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ENTREVISTA

La otra cara del ombligo

Cusco bizarro revela el nuevo rostro de la ciudad imperial

Por Enrique Sánchez Hernani

La cultura cusqueña debe haber variado inconmensurablemente en los últimos diez años. ¿Te parece?
-Sigue habiendo una generación de gente que ahora tiene de sesenta años a más que sigue mirando con solemnidad lo cusqueño y el legado incaico. Debajo de ellos hay gente que goza mucho del turismo y la condición cosmpolita de esta ciudad que está abriendo su espectro cultural, porque no solo hay lo inca sino muchas cosas que vienen de afuera. Hay una diferencia generacional.

Todo eso se ve en tu libro. ¿Qué han dicho de él en el Cusco?
-La gente mayor ha dicho que cómo me atrevo a escribir sobre el Cusco, que eso no es Cusco. La gente más joven, en cambio, está contenta, y los que aparecen en el libro están con las ganas de abrirse.

¿Cómo es el cusqueño contemporáneo?
-Gente que está en su rollo, no miran a Lima ni miran que hacen los europeos o los gringos. Están totalmente metidos en su mundo que no es totalmente cusqueño ahora, porque allí hay gente de todas partes del mundo. Están experimentando mucho y teniendo muchas propuestas artísticas. Todos quieren aprender inglés y hay varias escuelas de guías.

Todas las influencias presuntamente europeas o gringas no son genuinas, ¿no? Pienso en esa chica de tu libro que practica danzas sufíes pero es trujillana.
-Hay mucha mezcla, aunque todo lo que la gente trae no se fusiona con lo de acá. Pero esa es la riqueza del Cusco. Me recuerda a Manhattan, donde te encuentras submundos cada diez metros, pero donde también hay fusiones muy interesantes. Pero no hay la moral de que hay que fusionar o si no no tenemos derecho de estar acá. Este es un lugar donde la gente viene a hacer lo que toda su vida ha querido.

Es el reino de la libertad.
-Sí, de la libertad. Luis Nieto siempre dice que puedes salir a la calle como quieras y nadie te mira. Eso hace que seas como quieres ser, lo que en Lima no ocurre tanto. En Lima debes vestirte de cierta manera para que traten de cierta forma.

¿Qué personaje de tu libro te llamó más la atención?
-Lo auténtico de la propuesta de cada persona. Conversas con ellos y te das cuenta que no están copiando. Acá la gente está haciendo, en el buen sentido de la palabra, lo que le da la gana. Eso me gusta.

La convivencia entre cusqueños, extranjeros y peruanos de otros lados, ¿ya es una amalgama cultural?
-Fernando Pomareda, un escritor que vino de Lima, me decía que Cusco no es una ciudad cosmopolita porque aquí se instala gente de todas partes del mundo, pero no hay una convivencia estrecha con los cusqueños. En el valle del Urubamba pasa lo mismo, aunque no falta la gringuita que se casa con un papacho y le pone nombres quechuas a sus hijos.

El proyecto de tu libro te obligó a hacer ciertas cosas extremas, como dormir en un hostal llamado Frankestein. ¿Eso fue verdad?
-Sí. Con mi familia teníamos casa en Urubamba y una vez a la semana nos íbamos al Cusco. Nos quedábamos a dormir en algún hostal que me llamase la atención porque el libro se escribió cien por ciento desde la experiencia. Ese hostal me llamó mucho la atención. Es de un alemán de la ciudad de Franken que usó ese nombre porque no se olvida.

El rostro que aparece en tu libro es el más visible del Cusco, ¿no?, a despecho de lo que puedan decir los tradicionalistas.
-Es el rostro más fresco y debería haber tres libros como éste. El archivo que tengo es tres veces mayor que el que salió publicado, pero debía priorizar. Cusco es una ciudad efervescente y yo solo me he limitado a atrapara al vuelo lo que me llamaba mi atención como persona que viene de afuera y no es una intelectual.

¿Por qué no hay un texto sobre Machu Picchu?
-Cuando llegué a Machu Picchu me dio pena. Ea como cuando iba a la Feria del Hogar: miles de personas tocándolo todo y haciendo preguntas que no venían al caso, como un grupo de chibolas que indagaban sobre dónde estaba la piedra de los 12 ángulos porque "tenía energía". Pero esa piedra no está allí. Sentí que Machu Picchu está absolutamente prostituido y el Camino Inca también, con 500 personas diarias circulando. Salí muy golpeada tras observar que un lugar que ha sido tan sagrado termine tan manoseado. Preferí entonces quedarme callada, porque ese tema es muy sensible como para que yo dé una versión negativa.

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