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CARLOS ALZAMORA Y SU MEDIO SIGLO POR EL MUNDO

Un contemporáneo de todos

Por Fernando de Szyszlo. Artista

No puedo sino atribuir a nuestra vieja amistad el que Carlos Alzamora me haya pedido que participe en la presentación de su libro autobiográfico "Medio siglo por el mundo".

Testimonio de una vida dedicada a su vocación, con pasión, lucidez y lealtad absoluta. Me enaltece compartir con tan importantes personas esta mesa y no puedo dejar de hacer hincapié en la presencia del embajador Bákula que representa en su mejor imagen el reconocido prestigio del servicio diplomático peruano, por su seriedad, sus conocimientos y por la profundidad con que siempre encaró una profesión tan compleja y llena de tan distintos requerimientos.

Escribir memorias es para cualquier persona un difícil trabajo en el que permanentemente hay que elegir entre lo que es publicable, que no puede hacer daño, ni herir a amigos ni ser innecesariamente indiscreto, pero al mismo tiempo narrar verdades, dar opiniones y hacer luz sobre acontecimientos que no han sido públicos. El riesgo de ser demasiado moderado y prudente, de no tener el valor de hablar claramente sobre cosas de las que el autor ha sido testigo, produce las cantidades de autobiografías que son el tedioso recuento de actos de los que ya estábamos al corriente o que no merecían ser registrados.

En el caso de las memorias de un diplomático esta situación es particularmente grave porque en el transcurso de su carrera sus opiniones personales han tenido que estar enmarcadas dentro de las circunstancias de ser al mismo tiempo que propias, las de una persona que representa no solamente al gobierno de turno en su país sino al país mismo.

De esa condición ha nacido sin duda la incisiva frase, tan usada, de que un diplomático es una persona a la que la palabra le ha sido dada para esconder su pensamiento. No es el caso ciertamente de este libro ni de su autor. No ha esperado, sin embargo, Carlos Alzamora retirarse de su carrera para expresar sus opiniones y su manera de pensar y sentir. Ya en su actuación como secretario permanente del Sistema Económico Latinoamericano (SELA) en Caracas, dio una gran batalla por una real integración de nuestra región pero como el mismo nos lo dice ahora, padeció del hostigamiento de varios regímenes militares que en ese momento estaban en el poder, sobre todo en los dos países más grandes de América del sur: Argentina y Brasil.

Más tarde en dos libros importantes, que antecedieron a este, Carlos Alzamora desarrolló desde dos caminos diferentes la misma indagación sobre el proceso de la búsqueda de una independencia latinoamericana respecto de las imposiciones ya sean económicas o culturales y sociales ejercidas desde ambos lados de lo que se llamó la Guerra Fría. En uno de esos libros llamado "Capitulación de la América Latina" se ocupa del drama de la deuda externa latinoamericana y sus avatares y en el otro, "La agonía del visionario", de la lucha heroica de Raúl Porras Barrenechea por mantener sus principios frente a la imposición no solamente del Gobierno al que representaba sino a las presiones a las que ese Gobierno obedecía.

Yo no creo haber vacilado nunca en mi convicción de que América Latina solamente encontrará su destino en común y no individualmente. Creo que en un mundo globalizado nuestra voz solo podría contar si es la suma de todas nuestras voces. Siempre he creído en la integración y comparto plenamente la posición de Alzamora que la OEA no tiene ninguna posibilidad de ayudarnos en esos ideales integracionistas porque la presencia de Estados Unidos en su seno pesa demasiado y nunca hará posible un diálogo entre pares, pero al mismo tiempo debo manifestar que todavía creo menos en una integración pagada con el dinero del petróleo venezolano. A mi manera de ver sería retroceder el proceso del desarrollo de América Latina a las épocas de las obsoletas soluciones propuestas por Cuba hace más de 50 años y a las probadamente inoperantes teorías de la sustitución de importaciones y otras ideas de la Cepal de los años 50.

Quizás me equivoque pero si tuviera que resumir este libro, estos 50 años de su vida que con una pasión controlada nos describe Carlos Alzamora diría que la idea fija que a través de las múltiples variaciones de paisaje, personas y circunstancias, la idea fija, el leitmotiv es la persecución del sueño de una integración latinoamericana, en que hablando con la fuerza de una sola voz dejará oír los distintos matices de estos pueblos a los que une no solamente la geografía y la historia sino raíces culturales que vienen desde el fondo de la historia.

Este sueño, que también fue el sueño de los libertadores, no puede serle expropiado a sus pueblos por racismos ni indigenistas ni hispanistas, ni por ideologías políticas ni religiosas. Es la búsqueda de su destino de gentes de los más diversos orígenes: indígenas, europeos, africanos, asiáticos, que viven, trabajan y mueren en estas regiones, que quieren dejar de pertenecer a un tercer mundo, dejar de ser los parientes pobres, ciudadanos de segunda clase. Si bien sabemos que en gran parte la culpa de no haber alcanzado ese sueño no es de los otros, ni del primero ni del segundo mundo, es en gran parte nuestra, por no haber sido capaces de mirar en grande, por habernos dejado distraer en egoísmos y pequeñas ambiciones y caciquismos.

Aún si su campo es el de las relaciones internacionales, Carlos Alzamora es parte de lo que en arte y literatura se denomina en el Perú la generación del 50, gentes que nacimos en los alrededores de los años veinte. Participa también él de la condición de ser de aquellos que por primera vez "fuimos contemporáneos de todos los hombres" para decirlo con palabras de Octavio Paz y comparte también la ira y la frustración de una generación que se prometió ver el Perú cambiado y mira avergonzada la miseria que todavía hay alrededor, el atraso y el permanente descuido de la educación y la cultura.

Pero quizás los hombres que compartimos estos años hemos visto por lo menos síntomas prometedores, hemos percibido por primera vez un cierto optimismo.

Ni Jorge Eielson, ni Javier Sologuren ni Sebastián Salazar Bondy lo vieron.

Tampoco los que ahora tenemos ochenta años lo veremos pero finalmente hay una luz al final del túnel.

Con el libro de Carlos Alzamora hemos recorrido 50 años del mundo de la política internacional y de la cambiante presencia del Perú en esa jornada.

Hemos mirado con la misma frustración y con la misma impotencia el pasado pero también hemos sido testigos y actores de la interminable batalla por cambiarlo. Pensemos, pensamos que la victoria es inevitable.

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