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Contracorriente

Patroncito de los inocentes

LLAMADOS. En el Día del Trabajo, en Iquitos, se produjo una singular manifestación. La procesión del Niño Jesús de la Caja reunió a decenas de pequeños que han pasado por la experiencia de ganarse la vida desde muy temprano. Entre malabares y oraciones, su reclamo justo se imponía

Por David Hidalgo Vega

El niño tiene los brazos levantados en postura beatífica. Del hombro derecho le cuelga una caja de lustrabotas y con la mano izquierda sostiene una rosa de tallo largo, como si la ofreciera al cielo. Los rasgos del pequeño tienen el realismo de una fotografía, la media sonrisa suplicante, el pelo corto, la ropa algo desgarbada. De entrada recuerda a los chicos que frecuentan las esquinas y los parques para ofrecer limpieza al paso a zapatos ajenos. Él, en cambio, aparece descalzo. Si algo resalta su condición de bienaventurado es una estrella brillante que irradia tras su cabeza, a la manera del estado de gracia que ilumina a los santos en las pinturas religiosas. El Niño Jesús de la Caja no está bendito, pero podría: en su imagen se concentran centenares de historias infantiles de sufrimiento y redención. Ninguna ocasión más propicia para comprobarlo que esta mañana de feriado, 1 de mayo, en que decenas de inocentes como él van a cargarlo en procesión.

Los portadores se han reunido esta mañana en el patio de La Restinga, una asociación sin fines de lucro que brinda soporte emocional y educativo a niños trabajadores de Iquitos. El lugar es una olla a presión emocional: chicos y chicas de diferentes edades hacen los ensayos finales de los números artísticos que ofrecerán en homenaje a esta particular versión del Niño Jesús, otros alistan los ingredientes del almuerzo del día, algunos, mayores, supervisan la logística necesaria para acompañar la salida de la imagen con un pasacalle. Una de las coreografías muestra a tres parejas en una crítica escena cotidiana: las chicas lavan la ropa arrodilladas ante sus bateas mientras los muchachos hacen el ademán de maltratarlas a correazos. El fondo musical a ritmo de saya dosifica el drama sin ocultarlo. De pronto, las chicas se ponen de pie, hacen un giro y empujan a los varones hacia su antigua posición. Es una alegoría de que las historias de injusticia pueden cambiar. "Más expresión en los rostros, chicos", les dice Ítala Morán, una de las encargadas de la asociación. Les recuerda que el público será de niños, que no entienden tan rápido y por eso necesitan las cosas claras. El lenguaje de los gestos es infalible.

En el ambiente de recibo, cerca de la puerta, se alista otro símbolo: un grupo de adolescentes ajusta las almohadillas y uniones del anda que llevará la imagen. Tiene el tamaño de las que conducen a las figuras tradicionales del santoral, pero está confeccionada con una madera más ligera y un diseño de piezas delgadas para evitar el sobrepeso. El marco de flores silueteadas que asegura el lienzo encaja en el centro de la estructura. Es una imagen conmovedora: un niño como tantos elevado del desabrigo callejero al sosiego de un altar. La pintura fue realizada hace unos años por el celebrado artista amazónico Christian Bendayán, uno de los benefactores de la asociación. "La idea era crear un símbolo que llamara la atención sobre la realidad de los niños trabajadores", comenta Luis González Polar, director de La Restinga.

El imaginario selvático impuso su poderoso misticismo. La realidad aportó otro: tras la imagen del Niño Jesús de la Caja, como el anverso de una moneda, va pintado El Corazón Berraco. El símbolo del amor con un tajo de navaja remendado a la mala, rodeado de flores, sobre un hermoso atardecer de selva. "Se quiera o no, tiene inspiración religiosa. Es un corazón que sufre, pero que a la vez se ilusiona, florece, se renueva, y representa la posibilidad de ser felices", precisa González. El tótem de los desprotegidos acompaña a su nuevo patrono.

A las cinco de la tarde empieza el ritual de esperanzas. Aquí es donde se verá el efecto de semanas de talleres sobre trabajo infantil, identidad amazónica y en especial sobre derechos de los menores que trabajan. Seis niños abren el camino sobre zancos, como en un desfile circense. Las andas son cargadas por un grupo de adolescentes que ha visto su vida transformada, rescatada del riesgo de las calles. Luego viene un cortejo de niños y adultos armados de flores e incienso. Un cuarteto de músicos populares alegra el paso con una carnavalesca melodía selvática. El séquito despierta simpatías, alguna gente se detiene a observar los malabares de los niños y no evita concentrar la mirada en la imagen virtuosa de las andas. La policía no tiene que hacer mucho para detener el tráfico. La marcha es larga, pero festiva.

La procesión lleva las andas por pistas nuevas y caminos de tierra, la pasea por calles salpicadas de comercios, barrios tranquilos, sectores populosos. Por el camino se topa con gente que pasa tranquilamente el feriado y también con grupos que celebran en jaranas callejeras regadas de cerveza. El trajín obliga a varias paradas para cambiar de cargadores y es entonces que los curiosos reciben el mensaje central desde un altavoz: "Niño Jesús de la Caja/ te pido por todos los niños que trabajan, /para que su trabajo sea digno y seguro/y no haya más explotación". El cortejo pide que así sea. "Señor, te pido que no griten a los trabajadores,/ que tengan una zona limpia para el trabajo y/ que tengan tiempo para estudiar y trabajar". El público se conmueve. "Niño Jesús de la Caja, / te pido que mañana cuando salga a trabajar, / no me pase nada, que las calles sean seguras/ y así poder caminar tranquilo". Doce oraciones, escritas por niños y adolescentes, dejan un camino empedrado de urgencias por atender.

La noche abraza la procesión sin riesgos. Tras el largo recorrido, la imagen ingresa a un albergue infantil. Allí las madres de los chicos han preparado chicha de jora y rosquitas para iniciar una velada. Vienen los números artísticos y el ambiente bulle. El grupo infantil Los Verdes desata la euforia con sus instrumentos hechos de piezas recicladas. En el clímax de la fiesta se anuncia el momento de los pedidos al patroncito de los inocentes. Una mesa recibe las velas. La imagen concentra los pedidos. Hay una sensación cercana al fervor. Es la certeza, en niños y grandes, de que las cosas siempre pueden mejorar. Por eso el rostro del Niño Jesús de la Caja parece contento.

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