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UNA ENTREVISTA A FERNANDO AMPUERO

De la calle a la novela negra

UN EMPLEADO HONORABLE PIERDE SU TRABAJO Y DECIDE SER TAXISTA. LUEGO PIERDE SU AUTO Y LA DESESPERACIÓN LO LLEVA A UNA LABOR YA SIN HONOR: VENDER PASAJEROS BORRACHOS A GAVILLAS DE DELINCUENTES DESDE UN TAXI ALQUILADO. ESTA ES LA BREVE RESEÑA DE HASTA QUE ME ORINEN LOS PERROS (PLANETA), LA NUEVA NOVELA DE FERNANDO AMPUERO QUE HA SIDO BIEN RECIBIDA EN ESTOS DÍAS POR MEDIOS ESPAÑOLES TAN IMPORTANTES COMO BABELIA DE EL PAÍS Y ABC CULTURAL.

Por Enrique Sánchez Hernani

¿Cómo abordas la realidad para incorporarla a tu obra?
- Yo no la abordo. Diría más bien que la realidad me tiene sitiado y yo debo andarme con cuidado. Los limeños, tú sabes, vivimos a la defensiva. Una de mis maneras de protegerme me lleva a la literatura. Escribir ficción me sirve para construir una mirada que me permita asumir la vida y, en la medida de lo posible, salir ileso. Esto no es cosa fácil. Siempre acabamos con moretones en el alma (risas). Lima es una ciudad que todo el tiempo te pone cuchillos morales debajo de la mandíbula.

¿Investigas como otros escritores?
-Mira, no hago extensas investigaciones, pero sí doy largas miradas a la calle. Observo mucho y reproceso lo que miro. Así me involucro más en un tema.

¿La ciudad te ha agredido en algo especialmente?
-La ciudad te golpea, te hiere de diferentes formas, aunque también te hechiza. Esta es la ciudad más bella del mundo, gracias a sus playas, a sus mujeres, a su buen humor, a su comida, pero también me parece la más fea. Aquí reina la zancadilla, la sonrisa falsa, la brutalidad, la mezquindad, el arreglo por lo bajo.

En la madurez de tu carrera, ¿con qué autores peruanos te emparentas?
-Tengo más amigos cercanos que parientes. Respeto y admiro al Abraham Valdelomar de los últimos años, el de los cuentos de provincias, junto a Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, Edgardo Rivera Martinez y Alfredo Bryce. Me gusta asimismo Cueto, Alarcón, Benavides, Iwasaki y Niño de Guzmán y, entre los más jóvenes, Jeremías Gamboa y Susanne Noltenius.

¿Y con qué autores internacionales tienes proximidad?
-Como toda mi generación, me dejé influir por los moralistas franceses de los años cincuenta. A mí me impresionó Albert Camus, pero también la novela norteamericana: Fitzgerald, Hemingway y los novelistas negros. Mi primer libro, Paren el mundo que aquí me bajo, es casi un catálogo de técnicas y estilos, porque aún no había decidido de qué manera escribir. Finalmente opté por ser un escritor más de tono hemingwayano, no minimalista como Carver pero sí en pos de un lenguaje limpio, claro y despojado de adornos, a la manera del Steinbeck de De hombres y ratones, o de Salinger y Capote.

¿Qué autores te han sorprendido últimamente?
-Haruki Murakami. He leído varios libros suyos, pero hay uno que me parece realmente bueno: Al sur de la frontera, al oeste del sol. Es un libro que se adecua más a lo que, a futuro, me interesa en la novela. Yo escribo novelas cortas y este autor japonés, en esa novela, alcanza la maestría. También, claro, me interesan Cormac McCarthy y el Coetzee de Desgracia.

¿Cuál es la ventaja de la novela corta?
- La condensación. Una novela corta te deja la sensación de haber leído una historia compacta y redonda, pues va directamente a su asunto. Obviamente sacrifica el desarrollo de los personajes secundarios, pero gana en intensidad y ritmo. La novela grande, en cambio, se dispersa y suele llenarse de ripio.

¿Has leído últimamente libros que te han decepcionado?
-Siempre le doy un promedio de cuarenta páginas a un libro para que intente embarcarme en su historia. Si no lo consigue, tiro la esponja.

¿Con quién te ha ocurrido eso?
- Con muchos autores, pero ya los tengo olvidados. Ahora bien, una cosa es un autor pesado y aburrido, y otra un autor difícil. Yo leo de todo. Me encantan autores barrocos como Faulkner y Lowry, y hoy estoy leyendo a Jonathan Littel. Dicho sea de paso, acabo de presentar a un escritor extraordinario y que será muy difícil para un lector no entrenado. Es el talentoso César Gutiérrez, que ha escrito Bombardero, una novela posvanguardista en clave de poesía exaltada y que no luce muy comercial, pero yo la recomiendo a quienes gustan de la buena literatura.

¿Escribirías tú una novela posvanguardista?
-No. Yo, como muchos, creo que el género novelístico no necesita arreglo. Me gusta como está, ya que lo que me interesa es contar historias que funcionen o que ofrezcan una trama atrapante. Pero esto no me impide disfrutar de escritores que piensan totalmente diferente de mí.

¿Tienes manías para escribir?
-De todo tipo. Soy muy supersticioso, incluso me invento supersticiones. Mi superstición más reciente consiste en comenzar el día mordiendo una manzana. Como mi trabajo me obliga a la eterna lucha del bien y el mal, tal vez este hábito evoca de manera ritual la bíblica ingesta del fruto prohibido.

