Por Miguel Ángel Cárdenas
Puno. Y se rehízo la luz. La puerta deshecha y atrancada fue lo primero que reparó con sus aisladas manos --para que entrara el primer sol al templo-- la religiosa de nombre Imelda, de primer apellido Palomino y de segundo apellido Quiroz. Era 20 de diciembre del 2002 y la habían nombrado misionera en el inmemorial pueblo de Santiago de Pupuja, donde viven esos recónditos maestros que crearon los toritos de Pucará (llamados así porque en los años 60, en la estación de Pucará, a 7 kilómetros, comenzaron a comercializarse; pero los expertos saben que el verdadero nombre debió ser toritos de Pupuja).
Hace pocos días, para mantener la luz, esta hermana de la congregación María Medianera, de 67 años y poco menos de 1.50 de estatura, colocó con sus ahora comunitarias manos --logró conmover la solidaridad de los pobladores y sacudir la fe popular santiaguina-- la tercera araña de luz, de bronce, en el techo, debajo de la cúpula.
Ni un demonio diría que hace seis años, en esta iglesia barroca del siglo XVII, que remece con su esplendor, solo había arañas de sombra, ratas, lechuzas y fe en la oscuridad. "No he pintado nada, solo hice una limpieza y restauración profunda", dice la madrecita que nació en Cajamarca, llegó a Puno a los 18 años y hoy sola, pero con sus mismas sociables manos y santas imprecaciones, espanta a los ladrones sacrílegos a palazos.
"Yo vine a encargarme de la sacristía y los libros parroquiales, porque el sacerdote de Juliaca viene solo los domingos y todo estaba sucio, abandonado, los retablos destruidos, los santitos hechos pedazos...". La imagen de desahucio la resquebrajó, pero sin el dinero de la Iglesia y menos del INC, sin lágrimas fáciles y con el coraje caro, Imelda decidió poner de su pobre dinero. "Si a uno le encargan un lugar: o lo recupera bien o para qué está". Se valió de dos fuentes monetarias: su sueldo de maestra jubilada (822 soles) y préstamos en el Banco de la Nación (que anda debiendo). Y siguió dos estrategias espontáneas: limpiar sin importar las inoportunas madrugadas las obras de arte sagrado contaminadas hasta la suciedad y comprar otras --comiendo en un comedor que le cobraba un sol por ración-- para reemplazar a las devastadas. Así, gastó 625 soles en un cuadro de la escuela cusqueña y 725 en otro para el bautisterio. "Mes por mes fui pagando poquito a poco".
Y también utilizó otras dos tácticas que premeditó: comprometer a las autoridades: "Iba a pedirle al anterior alcalde, le daba duro en la Mesa de Concertación y conseguí que hiciera el machihembrado de las maderas del suelo. Ahora el alcalde actual ha prometido apoyar en hacer el enlozado para julio". E integrar en su frente de salvación restauradora a los comuneros; para que la ayudaran a bajar las imágenes que se pudrían de telerañas y moho inveterado en lo alto. "No se reconocía nada porque el empolvado era antiguo, fue una limpieza de un año, en que barría y encontraba zapatos, floreros; tuve que proteger lo más delicado con plástico".
CAPITANA DE LA RECUPERACIÓN
Fue una guerra sucia, al principio, contra quien pensaba que era un nocturno animal salvaje: porque la madre Imelda limpiaba y al día siguiente volvía a encontrar inmundicias. Hasta pensó en don diablo. Un poblador la escuchó y le dijo: "No, hermanita, son los búhos que deben estar detrás de los retablos". Imelda fue a su caza y en los escondrijos elevados de una iglesia que tiene un perímetro de 85 metros los fue espantando a piedritas. La gente se fue identificando con esta tesonera religiosa purificadora. Es más, el saneamiento se convirtió en una metáfora para lavar la fe perdida. Y un comunero le tapó con calaminas las ventanas por donde ingresaba el comando de búhos.
La empatía hizo que cuando llegó la 'operación barnizado' un jovencito la ayudara con el altar de pan de oro. Y el presbiterio, el sagrario y el altar mayor que estaban descascarados y cochambrosos desde tiempos coloniales fueron descubriéndose a las manos concienzudas de la hermana "con un brillo de arte de Dios".
Fue un proceso de alquimia bañadora para una religiosa que realizó sus estudios de Educación en la Normal de Puno, trabajó en Juliaca y Arequipa y cuya consigna de espíritu es: "Entregarme en alma, corazón y vida, porque nunca vale hacer las cosas solo por tentativas".
Los viejos santiaguinos como Jaime Yapo recuerdan que el bautisterio parecía un terral hediondo y hoy tiene una pila reluciente de piedra (toda la iglesia se hizo con las piedras que desde el virreinato se traían de una cantera a cinco kilómetros) y un cuadro impresionante, con tanta belleza que el director del INC-Puno, Carlos Landa, que llegó de casualidad, abrazó a la madre restauradora luego de conocer su solitaria historia y ofreció estudiar un circuito turístico, donde se incluya un museo vivencial con los auténticos toritos de Pupuja.
Pero la madre Imelda no se duerme en sus anaqueles. Hace unos meses ha descubierto nuevos filones de ayuda: con los turistas más aventureros. Hace poco llegaron unos arequipeños que no podían creer la chispa coralina que salía de los ojos del que llaman Niño Jesús travieso en su urna central, que la religiosa se empeñó en pulir, "porque es mi preferido". Y donaron un dinero para dos filas de bancas. También Imelda se vale de la nostalgia de los santiaguinos en Cusco, Arequipa y Moquegua. "Me dicen: qué lindo nuestro templo, y yo les digo: sí, pero colaboren. La otra vez vino un ingeniero colombiano que no podía creer tanta belleza y nos donó cemento para el piso de la sacristía", afirma la madre, quien a falta de cura dirige también el entierro de los fallecidos.
Hoy su mayor preocupación son las goteras. Hace una semana encontró un charco cerca del sótano, donde guarda los santitos que no ha podido reparar. Entrar ahí es hacerlo a un asilo-hospital-purgatorio: "Así, sin manos, sin pies, sin nariz, encontré a la mayoría. Me fue difícil, pero pegué y limpié los restos de Santa Teresita del Niño Jesús, que es patrona de las misiones. Y ahí está en el altar. También reparé así a la Virgen de la Candelaria y a San Juan de Dios". Su último préstamo del banco ha sido para pagar a talladores del Cusco que repararon el púlpito, también de pan de oro.
Porque ya le queda poco tiempo: en diciembre regresa a su casa en Cajamarca, porque sus padres de 88 y 90 años necesitan de ella. "Voy a extrañar este pueblo, soy solo alguien que quiere al Señor y hace las cosas por Él". Santiago de Pupuja, que nunca le celebró la bienvenida, y que ahora siente que se ha purificado con su presencia, y con su resplandeciente iglesia, tampoco quiere celebrarle la despedida. Y la madre Imelda agradece esa descortesía.