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INFORME. REVELADOR HALLAZGO

Los secretos de las culturas milenarias están en Bogotá

Recientemente se descubrió en las lomas que rodean la capital colombiana una de las necrópolis más grandes del continente

Por Susan Abad. Corresponsal

USME. Parados sobre la pequeña colina que ofrece una vista increíble sobre la entonces llamada Bacatá --hoy Bogotá-- no es difícil retroceder en el tiempo e imaginar a Zipa, jefe máximo de los muiscas, lítico, majestuoso e imponente, mirando al horizonte donde sus dominios parecían infinitos.

La lengua original ha dejado de escucharse por estas lomas que rodean la capital de Colombia, y desgraciadamente se ha llevado el nombre de la que hoy se conoce como la hacienda El Carmen, y que, por casualidad, como se descubre la mayoría de estos vestigios, reveló la historia de adoración y sacrificio a los dioses de por lo menos tres épocas, comprendidas entre los siglos I y XVI después de Cristo.

"Estamos en lo que posiblemente sea la más grande necrópolis del continente", asegura Gustavo Lenis, antropólogo de la Universidad Nacional, señalando la excelente posición estratégica del lugar que, asegura, permitió el asentamiento de por lo menos tres culturas: la Herrera, que existió entre los años 200 a 500; la Muisca Temprana hasta el año 800; y la Muisca Tardía que duró hasta la llegada de los españoles.

Los primeros hallazgos, calificados por Lenis de sumamente importantes no solo por su espacio físico sino por su espacio histórico, manifiestan la posibilidad de que en el lugar, de 36 hectáreas, haya existido una pequeña ciudadela con bohíos (cabañas de madera y ramas) y campos de cultivos de papa y arveja, como los que actualmente se aprecian en los alrededores. Por su posición privilegiada, habría sido también un espacio comercial de intercambio de productos, como lo demostraría el hallazgo de cerámicas de comunidades indígenas que habitaron en el suroeste y el norte de Colombia.

"Pero lo que es indudable es que fue un sitio de adoración y sacrificio de seres humanos a los dioses de los herreras y los muiscas", asegura Lenis, basándose en los primeros 39 esqueletos, de los 600 que se calcula se encuentran enterrados en tres capas superpuestas del terreno.

Las osamentas no solo son vestigios de personas de la época, sino que revelan su forma de vida y costumbres.

OFRENDA A LOS DIOSES
El hallazgo de un esqueleto que muestra la boca abierta y las falanges de las manos y pies que demuestran crispación en los últimos momentos de vida es evidencia, "de que en algún momento era costumbre enterrar vivas a las personas como una forma de sacrificio a los dioses", indica el antropólogo. Esta ofrenda se encuentra narrada en crónicas, pero esta es la primera vez que se puede comprobar.

La historia cuenta que los muiscas adoraban al sol, a quien llamaban 'sue', y a la luna, 'chía'. Rendían también culto al agua y al arco iris. Pero estos sacrificios humanos habrían sido en honor de su dios principal Chimininchagua, quien era el origen de todo.

El director del departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia, José Virgilio Becerra, indica que la costumbre de los jeques --como se llamaba a los sacerdotes muiscas-- de recluirse para realizar su labor de mediadores entre el mundo de los vivos y los muertos, queda plasmada en el hallazgo de la osamenta de un hombre corpulento "cuyos fémures arqueados son síntoma de una enfermedad llamada osteomalacia, causada por una deficiencia de vitamina D y usualmente asociada a la falta de exposición al sol".

De la cultura Herrera se ha podido deducir que se perforaban el rostro con aparatos de madera o hueso, por las incisiones encontradas en el maxilar de los restos de una mujer. Los vestigios de un huso para hilar algodón enterrado junto a un cuerpo femenino podrían indicar que esa mujer era hilandera.

También se hallaron restos de la vestimenta de la época, consistente en una especie de túnica y una manta atada por las puntas en el hombro, fabricadas con telas gruesas de algodón, adornadas con rayas de colores y estampadas con tintas de origen vegetal y mineral; así como cerámicas con restos de alimentos, que según su creencia, debían llevar para el camino a la otra vida que existía más allá de la muerte.

MISTERIOS POR DESCUBRIR
Pero los investigadores también se han topado con cosas inexplicables, como los restos en una misma tumba de una niña de aproximadamente 5 años abrazada a un niño de 3 años. Junto a ellos yace un menor de unos 7 años. Los arqueólogos solo han podido determinar que fueron sepultados al mismo tiempo hace unos 1.200 años.

Algo inusual ha sido el no haber encontrado objetos de oro, material presente en la mayoría de las culturas prehispánicas. "Pero esto no lo saben los huaqueros, que han llegado por docenas y están ingresando en las noches a saquear y están causando un grave daño", explica Lenis.

La importancia de los restos arqueológicos ha llevado a las autoridades de Bogotá a solicitar al Gobierno Central que los declare patrimonio cultural, para lo cual tendrá que negociar con la urbanizadora que, hace cuatro meses, hizo el hallazgo al remover el terreno donde pensaba construir 7.500 viviendas para familias de bajos ingresos económicos.

LA LEYENDA DE EL DORADO
Cuenta la leyenda que la ceremonia de acceso al poder del heredero del trono se realizaba en la laguna de Guatavita.

Los indígenas desnudaban al heredero y lo untaban con un líquido pegajoso que permitía que le cubrieran todo el cuerpo con oro en polvo. El dorado se iba parado en el centro de la balsa hecha de juncos, llevando a sus pies variados objetos de oro y esmeraldas, como ofrendas a su dios. Lo acompañaban los cuatro caciques principales de sus tribus adeptas, adornados con plumas, coronas, brazaletes y orejeras de oro.

Al llegar al centro de la laguna, en el momento máximo de la ceremonia, el futuro Zipa se hundía en las heladas aguas mientras los caciques lanzaban el oro y las esmeraldas como ofrendas. En los alrededores, los indígenas gritaban y danzaban en señal de aceptación de su nuevo señor.

Este rito religioso se encuentra plasmado en la "Balsa Muisca de Pasca", que se encuentra actualmente en el Museo de Oro de Bogotá.

CLAVES
Cultura de lengua chibcha
4Los principales restos arqueológicos en Colombia son de las culturas Muisca, Tayrona, Quimbaya, San Agustín y Calima.
4Los muiscas habitaron entre los altiplanos y valles de la cordillera oriental de Colombia, principalmente entre el macizo de Sumapaz y el nevado del Cocuy, a lo largo de los ríos Bogotá, Suárez y Chicamocha.
4La zona más poblada fue la sabana cundiboyacense, entre ellas, Bogotá, Nemocón, Ubaté, Chiquinquirá, Tunja y Sogamoso.
4Las condiciones de terrenos propios para la agricultura y el clima determinaron que llevaran una vida sedentaria.
4Los muiscas fueron el grupo de lengua chibcha más importante de los Andes colombianos, que ocupó la zona alrededor del año 1.000 d.C.

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