Por Alberto Villar Campos
La noche del 14 de febrero, dos ciudadanos franceses salían de un inmenso complejo ferretero de Surquillo y fueron capturados, pero eso era lo de menos. Detrás de aquella operación policial y al interior de un departamento miraflorino, los agentes se encontrarían con una imponente maquinaria delictiva nunca antes vista en el país. Un botín que hasta ese instante ni siquiera podían haber imaginado.
Conectados a tres computadoras portátiles, dos aparatos de última tecnología --uno capaz de borrar y regrabar información secreta de tarjetas de crédito; el otro, un 'skimmer', con el cual se obtenían los datos de las bandas magnéticas-- dejaban al descubierto una pequeña parte del centro de operaciones que allí se había edificado: el protagonismo lo tendría la impresora de tarjetas electrónicas, utilizadas --según un policía de la División de Investigación de Delitos de Alta Tecnología de la Dirincri (Divindat)-- de forma restringida solo en entidades bancarias y centros comerciales.
¿Cómo era posible que un aparato como ese estuviera allí? Philip Troy Bobby (30) y Jasper Somers (34) tenían, sin duda, una historia que contar.
VIAJES EXTRAÑOS
Habían llegado al país cuatro meses atrás de un lugar que aún hoy es materia de duda. ¿Por qué? Lo primero que constataron los agentes encargados del caso fue que los pasaportes que ambos tenían al momento de su captura pertenecían, en realidad, a otros franceses. "Peor aún --relata el oficial de la Dirincri--, aunque habían caído con las manos en la masa, negaron su responsabilidad argumentando que se dedicaban al comercio de paquetes turísticos en todo el mundo. El equipo de impresión que allí encontramos, dijeron, lo usaban para darles tarjetas de identificación a sus clientes".
En parte, los detenidos tenían razón. La denuncia que llevó a su captura había partido de dos empresas dedicadas al procesamiento de pagos a través de tarjetas electrónicas, las cuales a inicios de año notaron extraños movimientos de dinero en dos agencias de viajes paradójicamente ubicadas en un solo lugar: el centro comercial Camino Real, en San Isidro.
En la primera de estas, Nasaki Tours --representada por José Alfredo Nasaki--, existían dos lectoras de tarjetas electrónicas en las que, luego de las verificaciones efectuadas por la empresa denunciante, se logró establecer que se habían realizado 55 transacciones con cuentas de personas que jamás estuvieron allí.
De igual modo, en la segunda --Art World, representada por William Linares Sánchez-- se efectuaron 21 transacciones con tarjetas de bancos de Brasil, Chile, España, Estados Unidos y Venezuela. Estas registraban casi 34 mil soles en movimientos, de los cuales 20 mil fueron denegados posteriormente por las entidades.
En esta última, el nombre de Jasper Somers saldría a la luz como el único autor de las transacciones. Días después, un banco de Brasil confirmaría las presunciones de la empresa víctima de su ingenio: el titular de una de las tarjetas utilizadas había nacido en ese país y vivía allí en ese momento. La búsqueda policial de aquel a quien solo conocían por nombre había empezado.
UN ERROR FATAL
Días más tarde, la Dirincri identificó también a Philip Troy Bobby, el sujeto que --según dijo Kasaki en su manifestación tras la captura-- fue el responsable de realizar todos los movimientos en su negocio. Él --agregó-- le había propuesto en enero un negocio de venta de paquetes turísticos a través de su supuesta agencia ubicada en Inglaterra. Sin embargo, los 144 mil soles que se movieron --según el registro de las máquinas de su local-- hicieron dudar a la policía.
"Los detenidos usaban el 'skimmer' en hoteles y restaurantes lujosos de Lima, robando la información de las tarjetas de otras personas, peruanas y extranjeras, a quienes luego suplantaban", comenta el agente de la Divindat.
Provistos de un moderno software, los franceses habían almacenado en sus computadoras portátiles los datos de decenas de víctimas cuyo dinero pasaba a su poder en minutos gracias a la máquina impresora de tarjetas electrónicas. Era la tecnología al servicio de la delincuencia.
El día en que se les detuvo, Troy Bobby --que iba junto a Somers-- cometería un error fatal: pagar con una tarjeta de crédito a nombre de un estadounidense --de quien además había confeccionado un pasaporte falso-- casi 500 soles por consumos en el negocio de ferretería.
Sorpresiva y pacífica, la captura llevaría a los policías a descubrir rápidamente un laboratorio inimaginable: un departamento donde los malhechores habían sido mil y un personas distintas y gozado durante un tiempo de los beneficios que les otorgó la criminalidad moderna.
Antes de ser puestos a disposición de la justicia, la policía concluyó que los franceses --procesados por delitos de falsificación de documentos y asociación ilícita para delinquir-- se apropiaron sistemáticamente de casi medio millón de soles en cuatro meses.
A los investigadores les queda todavía una pieza más por encontrar: El representante de Art World --la empresa que junto con Nasaki Tours fue cerrada días después del hecho--, cuyo paradero aún es un misterio... al menos por ahora.