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Del festín del Banmat a la corte del Fonafe

Por: Juan Paredes Castro |

Las grandes indignaciones nacionales pueden convertirse rápidamente en grandes decepciones nacionales si seguidamente todo no pasa de eso mismo: de una indignación nacional más.

Ya se habla de recetas para pasar el Banco de Materiales a la férula de la Superintendencia de Banca y Seguros. La novela del festín inmobiliario ya está en el Congreso y en poco tiempo más estará en los estrados judiciales. Extrañamente, con excepción de algún murmullo, nadie dice nada, en el Gobierno ni en el Congreso, sobre la corte del Fonafe, que aparentemente lo permitió todo y parece no responsabilizarse de nada.

Lo más extraño es que el presidente Alan García y el primer ministro Jorge del Castillo, de ninguna manera ajenos a la indignación nacional, han guardado discreta reserva sobre lo que el Gobierno piensa hacer con el Fondo Nacional de Financiamiento de la Actividad Empresarial del Estado (Fonafe). ¿Quizás mantenerlo como está o maquillarlo hasta que pase la tormenta? Error que no descartamos que se cometa. ¿De repente dándole una vuelta de tuerca total a su directorio y presidencia ejecutiva, de modo de adaptarlos a criterios estrictamente empresariales y gerenciales, lejos de los parámetros políticos que han predominado hasta ahora en ambos? Advertido acierto que no descartamos que pudiera quedarse a mitad de camino.

Comprendemos que el Fonafe fue visto en algún momento por García y Del Castillo como la pirámide empresarial estatal en la que había que depositar simplemente confianza política, inclusive partidaria, y algunos criterios básicos de gestión. Con ello, mal que bien, podían llegar al 2011. No imaginaron cuánto patrimonio económico y financiero estatal se estaba poniendo en juego a la luz de las nuevas exigencias de gestión empresarial corporativa, en un país con creciente índice de crecimiento y de apertura comercial internacional.

Lo que sobrevino con el Banco de Materiales tiene que haber despertado en el Gobierno la necesidad de una profunda corrección en todo lo que tenga que ver con la obtención de eficiencia y rentabilidad para todas y cada una de las empresas reunidas en el Fonafe. El problema es que no siempre la peor pesadilla encierra la mejor lección para quien o quienes quisieran ser protagonistas del cambio.

Ignoramos hasta qué punto (vaya uno a saber qué pasará en las demás empresas del Estado) García y Del Castillo quieran seguir poniendo la mano al fuego por el Fonafe y hasta qué punto asumir el costo de desaprobación pública implícito en los actos y las omisiones que se generan de ese árbol empresarial hoy sacudido en sus ramas, mas no en su tronco.

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