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Meteoro

Por Alberto Servat

Dejando a un lado el escepticismo producto de las decepciones que Hollywood me produce, esperaba con curiosidad el nuevo trabajo de los hermanos Wachowski: "Meteoro", basado en el dibujo animado japonés.

Nunca he sido nostálgico sobre las series y dibujos animados de mi infancia, pero debo confesar que "Meteoro" era uno de mis favoritos. De alguna manera el universo de aquel idealista corredor de autos me enganchó y sus aventuras pasaron a formar parte de mis propias experiencias. Lo curioso es que recuerdo con más nitidez sus conflictos emocionales --producto de sus ideales inalcanzables, el amor por la familia y la devoción por un héroe enmascarado-- que sus triunfos sobre la pista de carreras. El honor era su meta y la defensa de la verdad el motor que movía a su portentoso Mach 5.

"Meteoro", vista así, era una serie infantil muy singular. Incomparable, también diría.

A ello debo sumar otro tipo de fascinación. El descubrimiento de un diseño visual casi abstracto, minimalista incluso en los gestos de los personajes, y alejado totalmente del realismo al que Disney nos tenía acostumbrados. En aquella época no hablábamos de anime, manga ni nada por el estilo. "Meteoro" simplemente era un dibujo diferente, en el que los personajes apenas se movían y los ángulos de los encuadres enfatizaban los tonos dramáticos o cómicos, de acuerdo con las situaciones.

Pues bien, con todo esto en el cajón de los recuerdos más queridos no era posible dejar de sentir cierta expectativa por el trabajo de Andy y Larry Wachowski, esperando tal vez un trabajo inspirado. Después de todo, tanto "Bound" (1996) como la primera cinta de la serie "The Matrix" (1999) son filmes bastante respetables.

Me equivocaba. "Meteoro", la película, contiene a simple vista todos los elementos emocionales heredados del dibujo animado. Allí están los mismos conflictos, los mismos ideales y también los obstáculos a los que el héroe debe enfrentarse. Pero están ensamblados de tal manera que nada resulta ligeramente sensible. Es todo tan superficial y caótico dentro del argumento que poco o nada deja al espectador.

A ello hay que sumar el diseño de producción. Visualmente extraordinario, al menos durante los primeros cinco minutos de película. A partir de entonces se convierte en una sobredosis de colores, insertos, encuadres de todo tipo e imágenes chirriantes. Si bien es cierto que cada plano puede resultar un triunfo del estilo, lo es de manera aislada. El producto final es más bien la cumbre de la saturación.

Eso, sumado al confuso planteamiento del guion, con 'flashbacks' que no vienen al caso y las carreras de autos más improbables (incluso dentro del propio universo de fantasía), deja poco por rescatar en esta cinta.

Es una pena haber desaprovechado a un reparto tan bien elegido para dar vida a cada uno de los personajes: Emile Hirsch, en el papel estelar; Christina Ricci, como el amor de su vida; Susan Sarandon y John Goodman, como los adorables padres; y, principalmente, Matthew Fox, como el mayor héroe del clan, el enmascarado.

Ninguno logra trascender al material y sus actuaciones resultan incongruentes con la imagen visual. La entrega de Emile Hirsch, por ejemplo, podría haber resultado emotiva en una producción más sencilla. Pero el recargado diseño le impide comunicarse con el espectador. De nada sirven sus esfuerzos y en comparación, la inexpresiva mirada del héroe animado resulta mil veces más persuasiva. Allí están contenidas todas las emociones y logros que esta cinta no tiene. Una gran decepción.

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