Por Enrique Planas
La obra de Antoni Miralda i Bou (Tarrasa, Barcelona, 1942) puede considerarse una de las aproximaciones más increíbles a la vida desde el arte. Este fundamental artista conceptual catalán investiga y se compromete profundamente con las culturas de los países que visita a partir de sus alimentos. Y, claro, el Perú le parece especialmente delicioso. "Lima fue un descubrimiento. Mi primera degustación fue a través de sus mercados, todo acompañado por un contacto humano muy especial y directo. Aprendí que ustedes tienen muchísimas conexiones con la gran comida. Fue muy interesante porque yo conocía poco sus platos, preparados con productos naturales, frescos y buenos, además de todo este añadido humano y ambiental. Poseen una sabiduría olvidada que hoy vuelven a valorar con productos como la papa. Una historia tan interesante como esa no la he encontrado en otros países. Por eso estoy tan contento de volver", señala el artista.
Miralda visita nuevamente nuestra ciudad (estuvo en el 2005 presentando la memorable exposición "Sabores y lenguas" en el Centro Cultural de España) para participar con su "Oda a la papa" de la experiencia artística Una Noche en Blanco en Miraflores. Su pasacalle conmemorativo del Año Internacional de la Papa busca, a través de un singular corso, convocar mañana a cientos de músicos, actores y vecinos.
La lengua es un símbolo extraordinario en su trabajo. Quién de niño no ha visto el diagrama de las papilas gustativas en los libros escolares de anatomía. ¿Cómo apareció en su obra?
Aparece en los años 70, cuando trabajaba el tema del gusto del color a través de la comida. Hice un cartel para una exposición en Barcelona titulada "El sentido del gusto", y en él presentaba seis lenguas, dibujadas exactamente igual, cada una en un color diferente, y desarrollando abajo, en caligrafía, una investigación sobre el color. El color tiene un carácter muy definido en cada país y cambia de acuerdo con cada cultura. En Occidente, el morado se relaciona con lo funerario cuando en Oriente es el blanco, por ejemplo. Allí empezó la idea de jugar con este ícono conectado al gusto, pero también a la idea de lenguaje. Años después lo recuperé para participar en la Exposición Universal de Hannover en el 2000.
Allí fue donde presentó su memorable lengua gigante...
Exactamente. Buscaba la idea visual de la acumulación de gustos, de maneras de poderse expresar, una especie de Torre de Babel que, en cierta manera, muestra esta diversidad cultural. El gusto tiene toda esta carga sentimental o imaginaria, y trato de que la gente pueda volcarla en imágenes efímeras, anónimas, genéricas.
En Lima presentará mañana su corso "Oda a la papa". Es visible cómo a lo largo de la historia los artistas se han apropiado de este tubérculo.
La papa es la reina. Ha sido gracias a ella que muchos pueblos han podido resistir el hambre. Las grandes migraciones de Irlanda a Estados Unidos, por ejemplo, se produjeron por causa de una epidemia que arrasó con sus cultivos de papa. Está tan arraigada en nuestra historia que es lógico que se integre fuertemente su iconografía. A mí me interesó mucho la papa como tema desde el año 2000, cuando presenté en Hannover la "Lengua de lenguas". Vine al Perú y me metí en un intenso trabajo de investigación. Quería aprender de cerca, respirar el tema. Visité el Centro Internacional de la Papa y quedé fascinado al descubrir las miles de variedades de papa. El mismo instituto es fascinante: es un cerebro internacional dedicado únicamente a este tema. Lo curioso es que la papa es parte de la identidad del Perú y ahora, en su año internacional gracias a la ONU, aquí todos se han olvidado de ella porque quieren hablar solo de las cumbres. De hecho, lo que estamos haciendo con la "Oda a la papa" es un intento poético de hacer una narración que presente primero la papa como ofrenda de la tierra hasta, finalmente, contar la historia actual de la papa transgénica.
¿Confrontar ambas papas será el tema del pasacalle que circulará mañana por Miraflores?
Debido a las limitaciones de tiempo, cuando me hablaron de una propuesta en Lima vi muy claro que había que hablar de este antagonismo de la papa autónoma versus la transgénica. Tenemos que saber bien cómo son unas y otras. Esta gran manipulación genética se ha impuesto en diferentes países, incluida España, por una cuestión económica. Es un tema delicado e interesante, y hay que hablarlo.
¿Convocar a tantas personas en un proyecto colectivo es también un intento por disolver la presencia del artista creador?
El nombre del artista a mí nunca me ha preocupado. No me interesa si la firma va en la portada, en la última página o perdida en la bibliografía. Lo importante es que las ideas se realicen. Hay ideas que son como imanes, que atraen otras ideas. Y así el trabajo termina siendo colectivo. Y luego podría repetirse sin la presencia del artista que empezó la obra, sumando participaciones de otras personas. Lo que tiene que interesarle a un artista es iniciar este tipo de trabajos y, sobre todo, facilitar la colaboración con otros artistas y profesionales. Además, trabajar en el espacio público es complejo y disperso. Es un proceso lleno de variables extrañas. Hay tantos agentes externos que una obra como esta termina siendo otra cosa, diferente de lo que uno presenta dibujado en los primeros esbozos. Eso es parte del proceso.
PERFIL
NOMBRE Antoni Miralda.
EDAD 66 años.
TRAYECTORIA Inicia sus estudios en 1962, en la Escuela Textil de Tarrasa, para proseguir en el Centro de Estudios Pedagógicos de Sevres, París, en 1964, y en el Institute of Contemporary Art de Londres. En 1966 se instala en París y, luego, se traslada a Nueva York. Sus primeras obras tienen un marcado carácter objetual de resonancias políticas pacifistas. Es mediante su relación con Montse Guillén, restauradora y gastrónoma, cuando sus objetivos artísticos derivan hacia el arte comestible esbozando un panorama gastronómico de la sociedad posindustrial. Ahora divide su tiempo entre las ciudades de Barcelona y Miami. Es responsable del museo virtual foodculturemuseum.com, lugar de encuentro para explorar, conservar y difundir la cultura de la comida en todo el mundo.