MEA CULPA
"La Nación" de Argentina. Editorial
En el curso de la visita que acaba de efectuar a Estados Unidos, el papa Benedicto XVI se refirió, con claridad y franqueza, a los reiterados escándalos sexuales que han sido protagonizados en los últimos años, en distintas partes del mundo, por sacerdotes católicos. El Sumo Pontífice dio una prueba de su compromiso con la verdad al decidir que la primera prioridad en su agenda de viaje fuera ese tema, extremadamente doloroso, que tanto ha conmovido en los últimos tiempos a la sociedad estadounidense.
Tras afirmar que se siente profundamente avergonzado por esos hechos, aseguró que el conocimiento de que maestros o ministros religiosos han sido capaces de traicionar su misión corrompiendo a jóvenes o a niños le causa un gravísimo dolor personal. Y afirmó que hará todo lo posible para que perversiones de esa naturaleza no vuelvan a registrarse en el futuro.
El tema ha derivado en controversias y conflictos de complejo trámite y hasta ha provocado demandas judiciales que en algunos casos han dado motivo a sentencias por indemnizaciones superiores a los 200 millones de dólares. Pero nunca hasta ahora el problema había siso asumido por el Papa como un mea culpa personal y nunca la cuestión había sido planteada en el más alto nivel de la jerarquía eclesiástica con tanta carga de sinceridad y con tanta voluntad de pedir perdón ante la sociedad internacional.
Es interesante considerar la actitud de Benedicto XVI, que ha preferido salir a enfrentar los hechos con un claro y vigoroso reconocimiento de culpas antes que optar por poner en duda la veracidad o la gravedad de las denuncias, como lo habían hecho voceros o dignatarios eclesiásticos en otras oportunidades.
Así como su predecesor Juan Pablo II formuló un histórico pedido de perdón ante toda la humanidad por los errores y hasta por los crímenes políticos y sociales que el cristianismo pudiera haber cometido o alentado a lo largo de la historia, su sucesor no titubea en reconocerse avergonzado por estos hechos puntuales que se han denunciado en el mundo en materia de corrupción sexual, mostrando así a una iglesia que asume los crímenes o los errores de la humanidad y los carga sobre sus hombros, como lo enseña la tradición cristiana.
Sea cual fuere la interpretación que se prefiera, corresponde exigir que los abusos sexuales en perjuicio de menores sean enjuiciados y combatidos en el mundo sin tregua. A ello deben dedicarse con redoblada energía los actores policiales, judiciales y sociales que la ley determina en cada caso y, por supuesto, los responsables familiares, morales y religiosos que tienen la carga irrenunciable de protegerlos y de velar por su salud espiritual y física.