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Vuelo al 2011 con turbulencia estatal caliente

Por: Juan Paredes Castro |

Si el presidente Alan García sabe lo que quiere como gobernante, se sobreentiende que debe saber también lo que tiene que hacer con su gobierno.

En principio, se ha impuesto un objetivo demasiado ambicioso (llevar al Perú el 2011 a uno de los primeros puestos en Sudamérica) en relación con el punto de partida complejo y contradictorio.

¿Qué factores concurren en este punto de partida, que hacen que el Gobierno, más allá de su esfuerzo por hacer las cosas bien, no solo no pueda mantener el rumbo elegido sino que tampoco pueda dejar atrás toda una rémora de ineficiencia y corrupción de décadas?

De un lado, tiene delante de sí una innegable herencia de estabilidad macroeconómica, venida del fujimorismo y toledismo, combinada con un crecimiento acompañado ahora de inflación y de una gruesa cuenta pendiente de redistribución social. Y de otro lado, un Estado que escapa permanentemente a todos los intentos de reforma, que no hay manera hasta hoy de que el Gobierno quiera hacerle una cirugía profunda, y que, encima, carece de una estructura de gerencia general que permita que el país funcione en la dirección correcta.

La turbulencia que enfrentan García y su gobierno en su vuelo al 2011 no tiene otro origen que el sobrecalentamiento estatal, respecto del cual no se han montado cuadros de gestión administrativa y empresarial, como hiciera Chile, ni establecido parámetros de control, auditoría y fiscalización internos y externos ni instituido índices de medición de cuánto el Estado le sirve al ciudadano exigente y de-sesperanzado de este tiempo.

La irritación del jefe de Estado por lo que acaba de suceder en el Banco de Materiales tendría que hacerle voltear los ojos hacia cada tuerca y tornillo de la dirección de su régimen que él y su primer ministro deben controlar.

No es posible que la cúpula del Gobierno se autoimponga metas y objetivos en cierta forma rigurosos y que por debajo de ella prevalezca lo que siempre hemos denunciado desde esta columna: estructuras ministeriales ineficientes y corruptas que nadie quiere desmontar, excepto cuando saltan escándalos como la licitación de patrulleros, la compra de medicinas o la repartija gangsteril en el banco destinado precisamente a financiar casas para los más pobres.

¿Qué hacen, a todo esto, los viceministros, que se supone dominan el teje y maneje administrativo de los más variados y complejos sectores del Gobierno? ¿No son ellos los responsables de que el país viva de sorpresa en sorpresa?

El Perú no ha nacido recién al diagnóstico de una corrupción que es tan vieja como nuestra historia republicana.

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