Entrevista BEATRIZ MERINO
Por Antonio Orjeda
El 10 de abril de 1996 la congresista Beatriz Merino acercó el cachete al de su colega Lourdes Flores y le confesó: "Ese es el único cargo en el Estado por el que mi corazón late". Frente a ellas, Jorge Santistevan juraba como primer defensor del Pueblo. "Nunca imaginé que terminaría ocupando este puesto. Me siento feliz de haberlo aceptado", afirma ahora quien para nuestros líderes de opinión conduce la mejor institución pública del país: la Defensoría del Pueblo.
Con ustedes, la hija de Aída y Augusto.
Su papá quería que fuese químico-farmacéutica.
Sí (ríe)... Quería que tuviera mi botica en la esquina y que seguramente me casara con no sé... Mi vida hubiera sido como la de "Gorrión": en el barrio, en Lince. ¿Se acuerda de Gorrión?... Se lo he contado a Colin Powell (al ex secretario de Estado de EE.UU.): "Me hubiera casado con el farmacéutico del barrio, hubiera tenido seis hijos ¡y no estaría preocupada por los problemas de la nación!". Colin se mató de risa (ríe)... Eso era lo que quería mi padre.
Él fue empleado público, trabajó en una municipalidad; su madre fue ama de casa, vivían en un departamento pequeño de la cuadra tres de Joaquín Bernal, en Lince. ¿Qué aprendió de ellos?
De mi padre, a tratar de ser como él: una persona de una profunda sabiduría, desapegada de las cosas materiales. Mi madre, en cambio, es la 'mujer batalla'. Ella es la luchadora, la que nunca aceptó el status quo, la que siempre estuvo diciendo: "¡Hay que ir hacia delante!". Ella es una persona que no se deja abatir, algo que en este país parece ser una enfermedad crónica, ¿no?
Así es.
Ella no. Yo en mi vida he pasado momentos muy duros...
Y por ella le viene...
¡Esa garra! Que hace que siga adelante. Mi madre fue quien me enseñó a cambiar los plomos, la que me enseñó a pescar. Mi padre es más bien el que caminaba conmigo, el que me enseñó a soñar, a creer, a sonreír...
Pudieron pagarle San Marcos...
Mis padres me estaban pagando la Católica, pero yo dejé Letras por Derecho en San Marcos.
Ellos no hubieran podido pagarle la Escuela de Negocios de Londres. Fue usted quien se ganó esa oportunidad tras cinco años de ser la número uno en su facultad. Usted es la prueba de que cualquier hija de vecino puede estudiar en un gran lugar.
Yo siempre he tenido mirada de largo plazo, siempre he sabido adónde quería ir. Por eso estudiaba: quería saber.
¿Por qué?
Me di cuenta muy temprano en qué país había nacido. Cuando me fui a vivir a Londres me percaté de la diferencia que había entre ese mundo organizado, civilizado, culto y el mundo todavía emergente, desordenado, pobre, al que yo pertenecía. Entonces tomé varias decisiones. Una de ellas: vivir en el Perú. A esa edad me juré que mi país podía ser pobre, pero que yo ¡no tenía por qué serlo! Yo tenía que esforzarme, formarme y trabajar para llegar a ser competitiva a un nivel internacional.
¿Qué decía de eso su familia?
Cuando regresé de Londres, mi padre me dijo: "No has debido volver. Tú aprecias valores que en esta sociedad cada día desa-parecen mientras allá se consolidan". Lo escuché. Pero yo creo que no hay razón para que mi sociedad no pueda llegar a ese mismo estado de desarrollo y civilización... ¡Esa es mi batalla!
Su batalla es abrir trocha. Tras también estudiar becada en Harvard, regresó y trabajó en la transnacional Procter & Gamble. Fue una de las cuatro mujeres que ahí había en cargos ejecutivos.
¡Ah! Nos hicimos amigas. Nos pusimos como nombre: Las Capullanas (como las antiguas gobernantas de la costa norte del país), y cuando los hombres nos veían conversar se sentían ¡intimidados! ¡Solo por conversar! Pero yo agradezco: esa empresa les da a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres. Las cuatro llegamos a tener un éxito rotundo; y las que vinieron después, también.
Si todo marchaba tan bien, ¿en qué momento se coló la política?
