Por Dalila Platero. Grupo Expansión
Mi parte peruana asiste dolorida a mi avergonzada parte argentina. Cuando mis amigos visitan Buenos Aires o cuando descubro con ellos nuevos rincones placenteros mi parte argentina rezuma orgullo.
La venida de la presidenta argentina, llamada Cristina, a secas, por todos, me estremece de espanto.
Repasar la historia argentina, tan llena de huecos y 'corsi' y 'recorsi' hace pensar que los sueños de aquellos que "bajaron de los barcos se hicieron astillas a lo largo de los años".
Pero la Argentina es una supervivencia totémica: aquella de los cantos patagónicos y mapuches.
Una extraña mezcla de europeos y "cabecitas negras" en profusión (no precisamente los únicos blancos que vio Vargas Llosa paseando por la avenida Alvear) viven en los varios planos de un país sin identidad, que más parece un emblema psiquiátrico de un desorden bipolar.
Me voy a Buenos Aires por unos días porque sus cafés y librerías me energizan y activan las necesarias zonas de placer intelectual para seguir viviendo alegremente; y al mismo tiempo mi parte peruana me empuja a huir de la vergüenza de tener que asistir a los despliegues "merzas" de Madame Kirchner y Cía.
Todos los medios argentinos son vapuleados continuamente por la gavilla kircheriana, incluso el director de la "Revista Noticias" fue golpeado salvajemente por ser exponente máximo del señalamiento de las incongruencias del dúo dinámico Kirchner, quien gobierna desde sus suntuosas oficinas de Puerto Madero y Cristina que discursea disfrazada de Hermés, Versace y cuanto colgaje farandúlico pueda adornar su pintoresca imagen.
Los ingenuos que votaron por un candidato que venía de provincias, pensaron que traería la nobleza y frescura de los vientos del sur. De esas provincias donde todavía se mantiene incólume el ser profundo argentino. Pero el 'shock' fue demoledor. La farandulería de Menem y sus secuaces quedó pequeñita frente a los despliegues de la nueva pareja presidencial.
La Argentina es un país al que se ama y odia simultáneamente: No se podría decir que a causa de sus gobernantes porque los que los construyen y ensalzan son sus votantes.
Desde que yo era chica escuchaba a la gente quejarse de todo; de que subía el precio del pan, de que ya no éramos el granero del mundo, de que Buenos Aires ya no era París.
Con el paso del tiempo Buenos Aires volvió a ser lo que era: una exquisita mezcla de Londres, Milano y París. Y apareció en Bariloche el por tantos años abandonado Hotel Llao Llao; el Hotel Alvear resurgió en su magnífico esplendor y Puerto Madero salió de las cenizas de los viejos silos habitados por ratas y deja cada día boquiabiertos a los turistas con sus aires de Manhattan sureño.
Los que escuchan los cantos de las sirenas de los Lagos del Sur compran tierras en la Patagonia y escriben artículos sobre el encanto de vivir en uno de los parajes más hermosos de la Tierra, atrayendo a nuevos inversores para que también vivan en ese pedacito de paraíso terrenal.
Y no es para menos, Argentina está llena de encantos, pero es al mismo tiempo un nudo de contradicciones sociológicas. Aspira a ser parte del primer mundo, pero la presidenta apenas si puede decir 'good morning' y se compra un avión que más parece una adquisición de un jeque árabe que el transporte presidencial de un país al borde del colapso financiero.
Quizá sería interesante que cuando llegue al Perú --ya que no tenemos tractores para organizar piqueteros que la reciban como se lo merece--, juntemos todos los mototaxis de la ciudad para darle un toque identificatorio a su arribo.
Se han escrito innumerables libros sobre ese extraño país --que tanto amamos connacionales y hermanos latinoamericanos--, pero nadie logra explicitar el misterio de sucesivos gobiernos corruptos y arrogantes que obligan a sus habitantes a vivir a salto de mata.
Eso sí, es imposible aburrirse en la Argentina: si no son los cortes de ruta, los campesinos abrumados por los disparates de los decretos presidenciales tiran lechugas y tomates podridos por toneladas en actos de desesperación suicida; los periódicos anuncian como telenovelas venezolanas las penurias de las guerras del Gobierno con el grupo Clarín; la otrora cabeza del sindicato de aeronavegantes endulza --como embajadora de Argentina en Venezuela-- los días del dictador Chávez. Cristina, mientras tanto, coquetea con Sarkozy (intérprete por medio) y se apresura para arrasar las tiendas del Faubourg St-Honoré para poder emular los encantos de madame Carla Bruni.El gabinete de su gobierno da una ejemplar muestra de lo que no debe ser, papando moscas mientras todo se derrumba estrepitosamente.
Lástima (o mejor para ellos) que se fueron para otros universos aquellos que aún nos llenan de orgullo: Borges, Murena, el negro Fontanarrosa, los estudiosos que dieron gloria a la ciencia argentina, los astrónomos que, como mi padre, andarán montados en planetas y estrellas, y tantos otros que hicieron vibrar mi parte argentina.
Pero felizmente mi parte peruana me empuja esta semana para que no asista al oprobio de contemplar los churumbeles que adornarán a la presidenta argentina y pueda esconderme con alivio y placer en un cafetín de Buenos Aires para luego gozar intensamente en los bosques rojos y dorados del otoño patagónico.
Pero, no se asuste, señora presidenta, la extraordinaria benevolencia y entrañable calidad peruana hará que Ud. pase por la ciudad sin pena ni gloria para poder volver con cierta dignidad a sus arengas descoloridas en la Plaza de Mayo.