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La vida de un gran poeta

Martín Adán, la inaccesible soledad.

RAFAEL DE LA FUENTE BENAVIDES, A QUIEN LA POSTERIDAD RECONOCE COMO EL POETA MARTÍN ADÁN SOBRELLEVÓ UNA VIDA DEDICADA ÍNTEGRAMENTE A ESCRIBIR PERO CON NO POCOS RECODOS AZAROSOS. SU DEDICACIÓN LITERARIA LA COMPARTIÓ CON UNA EMPECINADA BOHEMIA, CON SUS INGRESOS CONTINUOS AL NOSOCOMIO VÍCTOR LARCO HERRERA Y CON SU ETERNO ERRAR POR LIMA. A PESAR DE SU GLORIA, MURIÓ POBRE Y DESAMPARADO EN UN ASILO DE ANCIANOS.

Por Enrique Sánchez Hernani

Gastaba, incluso bajo el palurdo verano limeño, un abrigo pesado de lana con figuras de espigas como largos renglones de versos trenzados a una enredada caligrafía. Pesado y sucio, a contrapelo de su espíritu inmaculado de poeta de prosapia. Completaba la utilería que lo identifica hasta ahora, unas gafas para la miopía y un sombrero de fieltro estropeado y con manchas. Casi no se afeitaba nunca además. Quienes alguna vez pasaron por su lado, ya en su madurez de poeta, han podido asegurar que en su derredor danzaban los ángeles y un pesado hedor a alcohol y urea. Los ángeles eran los hijos menores de las musas que guiaban su trabajo y el alcohol la marca de su proximidad a la tierra, donde deambulaba a la caza de sus irreprochables sonetos y del agrio sabor de la cerveza, bebida que venció su voluntad desde que tuvo 25 años.

Martín Adán, además de cuidar escrupulosamente su biografía de hombre inaccesible, era el inquilino más ilustre del hospital para enfermos mentales Víctor Larco Herrera. Lo fue desde 1937 y a lo largo de más de diecisiete años. Su primer asilo ocurrió cuando tenía 29 años; sorprendente. Martín Adán era un solitario por convicción, un fugitivo de los halagos y de cualquier otra cosa que no fuese su furiosa pasión por escribir y beber.

Una niñez de peleas encarnizadas contra sus fantasmas lo marcó para siempre. Huérfano de padre a los siete años, queda al cuidado de su madre, Rosa Mercedes Benavides, que lo cede a manos de los modales rígidos de su tía Tarcila y de un tío deficiente mental que con sus gritos destemplados colmaba de temor las habitaciones de las casas en Lima y Barranco donde vivió.

POETA Y ARISTÓCRATA
Martín Adán era el seudónimo que guardaba a un aristócrata limeño renegado: Rafael de la Fuente Benavides. Cuando decide usar el apelativo, era un muchacho con una vida escarpada y difícil. El poeta era la constancia del derrumbe de un linaje de caracteres otrora acaudalados. Sin embargo, Adán casi nunca trabajó, salvo en su brillante y extraña poesía. Iba de su reclusión en el Larco Herrera a sus vagabundeos por los bares más descompuestos de Lima, hasta que totalmente ebrio sentía la necesidad de volver al manicomio.

Adán tenía que lidiar para que los profanos entendiesen que lo suyo solo era la poesía. Su propia familia lo obligó a concluir estudios de Derecho en San Marcos cuando él no tenía porte ni interés para lidiar juicios en los tribunales. Pero la abogacía le sirvió la única vez que el poeta pudo agenciarse un ingreso.

Tras ser clausurada San Marcos por el gobierno de turno, en 1932, el poeta marcha a Arequipa para trabajar en el Banco Agrario. Su tío, el presidente Óscar R. Benavides, lo había recomendado. En la Blanca Ciudad lo recibió una comisión de la oligarquía arequipeña. Cuando uno de los acartonados funcionarios bancarios le preguntó, en tono solemne, sobre sus planes para el puesto, el poeta, con total despercudimiento, sabiendo que él también provenía de una familia aristocrática, les espetó: "Señores, yo he venido con el exclusivo objeto de hacerlos cojudos". Al cabo de unos meses renunció. No volvió a trabajar más en su vida.

