Por Sandro Fuentes [Abogado]
En 1990 la quiebra del Tesoro Público peruano obligó a plantearse una meta perentoria: restablecer el equilibrio fiscal. A eso se sumó la reestructuración del sistema tributario, que empezó por rehacer de sus escombros a la Sunat, dotarla de un mínimo de infraestructura fundamentalmente humana.
Rehecha la Sunat se pudo recién atacar el ridículo sistema tributario, con más de 80 impuestos y contribuciones, que, por cierto, nadie pagaba. En 1992 se derogaron casi todos y creció la recaudación. Ese casi fue un aporte de la política.
El lado del ingreso fiscal se recuperó al instante y la zona del gasto tuvo el manejo acorde con las circunstancias. El hecho es que el requisito del equilibrio fiscal se logró, gracias a mucha gente, entre ella a tantos técnicos de la Sunat que afortunadamente hasta hoy permanecen en la entidad, pese al maltrato salarial, producto de una austeridad que no es general, ni por asomo.
Ahora que se habla nuevamente de reestructurar el sistema tributario la pregunta esencial es: ¿para qué? No estamos en los años 90, no hay crisis fiscal, no hay recesión, estamos en grado de inversión.
Creo, sin embargo, y lo sostengo tercamente, que el esquema de los años 90 ya no sirve, precisamente porque atendió a otra circunstancia. La de hoy día es radicalmente distinta pero igual de perentoria: la falta de modernidad de la sociedad que se resume en tres indicadores vergonzosos: i) la extrema pobreza de millones de personas; ii) la extrema informalidad del 60% de la economía y iii) la penetración institucional del narcotráfico.
Ninguna será resuelta por la Sunat, sino por el ejercicio cabal de la autoridad por muchos más involucrados, empezando por la policía (incluyendo la de tránsito) y siguiendo con la autoridad feudal de las municipalidades distritales. Discutamos el 'flat tax', las facultades tributarias, etc., pero no olvidemos que al Estado Peruano se le cae la piel a pedazos