Por Sergio Muñoz Bata (*). Periodista
El gobernador Bill Richardson es un hombre preparado, sensato y hasta simpático. Su éxito en la política nacional y la posibilidad de que su carrera siga en ascenso es motivo de orgullo en la comunidad hispana en Estados Unidos. Desafortunadamente, su reciente viaje a Caracas con el fin de solicitar la intermediación del presidente de Venezuela Hugo Chávez para liberar a tres estadounidenses secuestrados por las FARC en 2003, revela su gran debilidad: un desmedido protagonismo.
Richardson dice que fueron los familiares de los tres contratistas estadounidenses Marc Gonsalves, Thomas Howes and Keith Stansell, quienes le solicitaron la mediación, que su motivación es humanitaria y que sus habilidades como mediador no tienen par. También dice que a invitación de Uribe habló con él sobre el tema pero no aclara si en la conversación Uribe le pidió que mediara en el caso.
Aún entendiendo que la precaria situación de Uribe en este momento le impide rehusarse a tener una reunión con un político estadounidense como Richardson es poco probable que el colombiano le solicitara su intervención en el delicado asunto y la reinserción de Chávez en el proceso. Con sobradas razones, Uribe ha vetado a Chávez como interlocutor en el intercambio humanitario. No olvidemos que sigue pendiente confirmar la veracidad de los documentos que el Gobierno Colombiano dice haber encontrado en la computadora del vocero de las FARC, 'Raúl Reyes', que describen los apoyos financieros y de otros tipos que Chávez ha dado al grupo narcoterrorista.
No resultaría descabellado suponer que Richardson está pensando en lo que en el juego de ajedrez se conoce como un gambito. Una jugada en la que se sacrifica una pieza para ganar una posición favorable en el tablero. Y no habría que descartar la posibilidad de que en un nuevo intento para desestabilizar al gobierno de Uribe, las FARC decidieran transportar a los contratistas estadounidenses a territorio venezolano para ofrendarlos a Chávez, sacrificando a Uribe y erigiendo a Richardson como el salvador.
Y si este fuera el caso ¿qué sucedería con el cautiverio de Ingrid Betancourt, quien desoyendo advertencias ingresó a territorio ocupado por los terroristas de las FARC propiciando así su propio calvario? Y, ¿qué pasaría con los más de mil secuestrados que no tienen amigos influyentes? ¿Tendrían que gestionar su libertad con Chávez y Richardson o resignarse a pudrirse en la selva?
Las acciones de Richardson también podrían ser vistas como una nueva embestida del liderazgo demócrata contra Uribe. Fue Nancy Pelosi, la líder de la Cámara Baja, quien congeló la discusión sobre el TLC entre EE.UU. y Colombia en el Congreso, para disimular el proteccionismo de los dos candidatos demócratas a la presidencia.
Resulta difícil entender la conducta de Richardson que habiendo sido reelegido en su cargo el 7 de noviembre del 2006, dos meses después se lanza a recorrer el país entero en una quijotesca campaña por la nominación a la candidatura presidencial; continúa su peregrinar haciendo campaña en favor de uno de los candidatos y se ofrece a mediar en el conflicto entre un grupo terrorista y el gobierno legítimo de Colombia, utilizando los servicios de un iluminado con ambiciones hegemónicas en la región. O Richardson se aburre como una ostra en la llamada Tierra del Encanto o es incapaz de permanecer en un solo lugar por un tiempo razonable o está desesperado por regresar a la capital con una buena chamba de vicepresidente o secretario de Estado en el gabinete de Obama.
* Los Ángeles