección subida de tono. A los periodistas les dijo que esa mañana ella no había tenido relaciones sexuales y que, por esa razón, estaba frustrada y malhumorada. Pienso que Silvia Reyes está acostumbrada a todas las lisuras del mundo, no solo a las del ambiente del fútbol, porque las lisuras en la ciudad las exclaman hombres y mujeres por igual, pero que no está dispuesta a aceptar ese comentario que la disminuye, en teoría. Es importante recalcar este punto porque hay una tendencia actual que se encarga de evitar que la mujer sea agredida por el simple hecho de serlo, así como hay una política que castiga los insultos racistas. En Europa, se vetan los estadios en los que el público ataca con insultos racistas a algún jugador africano e, incluso, se castiga al jugador que lanza alguna consigna nazi. Eso está tajantemente prohibido, como debe ser.

No sabemos la pena que le hubiese dado la Comisión de Justicia de la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional. Ella quedará en el enigma. El castigo que le infligió su club, más bien, ha sido drástico: separación definitiva del equipo. Mario Leguizamón no jugaba en cualquier club, lo hacía en un equipo que representa a la Universidad San Martín que, como tal, debe tener las exigencias más altas al respecto. La decisión fue rápida, al corresponderle a su ámbito institucional y no demoró como en el caso de los cuatro jugadores implicados en el affaire del hotel El Golf.

Mario Leguizamón no ha sido separado de su club por haber expresado opiniones sobre la baja calidad del fútbol peruano. Tiene todo el derecho de hacerlas, además. Toda persona puede expresar su opinión, siempre y cuando no insulte, pues es un derecho adquirido en una sociedad civilizada. Un peruano puede opinar, incluso, sobre Augusto Pinochet y un chileno puede hacerlo sobre Alberto Fujimori. Claro que sí. La nacionalidad no es un argumento para evitar el libre tránsito de las ideas, porque nos veríamos en un nudo de contradicciones. Mario Leguizamón alega que sus declaraciones las hizo "en caliente", y puede que sea verdad. Pero la idea de fondo se mantiene intacta. Tal y como funciona la sociedad, eso no les ocurre a los varones. A los árbitros se les insulta la madre o les dicen comprados. ¿Qué pensarían los hombres, por ejemplo, si en un partido de vóley femenino, las jugadoras le gritaran al árbitro que esa mañana no ha tomado su Viagra o que está para el gato?

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