Por Luis Jaime Cisneros Hamann. Periodista
El presidente de Ecuador, Rafael Correa, está en problemas. Y serios. Tan serios que incluso puede pasar a engrosar las filas de los mandatarios ecuatorianos que no acabaron su mandato tras ser víctimas de una crisis política y fueron reemplazados por sus respectivos vicepresidentes. Esta fórmula ha sido moneda corriente en Quito desde que Abdalá Bucaram le dijera adiós al poder en 1996 con la célebre excusa de una supuesta insania mental.
Pero el pecado de Correa no es un populismo irresponsable o corrupción, como ocurrió con el ex mandatario Mahuad. El actual gobernante está bajo la lupa del Tribunal Supremo Electoral (TSE) de su país que investiga supuestas irregularidades en el financiamiento de la campaña electoral que lo llevó al Palacio de Carondelet en el 2006. Un auténtico barril de pólvora, pues de probarse el hecho --y según la ley electoral--, Correa y su vicepresidente Lenin Moreno deberán empacar y dejar sus cargos.
De modo que ahora las autoridades electorales deberán seguir la pista del dinero para descubrir si esta les lleva a una recolección de fondos transparente --como asegura Camilo Samán, ex tesorero de Correa-- o si por el contrario, el hilo de la madeja se inicia en las ilícitas arcas de las FARC, como denunció el presidente colombiano, Álvaro Uribe.
Según la prensa ecuatoriana, las dudas del TSE se centran en "donaciones no reportadas, exceso en el gasto electoral y ocultamiento del origen de los aportes". Una situación que ya originó una multa de un millón de dólares en agosto del 2007 contra la coalición de izquierda que promovió su candidatura.
La chispa que encendió esta pradera se produjo tras el ataque que causó la muerte en suelo ecuatoriano del número dos de las FARC, 'Raúl Reyes', el 1 de marzo. De acuerdo con Bogotá, la ya famosa computadora que sobrevivió intacta a la ofensiva militar reveló en sus archivos la existencia de aportes de la insurgencia para la campaña de Correa.
Correa ha minimizado las imputaciones --"son tonterías"--y ha culpado a la prensa (con la que tiene una mala relación) de urdir una campaña en su contra, en momentos en que su gobierno no termina de sacudirse aún de los remezones originados por la presencia de 'Reyes' en Ecuador, como las acusaciones de Bogotá y de representantes republicanos en Washington de proteger a las FARC.
La OEA también sigue de cerca la crisis con Colombia en un intento por bajar la tensión, que se mantiene en un nivel de calistenia verbal. El secretario general de la organización, el chileno José Miguel Insulza, instó a los dos países a bajar los decibeles para recomponer la relación. Pero Insulza debe, además, hilar fino para sortear las críticas de Estados Unidos y no contribuir con sus gestiones a debilitar a la endeble democracia ecuatoriana. El chileno tenía previsto visitar Ecuador y Colombia esta semana para tender puentes y tratar de que ambos países restablezcan relaciones diplomáticas.
Al mismo tiempo, el episodio de la disputa con Colombia le ha servido a Correa para desatar una cacería en las Fuerzas Armadas y destituir a mandos militares, en una acción que debería tener repercusiones internas y que de momento representan activos, porque le sirven para enaltecer el nacionalismo que caracteriza su gestión.
Correa denunció el 5 de abril que los servicios de inteligencia de Ecuador estaban infiltrados y financiados por la Agencia Central de Inteligencia americana (CIA), y acusó tácitamente a sus adversarios de planear un atentado para eliminarlo. Su prédica va dirigida contra los ex jefes militares que denunciaron haber recibido órdenes para no desalojar de su país a las fuerzas de las FARC, lo que habría creado malestar dentro de las Fuerzas Armadas, según la misma versión.
La tendencia del mandatario a imaginar conspiraciones lo llevó el último miércoles a acusar a gobiernos de la región de intentar sabotear el proyecto socialista que encabeza apelando a una estrategia mediática de calumnias y tergiversaciones que pretenden desplegar a escala internacional, contra Ecuador.
Correa ha dejado entrever tácitamente que detrás de esas presuntas conspiraciones está la mano del Gobierno de Estados Unidos, aliado de Colombia, quien actuaría motivado para poner fin a la campaña que impulsa Ecuador para crear una nueva OEA sin la presencia de Estados Unidos, formado solo por países latinoamericanos.
En ese escenario se desarrolla la investigación de la recolección de fondos del gobierno de Correa, quien en menos de 18 meses en el poder le está cambiando la cara a su país. El nuevo rostro es incierto, pero las bravatas nacionalistas en la dolarizada economía ecuatoriana despiertan inquietud en las democracias regionales que anhelan su estabilidad democrática alejada de las tentaciones autoritarias.