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LA PLUMA INVITADA

Secuelas de un exabrupto

Por Sergio Muñoz Bata. Periodista

El escándalo de la semana ha sido la publicación de unos descuidados comentarios de Barack Obama durante una reunión en San Francisco con el fin de recaudar fondos para su campaña por la nominación demócrata a la presidencia.

Al dar una respuesta, que empezó como un duro ataque a Bill Clinton y a George W. Bush señalándolos como responsables por el deterioro económico de los trabajadores, Obama se excedió al atribuirles una "amargura" que --según dijo-- los orilla a aferrarse a la religión, a la defensa de la posesión de armas de fuego y da sustento al resentimiento contra los inmigrantes y al celo proteccionista en asuntos de comercio exterior.

Como era de esperarse en la víspera de importantes elecciones primarias en estados como Pensilvania (el 85% de la población es blanca y el ingreso familiar promedio es de US$43.000 dólares anuales); Indiana (89% blanco y con un ingreso familiar semejante); West Virginia (95% blanco), el estado más pobre de la unión americana, y Kentucky (90% blanco y apenas menos pobre que el último), el tropiezo de Obama ha sido explotado hasta la náusea por sus contrincantes políticos.

Hillary lo compara con Al Gore y John Kerry para descalificarlo y se une a McCain acusándolo de elitista, desligado de la problemática de los "blancos" pobres. Y pongo "blancos" entre comillas porque ninguno de sus oponentes ha manejado la cuestión racial de manera explícita.

En lo referente a la percepción de los norteamericanos de quienes hablaba Obama, las encuestas de opinión parecerían apoyar su tesis. La mayoría de los norteamericanos tiene una percepción muy pesimista de su situación económica.

La realidad, sin embargo, no es tan negativa. El desempleo, por ejemplo, ronda el 5% y no es el peor índice en los últimos 25 años. Lo mismo se podría decir del producto bruto interno que ha ido en aumento.

Peor aún, durante la era de Clinton todos los índices de bienestar económico aumentaron y no fue sino hasta el 2001 cuando los salarios de los trabajadores se estancaron al mismo tiempo en que las ganancias de las grandes corporaciones y de sus altos ejecutivos subían a niveles estratosféricos.

No obstante, repito, apenas ahora empiezan a verse los síntomas de declinación de la economía y la confianza en las instituciones económicas de la nación sufre un serio deterioro.

Obama tiene razón también cuando habla del sentimiento xenofóbico de la clase media baja norteamericana. La visión predominante entre los trabajadores de raza blanca (que hasta ahora han favorecido mayoritariamente a Clinton y a McCain, más que a Obama) es que la causa de su empeoramiento es externa, no interna. Piensan que, con la globalización, muchas de las industrias que les daban trabajos se han ido a otros países; se quejan del alto y constante flujo de inmigrantes aduciendo que son estos quienes toman los trabajos que antes ellos tenían; y lo mismo dicen de los acuerdos de libre comercio con otros países.

Donde Obama se equivocó, y de forma verdaderamente espectacular, fue al intentar establecer una relación causal entre la innegable frustración de los votantes blancos y su religiosidad o su predilección por las armas de fuego. Decir que sus frustraciones los orillan a refugiarse en la religiosidad en un país en el que la Constitución invoca a Dios para sustentar la igualdad como principio rector de su sistema de gobierno es una barbaridad. Decirlo en la víspera de la primera visita del papa Benedicto a Estados Unidos revela una falta de sensibilidad política asombrosa.

Él ya aceptó su yerro aunque lo limita a la manera en la que formuló su observación y todavía es demasiado temprano para determinar si esta nueva pifia tendrá efectos negativos en su campaña por los cuatro estados que ya he mencionado.

Lo que sí es seguro es que si acaso Obama lograra ganar la nominación demócrata, como todo hasta ahora lo indica, el ataque de los republicanos será implacable utilizando este incidente para pintarlo como una persona que no entiende la religiosidad de los americanos y que siente un marcado desprecio por la segunda enmienda de la Constitución que permite la compra ilimitada de armas de fuego.

Y eso no es todo, también volverán a cuestionar su patriotismo porque no usa una insignia con la bandera nacional en la solapa de sus trajes; por la declaración espontánea de su mujer que celebrando la aceptación nacional a su marido exclamó que "por primera vez se sentía orgullosa de su país". Por supuesto, y de manera primordial, también por su larga asociación con el pastor de su iglesia, cuyos incendiarios discursos pueden ser interpretados por muchos como subversivos y antinorteamericanos.

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