Tú tienes muy buena amistad con varios escritores y artistas. La gente suele tener curiosidad por saber qué se habla en esas reuniones.
-Hablamos de la vida, de la comida, de las mujeres, de la playa y de la constante preocupación por el dinero. Hablamos también de los males del mundo. Hablamos de sus posibles soluciones y, a veces, claro, hablamos de literatura. Nos recomendamos buenos libros que hayan salido.

¿Conversan sobre lo que los blogs escriben de algunos autores?
- No mucho. Los blogs son algo muy bueno porque permiten un periodismo más democrático. Gustavo Faveron, Iván Thays, Víctor Coral y Paolo de Lima figuran entre los que más visito. Pese a que nos tienen sobre-informados, reconozco su gran utilidad y rapidez. Pero, a decir verdad, el mayor tiempo lo dedico a la lectura de libros. Los blogs, de otro lado, han generado lamentablemente una nueva especie de cobarde, el comentarista anónimo.

Son muy duros, ¿no?
-Duros y hasta asquerosos, pero muy buenos insultadores (risas). Dominan el arte de la ofensa (risas), cosa que para un escritor no deja de ser interesante en la medida en que nos esclarece zonas turbias de la naturaleza humana.

¿Te ha molestado algo que hayan dicho sobre ti?
-Yo respeto todas las opiniones, excepto los agravios y las calumnias. De mí han dicho cosas que responden a meros prejuicios.

En lo que concierne a la crítica literaria, tú dices que te gustan.
Me gustan mucho, sí. Lo que me espanta es el silencio, la indiferencia.

¿Pero cómo tomas las críticas?
Mira, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir. Si son desfavorables, me hacen reflexionar. Si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. La premisa de un autor, en todo caso, consiste en no olvidar que contentar a todos es imposible. Algunos críticos estarán a favor y otros en contra. Así es la vida. Lo vemos todo el tiempo en incontables casos, y esto incluye a célebres e indiscutibles autores. Además, de otro lado, cuenta mucho la opinión de los lectores: la crítica no especializada de un sector cultivado. Yo, al igual que tantos escritores, escribo pensando en ese lector desconocido que podría sintonizarme en su justa frecuencia.

¿Cuál es la mejor crítica?
-La que se pone en el pellejo del escritor. Para juzgar con propiedad un libro resulta fundamental entender qué se propuso hacer el escritor y si lo logró.

¿La fama te ha acarreado envidias?
-Hay gente que me ha dicho que soy altivo o sobrado porque me pasan la voz mientras manejo y no contesto. Es una impresión errada. Lo que ocurre es que yo soy distraído y además medio sordo de un oído. No soy un tipo hosco, ni descortés. En el Perú, en todo caso, no hay fama literaria, sino famita. La fama es algo invasivo que no te deja vivir, como ocurre en París o New York.

¿La fama también te ha granjeado enemigos?
-Eso sí. Cada cierto tiempo brotan enemigos gratuitos, que aparecen de la nada. El ataque como carta de ciudadanía para comenzar a existir es el recurso de muchos desventurados. Por fortuna también brotan amigos y tíos que se ponen de tu lado.

¿Quiénes son tus enemigos?
-Alguna gente de pequeña estatura y su séquito, por citar al elenco estable (risas). También he tenido a otros que han discrepado conmigo, pero que luego, al conocernos y explicarnos mejor, nos hemos vuelto grandes amigos.

¿La polémica entre andinos y criollos fue una polémica literaria o una reacción de envidia ante la fama ajena?
-De hecho hubo gente que sentía que no estaba siendo reconocida. Y algo de razón han tenido. A veces hay un trato injusto en la cobertura de los medios. Pero este no es un problema de los autores que salen en los medios, sino de la misma prensa que decide qué interesa o no a sus lectores. Todo escritor en el Perú es un huérfano. En la vida no solo hay que tener talento sino también garra y suerte. Y la suerte hay que pelearla, nadie te regala nada.

A fin de cuentas, ¿cuál fue la acusación más gruesa?
-Sindicar de mafiosos a los autores conocidos. A mí, durante la polémica, me entrevistaban diferentes jefes de páginas culturales. Yo les decía: "Me dicen que yo soy mafioso y controlo los medios. ¿Te conozco de antes? ¿Te he dado alguna vez una orden?". Los periodistas honestos me daban la razón.

¿Te asusta la posteridad?
-Eso es algo que le podría asustar más bien a mis parientes, a mis hijos, a mis nietos. Lo que me asusta son las viudas literarias (risas), porque pueden sacar cualquier papel que no esté debidamente corregido y mandarlo a publicar, que eso es lo que le pasa ahora a Bolaño y lo que hace la Kodama con Borges.

Por allí vi que parecía rebrotar el tema de la disputa entre criollos y andinos.
-Eso no da para más. En mi balance personal, los que originaron esta disputa era gente que se quería dar a conocer y ya lo ha conseguido. Ahora, en fin, sé que hay unos escritores buenos que desconocía y que también hay otros que no valen tanto como creen y que son los hegemónicos del insulto (risas).

¿Si se te interpusiese un buen plan de diversión entre tu trabajo de escritor, qué harías?
-Trataría de armonizar criterios, como hacen los políticos. Yo no le tengo ningún terror a la diversión (risas). Ahora bien, si estoy muy metido en el trabajo de un cuento o una novela, suelo ser impermeable a ese tipo de tentaciones. La distracción es siempre un premio al trabajo terminado.

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