TRAVESÍA DE EXTRABARES
Desde su vuelta de Arequipa, quizá como consecuencia del ruin trajín bancario que enclaustraba su alma libre de poeta, sofocándolo, su afición a la cerveza fue in crescendo como una música abominable. Muchos han querido ver en la raíz de este episodio su débil cuadro familiar, donde la matriarcal figura de su tía Tarcila anuló por completo su personalidad.

El temor, la sombra de su familia, el alcohol y su extrema sensibilidad lo condujeron, entonces, a su terrible dependencia. El poeta, parapetado en su torreta de cristal, juzgaba al mundo con ironía. Allí aparece el Martín de las anécdotas, propietario de una despiadada inteligencia. Una célebre: 27 de octubre de 1948. Un grupo de sus conocidos lo halló en el extinto bar Zela de la Plaza San Martín. El poeta estaba bebiendo a discreción. Como conocían que Adán era amigo del presidente José Luis Bustamante y Rivero, a la sazón en el poder, le informaron del rumor que se expandía por Lima: había estallado una revolución en Arequipa, encabezada por un general llamado Manuel Apolinario Odría. Se adivinaba un golpe de Estado. El poeta, ebrio pero con una lucidez imbatible, se limitó a señalar: "Por fin el Perú ha vuelto a la normalidad".

GENIALIDAD PREMATURA
Su fama de poeta impar lo cercó muy temprano. Estando en el colegio escribió, desde los dieciséis años, una novela rara para la época, que los críticos han visto como una extensa historia en verso, llamada "La casa de cartón". Pero la oposición familiar a su carrera de escritor hace que Rafael de la Fuente Benavides se parapete detrás del Martín Adán, seudónimo que le es puesto en la revista Amauta, de José Carlos Mariátegui, para poderle publicar sus primeros versos y no colisionar con el honor familiar.

El vate toma su ahora celebérrimo sobrenombre porque, entonces, Martín se les llamaba a los monos, en un homenaje al evolucionismo. Y Adán era el nombre bíblico del primer hombre. El poeta, con humor, conjugaba las dos teorías del nacimiento del la humanidad. A los 20 años ya gozaba de un prestigio en ascenso por sus poemas, éxito que se corona cuando Luis Alberto Sánchez le publica La casa de cartón, premonitoriamente en la imprenta del nosocomio Larco Herrera.

Esa facilidad suya para la poesía y su impar talento le permitieron a Adán deambular en los bares de Lima sin embarazo. El escritor no padecía de la agonía frente al papel en blanco. Su trabajo literario era una bullente y desordenada creación. Por ejemplo, escribió a mano La casa de cartón en unos recetarios que le enviaban a un tío médico. La trascripción a máquina la haría luego su amigo Emilio Adolfo Westphalen.

Con el tiempo, cuando lo iluminaba el hado de la poesía, utilizaba cualquier cosa a mano para escribir: las servilletas de papel de los viejos bares limeños o las empaquetaduras de los cigarrillos. Su eterno amigo, el librero y editor Juan Mejía Baca, guardaba estos papeles, muchas veces sucios y arrugados, y los mecanografiaba. La fama, a Martín Adán, le importaba un pepino.

MUERTE RIMA CON DESIERTO
Los años previos a su muerte, ocurrida el 29 de enero de 1985, la pasará el poeta toreando al bicho del aislamiento. Hasta 1980 le escribe cartas breves y nerviosas a Juan Mejía Baca donde muestra su espíritu sombrío. Desde que en marzo de 1983 es internado en el Larco Herrera solo abandonará el vetusto local de Magdalena para internarse en el Hospital Santo Toribio de Mogrovejo donde le hicieron una cirugía a los ojos. Al siguiente año pasa al Hospital Loayza para ser tratado de problemas renales y de allí lo envían al Albergue Canevaro, del Rímac, donde van a morir los ancianos en desamparo, cuando él estaba acompañado por todas las musas del Olimpo.

Por esos años ya no se escapaba con el fin de tomarse unas copas en algún huarique mortecino. Se abandona y ya ni escribe. Algunos vecinos de infortunio en el albergue lo recuerdan leyendo la Biblia ayudado por una gran lupa. Cuando murió el cielo del Rímac se rajó para permitirle el acceso al que ahora es uno de sus inquilinos más ilustres. Al día siguiente, su habitación estaba increíblemente limpia y desolada. Sólo un halo de luz caía sobre su almohada. En la calle, la poesía del Perú ya era otra.

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