HABLE CON ELLA
Por Marcela Robles
Fue irresistible. No pude sustraerme a la tentación de tomar prestado el título de la extraordinaria película de Almodóvar para reanudar, cinco años después, la que fuera mi Columna de Uno en esta sección. Me sedujo la idea porque muchas personas con las que me cruzo en la calle, el supermercado o el ascensor, conocidas o desconocidas, me dicen: "Siempre te leo". Si bien he seguido colaborando con El Comercio en muchas oportunidades, deduzco por algunos indicios que se refieren a lo que escribía en este espacio, que hoy retomo gracias a la gentil invitación de esta casa editora.
La sugerencia implícita en esta columna sería entonces una manera de promover una conversación multidisciplinaria de ellos con ellas, de ellas con otras, y finalmente con nosotras mismas; una forma de respondernos los unos a los otros. Es decir, no es una ordenanza de mujeres. Intuyo, por ejemplo, que ciertas preguntas comunes rondan en el aire: ¿cómo llegué hasta aquí? ¿Qué define el azar, qué el destino? ¿Son la misma cosa? ¿Qué decido yo? ¿Soy capaz de elegir? ¿Qué o quién me espera?
En buena cuenta, lo importante de estas interrogantes es la incertidumbre, el desconcierto, el asombro que nos provocan. Un amigo me decía recientemente: "No sabes la envidia que me da saber que estás desconcertada. En cambio yo estoy amurallado, rodeado por certezas que son como bastones". Bastones donde apoyarse para no deconstruirse y atreverse a dudar.
Las mujeres resolvemos las cosas hablando, es cierto, a diferencia de los hombres, que prefieren discernirlo todo por su cuenta antes de enfrentar una conversación que vaya directo al grano; aunque la verdad no estoy segura de nada. Algunas mujeres lo hacen escribiendo, sin emitir un sonido, pero levantando la voz.
Miguel Ángel decía que un escultor libera la estatua oculta en la piedra eliminando lo que sobra. En la escritura, la originalidad quizá no está en buscar (solamente) lo nuevo, sino en la memoria. Así, cuando nos despojamos del presente, esa piedra enorme que tenemos al frente, aparece lo que somos plasmado en la obra original que intentamos crear. Escribir es un descubrimiento, antes de intentarlo no sabemos lo que encontraremos, igual que en una conversación en la que nos embarcamos.
Las escritoras de hoy no se limitan a hablar de "situaciones íntimas". Su intuición, imaginación, su capacidad de introspección y la necesidad de expresarse son un valor agregado, debido como ya sabemos a la mayor interconexión o utilización de los dos hemisferios cerebrales. Ahí se fundamenta su capacidad racional y analítica para desentrañar lo exterior, aquello que llamamos realidad. Como dijo Anaïs Nin, "las cosas no son como son, sino como las vemos".
Hable con ellas. Las mejores formas de comunicación surgen de esa tensión combustible entre la necesidad de llegar al otro, y la sospecha de que es imposible. En ese intento, nos salvamos del desierto de la soledad.