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INFORME. MINERÍA INFORMAL SIN CONTROL

La fiebre del oro que aturde Ayabaca

La provincia piurana de Ayabaca es el centro de operaciones de miles de mineros informales y artesanales que explotan a su manera el oro que yace bajo la superficie

Por Ricardo León Almenara

Es el juego macabro de la riqueza y su reflejo. Wilberder Vegas es secretario de la Asociación de Mineros Artesanales de San Sebastián (una de las comunidades del distrito de Suyo, provincia de Ayabaca) y cuenta que los mineros artesanales y pobres de Ayabaca andaban en burros flacos que siempre miran para abajo; luego señala a uno que va por el camino de trocha y dice que desde hace poco la vida de ese hombre es distinta: ahora maneja una moto. Eso puede sonar a riqueza.

Ese minero en esa moto irá a su casa después de la faena y allí el subdesarrollo seguirá siendo una tara que se cuelga entre el escaso nivel de alfabetización y una cultura económica rudimentaria y casi nula, si se tiene en cuenta que no le quedan muchas opciones para sobrevivir salvo la de extraer un poco de oro y venderlo; es más rentable que seguir criando cabras: el queso de cabra no cotiza en la bolsa. Eso ya no es riqueza sino un reflejo. O una sombra.

DIAGNÓSTICO: FIEBRE ALTA
Cuenta Wilberder que su asociación tiene seis años de creada y que los 180 comuneros de San Sebastián buscan vetas de oro en las 17 mil hectáreas de la comunidad. "Para todos hay oro aquí", dice antes de bajar de la camioneta, caminar hacia un borde del camino, subir una loma y encontrar un socavón de diez metros de profundidad y a un tipo recostado al lado que mira con recelo a los extraños.

El tipo se llama Leo Hidalgo y está descansando mientras se despeja el humo que dejó la descarga de dinamita bajo tierra. En un par de horas volverá a descender sin casco ni guantes ni botas --que resulta siendo lo mínimo indispensable-- al socavón sin escaleras ni andamios. Aquí todo gira alrededor de una cuerda.

Por la noche, Leo dormirá en el campamento que no es un campamento sino tres estacas que sostienen un techo de plástico que cubre un colchón. Leo no sabe si descansará el fin de semana en su casa o si cobrará también el domingo, ya se verá. De repente se queda el fin de semana, mejor es ganar tiempo. Hay que aprovechar la fiebre del oro.

ANÁLISIS: CUADRO CRÓNICO
Reconocer que hay problema ha sido un buen comienzo, después de todo. Y el problema de Pablo Béjar como director regional de Energía y Minas de Piura es un cuadro estadístico que señala que de las 810 concesiones mineras que existen en esta región, más de 600 fueron otorgadas en los últimos cinco años. Lo peor es que solo en tres de ellas se practica una minería formal. Otra vez, la fiebre.

"Es que la gente no entiende bien lo que es la minería", resume Béjar, que en algún momento de su vida fue también minero. No entienden, entonces hay que ir y explicarles y desenredar crisis que se inician cuando el concesionario quiere empezar a operar y es expulsado por los miembros de la comunidad donde se ubica el denuncio minero porque, de alguna manera, les corresponde. Entonces los comuneros dejan de interesarse por las cabras y se meten a los socavones a buscar oro con lo que hay a la mano.

Por un vacío legal, la Dirección Regional de Energía y Minas no está facultada para sancionar a los comuneros ni para clausurar esas pequeñas minas informales y artesanales, aún sabiendo que emplean mercurio y cianuro sin ningún control. Entonces hay que ir a buscarlos y a convencerlos de los beneficios de la formalización.

"Pero eso es reciente, antes no se podía entrar a esas zonas porque era peligroso. Eran zonas dominadas por los comuneros", explica Béjar. Además hay una especie de mafia en la que ya no participan los comuneros, que por lo artesanal de su trabajo solo explotan el 10% del oro de una veta, sino empresarios que compran todo lo que no ha podido ser aprovechado para someterlo a procesos más elaborados y extraer más oro y venderlo en el país o enviarlo a Ecuador. Ese empresario es el que gana; el pequeño minero artesanal e informal siempre seguirá siendo un pequeño minero artesanal e informal.

