Por Anna Zucchetti. Bióloga
Mañana, 22 de abril, Día Mundial de la Tierra, habrá un despliegue de ceremonias para recordarnos que habitamos una Tierra y que debemos cuidarla. Desde los discursos altisonantes en los salones de Naciones Unidas, pasando por movilizaciones juveniles en las ciudades globales, hasta nuestros ritos andinos de pago a la pachamama, muchos se sumarán a un coro de voces cada vez más altisonante: Salvemos el planeta.
Estos ritos son importantes en tanto avivan el compromiso individual y colectivo con un tema cada día más trascendente para nuestro futuro. Yo también haré mi propia sincrética ceremonia en honor a 'doña Gea', con la ilusión que, de alguna manera, podré expiar mis pecados ambientales: no reciclo todo lo que debería, aún no cambio el tanque de mi retrete por un sistema ahorrador, a veces me olvido y dejo las luces prendidas y mi uso de la bicicleta se reduce a algunos paseos campestres por Pachacámac (eso sí, tengo focos ahorradores y me esfuerzo por comprar orgánico).
Expiar nuestros pecados a través de la confesión puede limpiar nuestra conciencia, pero el Perú (y el planeta) seguirán siendo sucios, aun con tantas liturgias. Es que ha venido el momento de pasar de los pagos simbólicos a los pagos reales, o sea, de reconocer el valor económico de los recursos naturales. La naturaleza es la más grande empresa en el mundo, pero no pagamos por sus servicios. Ha venido la hora de cambiar, a costa de ser acusados de 'econeoliberales'.
No propongo poner un precio al Manu o al gallito de las rocas. Pero tomemos el caso del agua y de los servicios hidrológicos de nuestras cuencas. Las tarifas que ahora pagamos solo cubren los costos del aprovisionamiento y la distribución del recurso hídrico. ¿Qué pasa con la protección de las fuentes, el manejo de las cuencas o el tratamiento de las aguas residuales? Estos también tienen un costo, pero aun nos resistimos a fijarles un precio y--de esta manera-- nos perdemos la oportunidad de un buen manejo.
Ecuador fue pionero en poner en marcha los fondos del agua, fideicomisos creados por las empresas municipales de agua y alcantarillado y aportes extras de grandes consumidores empresariales (las hidroeléctricas, las cerveceras, las productoras de bebidas gaseosas). Cuatro pequeñas ciudades ecuatorianas ya están siguiendo el ejemplo de Quito, entre ellas Cuenca y Loja, asumiendo un compromiso (financiero y no simbólico) con la conservación de los ecosistemas y de las cuencas que son sus 'fábricas de agua'.
En el Perú deberíamos considerar hacer lo mismo. De esta manera, no solo podríamos hacer un buen manejo de nuestros ecosistemas, sino también evitaríamos justificados conflictos como el de La Perla. No planteo una mercantilización de la naturaleza y creo que el agua debe mantenerse como un bien de dominio público. Pero reconozco que algunas herramientas económicas podrían contribuir sustancialmente al buen manejo de los recursos naturales. Economistas y ambientalistas, uníos.