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Carrera que puede perderse en el partidor

Por: Juan Paredes Castro |

El Gobierno se empeña en imponerse obstáculos cuya paternidad ya quisiera reclamarla la oposición.

En verdad, ni el presidente Alan García ni su primer ministro, Jorge del Castillo, pueden negar el terrible daño que le hace a la reforma del Estado el incumplimiento de los plazos de implementación que se había fijado la propia nueva Ley Orgánica del Poder Ejecutivo.

Prácticamente, todo lo que este instrumento legal propone como cambio, innovación y ajuste en el modus operandi del aparato del Estado ha quedado de pronto en un punto muerto, provocando la misma sensación de desazón que una bien planeada carrera que, por alguna razón, se queda en el partidor.

Para seguir con la metáfora, la LOPE venía siendo la anunciada primera carrera en dirección del proceso de reforma del Estado. ¿Qué falló en casi todos los ministerios que el denominador común negligente consistió en el olvido de los plazos? Y para colmo, nadie ha querido aparecer preocupado por el olvido, como, por ejemplo, el ministro de Defensa, Ántero Flores-Aráoz.

La LOPE contiene la receta, no mágica, pero suficientemente estudiada y realista, para mover la administración pública en pos de metas y objetivos que no se había fijado antes. Y dentro de condiciones y reglas de juego destinadas a alcanzar índices de productividad y competitividad que ya hace mucho tiempo exhiben países a los que pretendemos dejar atrás.

La LOPE no es, pues, otra cosa que un buen esquema de organización, pero que, para tristeza mayúscula, nació sin el correspondiente seguimiento expeditivo que le habría ahorrado todas las críticas de los últimos días. El mejor gesto de la PCM ha sido el de su admisión de la falta de control y fiscalización que pudo haber ejercido desde el comienzo sobre el aparato estatal. Ello viene a ser una garantía de enmienda en un panorama gubernamental que a veces se muestra intolerante con los puntuales y oportunos cuestionamientos de la prensa.

Lo que acaba de pasar con la LOPE debería alertar al gobierno sobre el talón de Aquiles que enfrenta en la notoria ausencia de aparatos gerenciales ágiles y eficientes.

Ahora que el presidente Alan García acaba de anunciar (aunque sin precisarlos) cambios en su gobierno para reorientarlo hacia un mayor énfasis en los programas sociales, debe recordarse la carencia de cuadros más independientes que partidarios, más técnicos que políticos y más rigurosos que relajados en materia de cumplimiento de plazos y objetivos.

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