Por Abelardo Sánchez León
Solamente entiendo a los economistas cuando recurren a imágenes literarias. Pedro Pablo Kuczynski, por ejemplo, utiliza la figura del auto que sube a toda marcha la cuesta de Ticlio, como una manera de darnos a entender el riesgo absurdo de un recalentamiento del vehículo (y de la economía) con la consiguiente inflación. Óscar Dancourt, más bien, me explica el terror inflacionario con la figura opuesta: un auto que desciende la cuesta en tercera cuando no es necesario pues, la cuesta hacia abajo ayuda sin que hagamos un gran esfuerzo. ¿Para qué, entonces, bajar a todo pique? Alan García, me explica, amaría tanto la idea de crecer y de seguir creciendo al 8% que no se percataría de la amenaza de una inflación inevitable.
Sin tanto economista a la mano todos le tenemos terror a Alan García cuando funge de economista. Los economistas no tienen buena labia, se expresan con números, cuadros, tendencias y porcentajes, y la amenaza de una inflación ronda en el panorama cada vez que reemplaza a Luis Carranza, su silencioso ministro de Economía. Alan es un metete por naturaleza e introduce sus narices en el Banco Central de Reserva, exige que se apliquen sus medidas y ordena a los soldados que regalen comida a los más necesitados del país. Esa medida no suena seria y tiene, en cambio, reminiscencias de su primer gobierno. En los años 80, Alan García agarró a toda mi generación entre los 35 y los 40 años y la hizo puré. No le permitió acumular. La devoró en una de las inflaciones más grandes del mundo, solo comparada con la alemana entre las dos guerras y la israelita.
Alan García amenaza con botar a patadas a los corruptos, recordándonos la famosa y lamentable patadita suya cuando acompañaba en una marcha, de candidato, a los trabajadores sindicalizados, pero lo que más tememos los comunes mortales es que vuelva a meter la pata. Alan García no debe meter la pata: de hacerlo, nos sacaría de la senda del crecimiento razonable y Mario Vargas Llosa le quitaría el saludo. El Perú no puede darse ese lujo y mi generación ha cumplido ya 60 años y carece de reflejos si la vuelven a golpear con leche ENCI. Basta del mito del eterno retorno y mantengamos a sol la palta, aquel mítico grito de guerra popular.
Los peruanos, sin mayores figuras literarias, entendemos la inflación como el escaso valor del billete, con el encarecimiento de la vida y el manejo irresponsable y vanidoso de la economía. Si la inflación viene de fuera, los excelentes precios de los minerales, también. O sea que no es una excusa perfecta, porque unas son de arena y otras de cal.