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CARTA DEL FIN DEL MUNDO

The sound of music

Por Maki Miró Quesada

Los que desde hace meses veníamos trabajando en el proyecto del Festival de Música Clásica al Aire Libre de San Martín de los Andes nos mirábamos atónitos sin saber qué decir.

Por el suave declive del campo de golf bajaba un mar de gente, primero de a poquitos después como una ola incontenible llegaban y seguían llegando, con sillas plegadizas, tumbonas, canastas de picnic, mantas y de vez en cuando una botella de vino en la mano.

Nada de lo que habíamos calculado que podía pasar, durante las divertidas reuniones semanales del largo invierno austral previas al concierto nos preparó para el resultado que superó todos los cálculos. (Un mes antes el presidente del festival optimista apostaba: "Vendrán 400 personas"; yo pesimista pensaba in petto: "Si vienen 250 me doy por satisfecha, si son menos de 200 esto se acabó"). Vinieron cerca de 1.800 personas.

Todo empezó como quien no quiere la cosa que es por lo general como empiezan estas cosas. Un día no tienes nada que decir y mitad en broma mitad en serio lanzas una pelota al aire a ver qué pasa, pensando secretamente que aquí no va a pasar nada.

Bastante antes de cumplirse del año una soleada tarde de febrero con las montañas del Chapelco como telón de fondo se juntaron cinco solistas y un pianista del teatro Colón y le dieron a la gente de San Martín de los Andes el primer concierto al aire libre completamente gratis de sus vidas.

Nadie inventa nada. En otras épocas me tocó vivir en Nueva York, y un día abrí el "The New York Times" y me enteré de que esa noche cantaba Pavarotti en Central Park, gratis y para todos.

No lo dudé y me fui a Sheep's Meadow a escuchar al tenor más grande de nuestros tiempos perdida dentro de un mar de gentes instaladas sobre manteles y almohadones, con niños y amigos tomando champagne y fresas frente a un imponente escenario montado por el Met.

Era a principios del verano y poco a poco se fueron prendiendo las luces de Manhattan y apareciendo las estrellas en el cielo de junio; a intervalos cortos y regulares pasaban los aviones sobre nuestras cabezas con las luces de aterrizaje encendidas en su aproximación final al aeropuerto de La Guardia.

Nunca más volví a ver a Pavarotti pero nunca olvidé la revelación que tuve al descubrir que existen sociedades generosas que le regalan a todos, sin distingos, lo mejor que tienen. La tarde del Festival en San Martín la música sonó por igual para todos, los niños callaron como por encanto, los enamorados se abrazaban, las parejas mayores escuchaban tomadas de la mano, lo mejor eran las sonrisas que no se borraban.

Fast-forward. Sobre uno de los lindos lagos de la Patagonia se celebra un asado multitudinario ofrecido por un anfitrión multimillonario.

La imponente casa toda en piedra es copia conforme de un schloss en Bavaria (cornamentas de ciervos y venados incluidas). Los hombres visten chaquetas austríacas de lino y cuello verde, las señoras van de loden, todo el mundo, o casi, habla alemán y/o son rubios --esta chola encaja con las justas--. El paisaje absolutamente mágico recuerda cien por ciento al Tirol; uno no sabe si cayó en Bechtesgaden o en pleno Sound of Music.

Los dueños de casa son encantadores y han pensado en todo. El almuerzo es magnífico, el servicio también. Hay espectáculos de danzas y música de todas las regiones de Argentina ("¿yodeling sería quizá más apropiado?").

Afuera sobre el pasto impecable está el helicóptero de 2 turbinas y 12 plazas de los anfitriones. Al quinto número folclórico mi amable esposo se voltea hacia mí y con una voz donde la buena educación deja sin embargo asomar un vestigio de impaciencia y un dejo de nostalgia me dice: "Todo esto está fantástico, pero a mí lo que me gustaría es ver despegar el helicóptero".

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