Por Daniel Córdova. Decano de Economía UPC
El Perú vive una situación en apariencia paradójica. Por un lado, estamos pasando uno de los mejores momentos económicos de nuestra vida republicana. Por otra parte, el presidente de la República, quien lidera iniciativas positivas cara al progreso, cae en popularidad ¿Qué está pasando? ¿Por qué la gente no percibe el progreso y castiga al gobierno cuando crecemos al 10%?
Un grupo de analistas considera que el problema es que la gente "no percibe el cambio en sus bolsillos", que el crecimiento es una "burbuja neoliberal" que beneficia a unos pocos. Otros consideran que lo que sucede es que al gobierno no sabe comunicar el progreso. Ninguna de las dos tesis es sostenible.
La primera es errada. El progreso sí está llegándole al bolsillo a la gente. Por primera vez en décadas el Perú está logrando dar pasos positivos en el sentido de un auténtico desarrollo económico. No se trata de un simple ciclo de crecimiento. Es nueva oferta, nueva calidad de vida, saltos cualitativos en el nivel de bienestar para millones de peruanos.
El ingreso familiar viene creciendo más en los sectores C y D (14% y 22% en Lima) y los niveles de pobreza han bajado de 52% a 42% entre 2003 y 2007. El empleo formal crece, más aún el empleo informal debido a las rigideces de la legislación laboral. El impresionante crecimiento del consumo y de la inversión no es una quimera.
¿Se trata entonces de comunicar mejor estas cifras? No lo creemos. El contraste entre la percepción del progreso y el progreso en sí va más allá de un problema de comunicación.
En efecto, por un lado, el modelo mental promedio en América Latina es aún favorable al Estado protector, al Estado padre, al caudillo que me va a solucionar mis problemas y minimizar mis riesgos. Predomina aún una mentalidad más proclive al estatismo que castra el desarrollo empresarial, que una propensa a aceptar el reto de la libertad de emprender. Felizmente, los modelos mentales cambian con el tiempo. Pero no a la velocidad que quisiéramos. Y el cambio se basará en hechos, no en palabras.
Por otro lado, hay algo de justo en el divorcio entre el progreso económico y la popularidad presidencial. Sin ser mezquinos frente a la lucidez con la que se viene defendiendo la inversión privada, ni frente a indiscutibles logros como el TLC con Estados Unidos y el grado de inversión recibido de Ficht, es un hecho que el progreso no se debe a la gestión de este gobierno, ni al de los anteriores seleccionados individualmente. El progreso se explica por el dinamismo empresarial, el cual ha sido posible gracias a que se han mantenido y profundizado políticas de estado en el ámbito económico desde inicios de los años 90. La gente está buscando pues ver la diferencia y la verdad es que no la encuentra.
El problema sobre el que se puede actuar está identificado. Hay recursos financieros pero ni el Gobierno Central, ni los gobiernos regionales vienen utilizándolos adecuadamente. El Estado puede reducir la brecha entre el progreso y la percepción del progreso si es capaz de destrabar el nudo de la inversión en infraestructura y servicios sociales utilizando las alianzas público-privadas, emplazando a los gobiernos regionales y fortaleciendo Pro Inversión. La fuga de talentos del Estado y las medidas que se están tomando al respecto van en la dirección contraria. Después no hablemos de mala comunicación.