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Una vergonzosa subasta de votos que no debe pasar

Por: Juan Paredes Castro |

Las bancadas parlamentarias radicalmente opuestas a las reformas constitucionales ahora ven en estas algo más que una pera en dulce.

El súbito cambio en cuestión no obedece a un razonamiento cívico en beneficio del país, sino a un subalterno cálculo de intereses partidarios, al que se busca sacar, sin duda, el mejor provecho posible.

Veamos el telón de fondo.

Resulta que se ha abierto un período legislativo destinado al debate y aprobación de algunas puntuales reformas constitucionales, entre ellas la judicial, que ya lleva dos años de espera; la de la bicameralidad; y la de la renunciabilidad de los parlamentarios, entre otras. Todas estas reformas tendrían que verse en dos legislaturas continuas y ser viables con no menos de 81 votos en el pleno. Quienes estén detrás de la iniciativa de alguna de ellas tendrán que salir a buscar, casi desesperadamente, esos 81 votos, y encontrarse, por supuesto, en el camino, con el humalismo y el fujimorismo (36 votos en total, que no es moco de pavo), dispuestos a negociar.

¿A negociar qué?

Hay fujimoristas y humalistas presidiendo comisiones y, claro, deseosos de sacar adelante sus proyectos de ley o sus particulares gestiones ante diversas instancias del Gobierno. El clientelismo puro y duro de nuestra política tradicional al servicio del mejor postor.

Es bueno saber que la oposición de los primeros a cualquier reforma constitucional responde al hecho de que se sienten profundamente identificados con la Carta Política del 93, actualmente vigente. La oposición de los segundos es más visceral: ellos buscan el retorno a la Carta Política del 79, respecto de la cual hasta el Apra, que alegaba razones igualmente de paternidad, ha tomado calculada distancia.

Así las cosas, fujimoristas y humalistas solo podrían ceder votos a las reformas planteadas mediante un arreglo de toma y daca parlamentario bajo la mesa.

Como este toma y daca podría, tal vez, no funcionar, la vergonzosa subasta de votos tendrá que extenderse a los partidos restantes, que tampoco escapan, en muchos casos, a las artes del humalismo y del fujimorismo a la hora del amarre final de los compromisos políticos.

De esta manera, las reformas constitucionales que han pasado la instancia de la más importante comisión especializada, en camino al plenario, y que deberían formar parte de la agenda del país, lamentablemente atraviesan, por lo descrito arriba, una suerte de chantaje político.

¿Será posible todavía que fujimoristas y humalistas puedan apoyar siquiera la reforma constitucional judicial sin tener que rematar su conciencia al martillo?

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