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CRÍTICA DE ARTE

Cuerpos y rostros reveladores

Por Élida Román

Denise Mulanovich ha ingresado a otras rutas, no solo de expresión, sino, y ante todo, de introspección y propósito. Motivada --según su declaración-- por la poesía de José Watanabe ("Cosas del cuerpo"), ha creado una serie de pinturas en que el claro protagonista es el cuerpo. Un cuerpo que se quiere genérico, despojado, desnudo e indiferenciado, elemento vivo que se recuesta, se encoge, se estira, se abraza, extiende la mano, duerme o reposa, espera o clama. Cuerpo que se inscribe en la tierra, la vegetación, la roca o el agua, en un impreciso ritual de fusión o simbiosis.

Mulanovich ha elegido la pintura en términos ortodoxos, y ha conseguido usufructuar y modelar sus posibilidades, administrando con un cierto rigor y bastante austeridad una paleta que siempre recuerda la tierra, pero sugiere la sangre. Sin caer en la solemnidad o el tono sombrío, guardando espacio para una luz intuida más que evidente, sus obras se muestran a través de un tamiz que baja la intensidad agresiva, buscando esa apariencia de inscripción antigua.

La constante referencia a lo orgánico, a la vegetación en constante flujo y regeneración, el sexo simbólico, y algunos elementos significativos que van desde los peces a las pieles, de las espirales a los círculos, del gesto de sus personajes a los frisos que enmarcan lateralmente el espacio escogido, es una obra que logra, con su deliberada economía, crear su propio vocabulario y su propia regla sintáctica.

Buen ejemplo es "Animal de invierno", pieza isométrica que recuerda lo primigenio y su dualidad, en la imagen de este ser duplicado, animal y hombre, con la mano extendida y rozando la punta de sus dedos, que nos recuerda la iconografía de Miguel Ángel, no repitiéndola, ya que acá no aparece el creador, sino en el gesto de dar vida y comunicar presencia entre opuestos e iguales.

En efecto, Mulanovich transita un camino distinto al del humor y la ironía que le conocíamos. Pero en estos tramos, su esfuerzo por plasmar su imaginario ("...me gusta pensar en las experiencias, las personas, los sueños como un tatuaje de la conciencia...") la está llevando a encontrar una nueva forma de sensualidad y el desafío de aceptar el tiempo como un componedor final que está a la vuelta del próximo desvío.

Roy Keitel presenta "Desapego", una exposición no solo inquietante sino también reveladora de una temprana madurez.

El rostro humano siempre ha sido un campo fascinante para descifrar lo indescifrable, advertir la reacción o adivinar intenciones. Posibilidad utópica de conocer al otro, para conocernos, acceder a lo oculto, a aquello que intuimos o deseamos, entrar al universo privado e invisible. El retrato en el que se trata de describir una personalidad y un proyecto vital. Keitel no ha hecho retratos.

Ha reproducido acercamientos de realidad fotográfica y los ha vuelto imágenes nebulosas aunque precisas, que dan cuenta de esa imposibilidad de penetración y conocimiento. Ojos casi siempre cerrados o apenas entreabiertos, remarcan esa inaccesibilidad. No se puede conocer al otro, pero tampoco el otro accederá a nosotros. Mensaje transmitido a través de imágenes que podrían asimilarse a un estado de paz y quietud totales. Una exposición para no dejar pasar.

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