Por Ricardo Bedoya
La última película del canadiense David Cronenberg es un "filme negro" apasionante. Sus componentes son la ciudad; el universo criminal enclavado en ella como un tumor; los ritos de filiación, la pertenencia y asociación a la mafia que es, a la vez, una fraternidad; la violencia seca pero extrema; las relaciones amorosas turbias; el juego de apariencias entre los responsables del delito; la simulación y la intriga; las identidades dobles u ocultas; la agresión que se transmite de generación en generación, por vía genética, y se difunde como un virus.
El realizador de Parásitos mortales, La rabia, El engendro del diablo, La mosca, Dead Ringers, M. Butterfly, Crash, Una historia violenta, entre otras, es un director obsesivo. Vuelve, una y otra vez, sobre motivos y asuntos recurrentes. La familia, por ejemplo. O la dualidad esencial de sus personajes, historias y ambientes. Promesas peligrosas ocurre en la temporada navideña y empieza con el nacimiento de una niña. Pero ni la Navidad ni el nacimiento son episodios felices o gozosos; más bien son el preámbulo para conocer otro tipo de filiaciones, clandestinas y perversas.
UN NACIMIENTO Y UNA MUERTE
Como en muchas películas del género "criminal", todo arranca con una situación paradójica: un nacimiento propicia una muerte y el comienzo de una pesquisa. Una joven rusa muere al dar a luz y deja un diario personal que la enfermera de un hospital londinense (Naomi Watts), de ascendientes rusos, decide traducir. Le atraen el origen de la muchacha, las circunstancias de su muerte y el destino de la recién nacida. El cuaderno de notas se convierte en la llave que abre la puerta de un restaurante ruso que es fachada de un mundo paralelo y secreto, de una sociedad ilegal de reglas implacables que coexiste con la sociedad de afuera.
La idea de traducir un texto para sobrevivir es central en Promesas peligrosas. Descifrar sentidos, descodificar, desentrañar las dimensiones ocultas o simbólicas de los mensajes que se multiplican en textos escritos o grabados, como estigmas, en la piel. Para poder ser alguien en ese mundo es preciso leer sin errores porque todo está codificado o es engañoso. Y todo gira en torno al Signo del Padre. Un padre simbólico, al que se llega después de renunciar a la herencia y repudiar a la propia genealogía. La fraternidad mafiosa de los Vori se consolida con pruebas de lealtad e inscripciones corporales que se tatúan como hitos de la evolución y el crecimiento personal. Nikolai "el chofer" (el notable Viggo Mortensen) es el "lector" privilegiado de esta historia, así como la enfermera es la lectora literal del diario de la muchacha muerta.
En el relato navideño está contenida la Historia completa del Niño que nace, se hace Hombre, acepta su destino, se mide con el Padre y comparte su lugar. En Promesas peligrosas, que describe una Natividad maligna, Nikolai ha hecho su trayectoria, ha cumplido su misión, ha torturado y matado, y ahora le toca renacer para desplazar al Padre. En su carrera, ha sabido leer muy bien.
¿Qué ha leído? La duplicidad de todos. La del Padre (Armin Mueller-Stahl en una actuación impecable y terrorífica), que ejerce poder pero niega su nueva filiación, que parece melancólico pero es despiadado; la del hijo biológico Kirill (Vincent Cassel), psicópata peligroso pero frágil en el amor por su amigo Nikolai, que lo manipula y controla por los afectos; la de la organización, que ofrece el sacrificio de un miembro pero entrega a otro. Pero Nikolai, sobre todo, ha sabido leer su propia misión y su propia naturaleza humana, también dual: él, que fue un hombre que estuvo del lado de la ley, ya no es el mismo. La bestia desnuda que reacciona por puro instinto, impulsado por la agresión primaria y natural, en la formidable escena del baño turco, ya no tiene camino de regreso. Sólo le queda ser el nuevo Padre y centro de todos los signos.
IRRECONOCIBLES
Antes, en la época de Parásitos mortales, Videodrome o La mosca, los personajes de Cronenberg asimilaban en su cuerpo desechos físicos, se convertían en máquinas, "contagiaban" su materia con los rasgos de la monstruosidad o producían "monstruos", como parásitos o excrecencias. Ahora, en cambio, los protagonistas de M. Butterfly, Una historia violenta o Promesas peligrosas se miran en el espejo y ven allí al mismo ser, con la misma apariencia física, pero removidos por un amasijo de contradicciones, producto de su propia naturaleza y biología, que los vuelve irreconocibles.
En Promesas peligrosas hay otros signos ilusorios o engañosos. Como la hermandad entre Kirill y Nikolai, que se mueve en la ambigüedad de una amistad masculina que se erotiza hasta el punto de transformar a un "hermano" en una promesa de "amante". O como la presencia de Londres, que se reduce a unas cuantas calles, un hospital y un siniestro callejón que conduce al río donde se tiran los deshechos de la mafia. Cronenberg es un maestro recreando ambientes que lucen apacibles y se transforman en lo opuesto. El enclave del restaurante ruso, con su apariencia cálida, evocativa de la Rusia milenaria, donde suena Oci ciornie, esconde salones y sótanos destinados a la tortura, el asesinato o la iniciación mafiosa, que es el verdadero nacimiento de esta promesa navideña. La secuencia de la "filiación" de Nikolai, con la imagen de Viggo Mortensen reclinado en el sillón de molde clásico mientras le graban la estrella en la piel, es uno de los momentos más fuertes de todo el cine de Cronenberg.