"Este no es un problema de falta de trabajo, ni un tema económico, es un problema social", reconoce Béjar. En realidad son 810 problemas sociales, de los cuales solo tres han sido parcialmente resueltos. Béjar calcula que para finales de este año ya habrá siete u ocho resueltos. A pesar de los esfuerzos, aún quedarán más de 800 por resolver.

TRATAMIENTO: FORMALIZACIÓN
Después de recorrer una hora en un camino de trocha desde la carretera (muy cerca de la frontera con Ecuador) el sector Servilleta aparece como una pequeña aldea minera enclavada al pie de un cerro. En realidad son un grupo de comuneros que se columpian el día entero en sus timbaletes tratando de moler la piedra y extraer el oro con ayuda del mercurio y de sus pies. Aquí no hay mujeres, no hay familia. Los mineros trabajan un promedio de 15 días y descansan cuatro.

En Servilleta operan desde hace seis años dos asociaciones, explica José Edilberto Farfán, presidente de una de ellas, la Asociación Porfirio Díaz Nestares.

Desde hace unos meses lo hacen de manera formal porque sus 170 trabajadores están ya registrados en las oficinas del Gobierno Regional de Piura; tienen representación para comprar legalmente explosivos y mercurio (dos de las herramientas principales en este trabajo); han llegado a un acuerdo con el titular de la concesión; en determinado momento pueden llegar a formar una empresa y llevar a una planta procesadora las seis toneladas de piedra que en promedio extraen semanalmente. Pronto podrían presentar un estudio de impacto ambiental.

Pero lo formal no quita lo artesanal. Estos mineros manejan mercurio y otros productos químicos sin botas, sin casco y sin guantes. Dejar de lado los códigos de seguridad es parte de la vida artesanal. Farfán dice que sí, que están esperando tener dinero para comprar equipos de seguridad, que esa inversión se hará pronto, en algún momento.

Servilleta es una de las tres concesiones mineras que opera formalmente. Es, además, una especie de proyecto a replicar en las cientos de pequeñas mineras sin ley que ocupan, según cálculos de las autoridades, cerca del 20% del territorio de Piura.

Pero en casi todas las demás concesiones la imagen se repite: unos hombres columpiándose en timbaletes y otros metidos en socavones de hasta 50 metros de profundidad que solo salen a la superficie para almorzar o para dormir en campamentos improvisados, siempre con el riesgo de ser atacados por la macanche, una culebra de la zona que sale a cazar en mayo, cuando terminan las lluvias.

Vacíos legales dificultan el control
De las 810 concesiones mineras existentes en Piura, 226 se ubican en la provincia de Ayabaca, especialmente en las comunidades de los distritos de Las Lomas y Suyo. Según explica Jaime Solano, gerente municipal de Las Lomas, se ha intentado controlar la proliferación de mineras informales en la zona, pero es una situación que se escapa de las manos.

Ni siquiera una ordenanza municipal publicada en el 2007 y que prohibía toda actividad minera artesanal ha sido suficiente, porque genera reacciones airadas en los mineros. Además, hay una forma sencilla de sacarle la vuelta a esta ordenanza: el minero que es expulsado de Las Lomas se muda a Suyo, donde la ordenanza no tiene ningún efecto, y ahí continúa desarrollando su actividad.

Por otro lado, por vacíos legales, las autoridades de la Dirección Regional de Energía y Minas no están facultadas para clausurar minas informales ni plantas de beneficio minero. La única solución es promover campañas de sensibilización lentas y largas; la otra alternativa es denunciarlas penalmente por daños ambientales, pero esas denuncias se pierden en el universo burocrático judicial y, mientras tanto, se sigue explotando el oro con el permiso de los pobladores de estos distritos .

Entonces, si estas poblaciones dejaron definitivamente la agricultura porque buscan un desarrollo, pero ese desarrollo se presenta en su forma más informal y riesgosa, y teniendo en cuenta que las leyes para controlarlo son insuficientes, este problema no tiene cómo ser resuelto en el mediano plazo.

SEPA MÁS
4Las provincias que registran la mayor presencia de concesiones mineras son Ayabaca (226 concesiones), Piura (151), Sechura (104) y Paita (100).
4De las 810 concesiones actuales, 560 corresponden a minerales metálicos y 250 a no metálicos.
4Se estima que el espacio territorial de la actividad minera en Piura abarca 730.792 hectáreas.

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