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Crónica. EL CRIMEN DEL CHATARRERO

La vida se acaba en Alfonso Ugarte

Juan Carlos Torres murió apuñalado. El Autor fue un profesor de tenis que dijo haberlo hecho por defender a su hija de 16 años

Por Alberto Villar Campos

Juan Carlos Torres Velásquez, de 22 años, tenía dos asuntos pendientes por resolver la noche del sábado 12 de abril. El primero de ellos era el festejo por el cumpleaños número 40 de María Teresa Velásquez Ayala, su madre. A la reunión, que como cada año sería pequeña e informal, asistirían solo sus familiares más cercanos. A pedido de su progenitora, se encargaría de llevar la cena --pollo a la brasa y papas fritas-- y también la torta.

No le faltaba mucho para salir de su trabajo --eran alrededor de las 8:30 p.m.-- cuando marcó por última vez su celular. Llamaba a Manuel, su hermano, que por entonces le había timbrado dos veces para recordarle lo que debía llevar a la fiesta. La conversación, por ello, fue breve. "Espérenme. En unos minutos cerramos", le dijo, sin saber que así también se despedía. En la casa donde nació y vivió durante 21 años, en Independencia, nadie podía darlo aún por muerto.

El segundo asunto pendiente de Juan Carlos tenía que ver con M., la más larga de las tres relaciones de las que su familia tuvo noticia. Se habían conocido en el colegio y, tras un breve cortejo, empezaron a salir. Durante cinco años, M. fue pareja del joven, quien por entonces tenía 16 y empezaba a realizar diversos pero esporádicos oficios. El que su familia más recuerda, aparte del de chatarrero, es el de obrero en una construcción en la que también laboró su padre.

M. no sabe bien por qué la relación terminó: si fue con él o con ella con la que apareció la distancia. No obstante, y porque pese a todo su amistad se mantuvo firme como el primer día en que se hablaron, ambos continuaron viéndose.

El viernes 11, Juan Carlos la invitó a salir. Quería contarle de sus problemas con una chica, pero sobre todo de sus problemas con el padre de esta. A ambos, el sábado, luego del cumpleaños, les pareció la mejor opción. A las 9:10 de esa noche, M. marcó el número de su ex enamorado. Lo oiría sonar dos, tres, cuatro veces, y finalmente pasar al contestador. Entonces, decidió que lo mejor sería esperar.

NO TE METAS CON ELLA
De acuerdo a lo que el jefe --cuyo nombre se mantiene en reserva-- del joven chatarrero le dijo a sus familiares horas después del crimen, fue el lunes 7 de abril cuando por primera vez Antonio Artica Saavedra y Juan Carlos cruzaron palabra. No sería un encuentro cualquiera. Según vecinos de la cuarta cuadra de la avenida Alfonso Ugarte (Cercado), donde el primero de ellos vive y el segundo trabaja, Artica, de 39 años, le advirtió al joven que dejara de meterse con su hija, de 16 años. "Juan Carlos no le respondió y más bien le pidió disculpas a su jefe por lo que había ocurrido", dice Doris Velásquez, tía del fallecido.

Su labor como chatarrero no era reciente. Desde los 18 años, Juan Carlos había entrado a este negocio y trabajado para la misma persona. En varias oportunidades, sin embargo, el local había cambiado de zona. En Alfonso Ugarte llevaban apenas medio año.

Tres meses después de la mudanza --cuenta su hermana menor, de 13, con quien mantuvo la relación más cercana--, Juan Carlos conoció a la hija de Artica. "Ella solía timbrarle y él le devolvía la llamada", agrega.

Doris Velásquez recuerda, además, que hace dos domingos, estando en su casa de Independencia, Juan Carlos recibió una llamada de la joven. "Al comienzo (mi sobrino) se avergonzó, pero luego incluso le pasó el teléfono a mi hijo pequeño (3 años), 'para que lo conozca', dijo".

Esas fueron las únicas señas que el chatarrero daría a su familia sobre la relación. Esa y la forma en que el sábado 12 por la noche, finalmente, habrían de encontrarlo.

UNA RIÑA, LUEGO LA MUERTE
El día del crimen, Artica había trabajado hasta el mediodía en el club deportivo donde solía alquilar canchas de tenis para sus alumnos, en Surco. Esto lo dice un profesor que prefiere el anonimato, pero que aseguró conocer al maestro de tenis desde hace 20 años a quien describió como una persona tranquila y trabajadora. "Nunca me dijo que le pasaba algo --añade--. Realmente no entiendo qué pasó por su mente para que hiciera algo como eso".

De acuerdo con el parte policial, la riña entre el joven chatarrero y el profesor de tenis empezó alrededor de las 9:30 p.m. Ana Quispe, vecina y testigo del crimen, cuenta que hubo un fragoroso cruce de palabras entre ambos. "El señor (Artica) lo golpeó, pero el chico no hizo nada", agrega la mujer. Producto de ello, la víctima, aturdida, no tardaría mucho en caer al suelo.

Entonces, Artica desaparecería por el corredor que da a las escaleras de su casa (ubicada en el segundo piso del negocio de chatarra) y, segundos más tarde, con un cuchillo de cocina en las manos, su cuerpo atravesaría nuevamente las luces de los postes.

Estiró la hoja de metal hacia el cuerpo del chatarrero y le dio en el abdomen hasta causar su muerte. Luego esperó la llegada de la policía.

En su defensa, Antonio Artica Saavedra dijo que lo asesinó porque la víctima había intentado seducir a la fuerza a su hija, esa misma joven que --de acuerdo con otro testigo del crimen-- vio, entre lágrimas, cómo los médicos levantaban el cuerpo de Juan Carlos Torres de la lóbrega avenida Alfonso Ugarte. Sin embargo, esto hasta ahora no ha podido ser corroborado legalmente en el juicio que se le sigue por homicidio simple.

Tanto el pequeño local de chatarra como la casa del profesor de tenis mantienen sus puertas cerradas desde entonces. Un allegado a la familia de Artica --quien mostró signos de ebriedad al momento de su captura-- refirió que su esposa y sus dos hijos se habían mudado a la casa de uno de los hermanos, en Villa El Salvador. Allí, la tarde del miércoles 16 de abril, una persona que dijo ser su hermano --pero que mantuvo en reserva su nombre-- señaló, escuetamente, a través de una pequeña ventana: "No sabíamos nada de esto. Pero, escúcheme: tampoco tiene por qué interesarnos su vida".

SEPA MÁS
La ley y el homicidio
4Los familiares del fallecido Juan Carlos Torres Velásquez lamentaron que a Antonio Artica Saavedra, recluido en el penal San Jorge, se le juzgue solo por homicidio simple, cuando, para ellos, se trató de un homicidio calificado.
4De acuerdo con el código penal peruano, el homicidio simple --el que mata a otro-- contempla una pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de veinte años. El homicidio calificado o asesinato, que ocurre cuando alguien mata a otro por ferocidad, lucro, placer, con gran crueldad o alevosía, entre otros, es reprimido con una pena privativa de libertad no menor de quince años.

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