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OPINIÓN

Los paraísos artificiales

Por Moisés Sánchez Franco

A inicios del siglo XIX, el industrializado mundo moderno parecía no tener más territorios que descubrir: los océanos ya no escondían en sus confines parajes míticos, pues los extramuros del mundo estaban cartografiados y las regiones más exóticas habían sido explotadas y convertidas en vulgares dependencias de los grandes imperios. Ante ese panorama desencantado, el hombre europeo, sediento de misterios y de viajes de exploraciones, se repliega sobre sí mismo, y en su afán de escapar de una sociedad asfixiante y racionalizada inicia un viaje por un territorio tan impredecible, como cualquier terra incógnita: su psique. Las drogas fueron el gran móvil de aquel viaje mágico y revelador, aunque también azaroso e infernal. Algunos grandes escritores registraron estas experiencias en textos inusitados que sugieren realidades ocultas e infiernos secretos. Surgiría así lo que Alberto Castoldi considera el texto drogado, género literario maldito cuyo tema central es la vida alterada de un personaje que consume narcóticos.

LOS FUNDADORES: DE QUINCEY Y BAUDELAIRE
Sin duda el texto fundador de la literatura de drogas es Confesiones de un opiómano inglés (1821), de Thomas de Quincey, donde el autor confiesa que probó opio cuando joven motivado por un severo dolor de cabeza. Al poco tiempo, esta droga se convirtió en un recurso útil no solo para mitigar dolores, sino también para aplacar el hambre y estimular su imaginación. De Quincey postula que el placer del opio dota de ocho horas de serenidad y equilibrio. Pero el texto va del elogio a la droga hasta la condena más furibunda, pues luego el opio se convierte en la puerta al infierno. Así, de Quincey nos estremece cuando nos narra sus experiencias como un opiómano esclavizado y desfigurado por el estupefaciente. Por ejemplo, cuenta, con espanto, sus repudiables visiones de fantasmas desfilando en las tinieblas y en la luz o relata estremecido cómo de pronto en su cerebro se formaban teatros abiertos donde se representaban terribles escenas ultraterrenas. Por si fuese poco, la melancolía y el ansia resultan dos demonios invencibles para cualquier opiómano, según de Quincey. Como era de esperarse, Confesiones provocó un inusitado escándalo, pues por primera vez un autor hablaba de su experiencia con las drogas y a su vez denunciaba que el opio estaba presente en todos los niveles sociales de la "respetable" sociedad londinense.

Inspirado por de Quincey, Charles Baudelaire escribió Los paraísos artificiales (1860), con el fin de entender esa afición del hombre por la búsqueda de un mundo infinito, donde se sienta más noble y más alejado de las tinieblas cotidianas. Así, al poeta le interesa analizar los dos caminos más certeros que el hombre de su tiempo encontró para lograr aquel ideal artificial: el hachís y el opio. El autor de Las flores del mal compara las bondades del vino con las miserias del hachís: el vino colma de dicha al hombre, mientras que el hachís aniquila la voluntad humana. La visión que tiene Baudelaire del hachís está signada por el desencanto, pues para el poeta francés este narcótico tan solo exagera al individuo y sus circunstancias. Una opinión distinta tendrá del opio. Extasiado, elogia a esta poderosa droga, al afirmar que su consumo rejuvenece y permite el olvido. Asimismo asegura que este narcótico ayuda a construir un arte profundo y a edificar ciudades maravillosas en el aire.

No obstante, al final del texto, Baudelaire advierte de las deformidades físicas y el irreversible apocamiento que provoca el uso exagerado de esta sustancia.

DOS EPÍGONOS: JEAN COCTEAU Y ERNST JUNGER
Desde el 16 de diciembre de 1928 hasta abril de 1929, el escritor francés Jean Cocteau fue internado en la clínica de Saint-Cloud para un tratamiento de desintoxicación. La impactante experiencia quedó registrada por el mismo Cocteau en Opio: diario de una desintoxicación. Este auténtico libro de culto está lleno de ideas desarticuladas, paráfrasis de libros, dibujos lúdicos, poemas desaforados, confesiones y reflexiones incendiarias, que grafican la díscola y desesperante experiencia del hombre en lucha por desprenderse de los eslabones de la droga. En un punto determinado, un angustiado Cocteau recomienda al enfermo privado de la sustancia narcótica que hunda la cabeza en el brazo y espere la debacle: "motines, fábricas que vuelan, ejércitos en fuga, diluvio, la oreja oye todo un apocalipsis de la noche estrellada del cuerpo humano". En Acercamientos: Drogas y ebriedad (1978), el alemán Ernst Jünger reflexiona sobre los estados alterados provocados por drogas, como el alcohol, el éter, el hachís, el peyote, la cocaína y el LSD. Jünger probó varias veces dichos narcóticos, incluso relata que alguna vez bebió LSD en un cáliz. Entonces el efecto fue impactante: todo el ruido de las calles se dispersó, el sol resplandeció con mayor intensidad. Las cosas se volvieron esenciales y luminosas, al punto que aún cerrando los ojos, la luz no cesaba. Por otro lado, el autor de Heliópolis postula que el cambio más importante sufrido por Europa no lo ha provocado una espada, sino el vino, la sustancia embriagante y más revolucionaria de occidente.

CREACIONES DROGADAS
Las drogas no solo han sido móviles de testimonios y de reflexiones, sino también temas de novelas, cuentos y poema notables, como el relato "El gato negro" (1843), de Poe, cuyo protagonista es un perverso alcohólico. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886), de Stevenson, tiene como motivo central y desequilibrante a una sustancia que altera la mente y la fisonomía humana, así como provoca horrendos crímenes. En Un mundo feliz (1932), el inglés Aldous Huxley presenta al soma, extraña sustancia que infunde paz y alegría artificial a los hastiados personajes de su novela futurista. El pintor, viajero y poeta francés Henry Michaux, en El Milagro miserable (1956) y El infinito turbulento (1957), relata en versos y en ilustraciones desconcertantes su experiencia con la mezcalina, en su desesperada y mística búsqueda del espacio interior y de la ninguna parte. William Burroughs ha escrito la mejor novela sobre el infierno de los drogadictos, El almuerzo desnudo (1959). En este texto, los espacios se difuminan, los hombres se convierten en masas ectoplásmicas y el horror sin esperanza impera. Por último, un estremecedor y a la vez divertido cuento sobre la afición a la nicotina lo podemos encontrar, sin ir más lejos, en "Solo para fumadores" (1987), de Julio Ramón Ribeyro, relato donde el fumar un cigarrillo no solo se convierte en una adicción, sino en un hábito y en un rito indesligable de la desvalida naturaleza del tabaquista. En un inolvidable pasaje, el fumador-protagonista se sumerge en un basural para buscar un último paquete de cigarrillos y fumar, triunfante y relajado, un buen pitillo.

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