Por Raúl Cachay A.
Una casa embrujada, un niño, misteriosos amigos imaginarios, espíritus chocarreros, chocantes giros argumentales. Todo eso, en el cine de horror 'mainstream', ya ha sido abordado hasta el hartazgo. Pero en "El orfanato", la ópera prima del español Juan Antonio Bayona producida por el mexicano Guillermo del Toro que ha venido conquistando a las audiencias del mundo entero desde su estreno oficial el año pasado, las efectistas recurrencias del género sirven de una suerte de portal para introducirnos en una historia de amor maternal y locura que conmueve e impacta no solo por el inmejorable trabajo de su protagonista, Belén Rueda, sino por su equilibrada narración y una puesta en escena sembrada de detalles, en la que se nota a cada momento la fina muñeca del realizador de "El laberinto del fauno".
El filme narra la historia de Laura (Rueda), una mujer que decide junto con Carlos, su marido (interpretado por Fernando Cayo, a quien algunos seguramente recordarán por su trabajo en la cinta nacional "Doble juego", de 'Chicho' Durant) y su pequeño hijo Simón (quien también fue adoptado y además está infectado con VIH), comprar la casa en la que estaba ubicado el viejo orfanato en el que creció y convertirla en un hospicio para niños discapacitados. Los problemas empiezan rápido, cuando Simón, luego de nutrir su círculo de amigos imaginarios y embarcarse en juegos inquietantes con ellos, se entera de que padece una enfermedad terminal y desaparece. Laura, durante meses, hará todo lo humanamente posible, incluso recurrir a una espiritista y a un especialista en fantasmas interpretado por Édgar 'Ñoño' Vivar, para saber qué ocurrió con el pequeño, hasta que se descubre la verdad.
Lo interesante es que la película se plantea de tal manera que los espectadores nunca están en condiciones de saber si todo lo que ocurre es contaminado desde el más allá o es el producto de la imaginación febril de una madre desesperada. Muy recomendable.