Es que todo marchaba muy bien en mi vida: tenía un departamento lindo, mi auto nuevo, mi velerito. Mi vida era feliz, pero --como mi velero-- sentía que más bien me deslizaba sobre la vida y, fuera de mi vida feliz, el país estaba en llamas: Sendero Luminoso avanzaba, la hiperinflación destruía la economía, la gente se empezaba a ir. Me di cuenta de que vivir en el Perú no era solo tener al Perú como escenario: tenía que prestar atención a lo que estaba sucediendo... Y en ese momento surge una propuesta...
El Movimiento Libertad.
Apareció esa propuesta y, por ser yo una persona que cree en la libertad, en la economía de mercado, en la democracia, decidí seguirla.
Igual que Vargas Llosa, entonces, usted sostenía que la mejor manera para acabar con la hiperinflación, era de golpe. Igual que Vargas Llosa fue sincera. Igual que él, fue ingenua.
Con una pequeña diferencia: yo fui elegida senadora y Mario no fue elegido presidente. Eso fue una verdadera catástrofe en mi vida: me vi sentada en un Senado preguntándome qué hacía ahí, ¡para qué había dejado mi trabajo!
En un lugar considerado uno de los mejores para trabajar, donde se reconoce el talento, la eficiencia y, en cambio, había caído en nuestra política: en un espacio donde brilla el que mejor miente.
Pero no me convertí en una mentirosa. Desde entonces han pasado 18 años, y cuando voy por la calle lo que más recibo son muestras de afecto; y, como yo, hay gente que entra en la política con una vocación de servicio. Desgraciadamente, cada vez son los menos.
¿Qué fue más duro de enfrentar: el cargamontón del FIM o la cobardía de Alejandro Toledo que no dio la cara por su primera ministra?
Los adjetivos son suyos...
Por supuesto, y seguro los comparten muchos peruanos.
No es momento de hacer ese análisis en público... Por ahora debemos dejarlo ahí...
¿Hasta que luego usted lo exponga en sus memorias?
(Ríe) Sí, aunque esas memorias se están demorando demasiado. ¡La Defensoría del Pueblo no me deja tiempo para revisarlas!
Una prueba de que está haciendo un buen trabajo es la encuesta de Apoyo del año pasado a líderes de opinión. La Defensoría del Pueblo fue elegida la mejor institución pública con un 80%.
Yo no llegué a ver la encuesta porque no la pude pagar (ríe)... ¡Pero es grato saberlo!
Usted suele hablar a sus sobrinos sobre la importancia de optar en la vida. ¿Por qué optó por la Defensoría del Pueblo?
Por varias razones, quizá la principal fue que quería regresar al Perú y estar cerca de mis padres --mi padre acaba de cumplir 93 años y mi madre, 87--; la segunda es que siempre he querido vivir en el país; y, la tercera, porque es cierto lo que alguna vez dije: me causaba una enorme ilusión ser la defensora del Pueblo, defender los derechos de los más vulnerados.
Además, el título de defensora del Pueblo es bello, debe ser con el que sueña todo luchador social.
Sí, pero hay diferencias entre los sueños y la realidad: este es un país donde el Estado tiene problemas endémicos, es muy doloroso y frustrante darse cuenta de que no importa cuánto uno se esfuerce, igual hay mucha gente que no recibe del Estado lo que debería. Pero la peor actitud ante esto es la derrotista. Hay que hacer, hay que avanzar, ¡el siguiente día debe ser siempre mejor que el anterior! En ese esfuerzo estoy. No hay nada más apasionante que una sociedad que se va modernizando.
Ser una pieza vital en ello debe ser muy satisfactorio.
Sí, pienso que soy una pieza de esa transformación. ¿Vital? Eso les tocará a otros definirlo. Pero eso (la transformación) es lo que a mí me mantiene viva y me llena de deseos para seguir adelante, para seguir contribuyendo...
Lo que sí me preocupa es que entre quienes vayan a leer esta entrevista haya quienes viven en una burbuja, olvidando que fuera de ella hay muchos peruanos que se quedaron atrás no por decisión personal, sino porque así se dieron las cosas. Tampoco deben olvidar que es responsabilidad de quienes sí tuvimos esas oportunidades el ayudarlos a desarrollar la prosperidad a la que también tienen derecho... Yo creo que esa es otra de las razones esenciales por las que elegí este cargo.