MUESTRA. Pinturas-objeto de Érika Nakasone
Por Marianne Blanco Dejardin
Érika Nakasone es una nikkéi que siempre se sintió atraída por explorar su doble herencia cultural, sobre todo la japonesa: la más cercana genéticamente, pero la que más la intrigaba por la sensación de lejanía que sentía cuando pensaba en Okinawa, la tierra de sus abuelos.
Los álbumes familiares y las historias que contaban en casa alimentaron su imaginario infantil. Cuando ingresó a la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes, decidió llevar más lejos la exploración y fue al investigar el uso de los ideogramas en otros discursos (como en manifestaciones artísticas) cuando Érika Nakasone sintió que por fin estaba logrando un verdadero contacto con la cultura japonesa.
Como esto no fue suficiente postuló a una beca para estudiar en Japón y la ganó. Esto ocurrió hace siete años y desde entonces ganó otra beca, obtuvo premios en concursos, ha realizado seis individuales (más que en el Perú), ha vendido cuatro obras al Museo de Arte Contemporáneo de Okinawa y ha sido invitada por el Instituto Cervantes de Tokio para hacer una exposición para recibir al príncipe de Asturias el próximo año. Sin duda, Érika encontró más de lo que imaginó y quiere seguir en ese proceso de búsqueda que le ha cambiado radicalmente la vida. Su interés por mostrar este desarrollo, que también ha transformado su obra, la impulsó a montar esta exposición que se inaugurará mañana en la galería de arte del Centro Cultural Inca Garcilaso de la cancillería.
"Soy yo, ... Érika, ... Érika Nakasone" es el nombre de esta sugestiva muestra. Sin duda, todos sabrán cómo es Érika, pues las pinturas-objeto exhiben decenas de pequeños retratos de la artista.
Las dos salas del centro cultural muestran retablos, la mayoría hechos de madera, de diferentes tamaños, de los cuales surgen tiras de papel, que se disparan hacia todos lados. Es como si hubiera habido una explosión cuya fuerza hubiera abierto las puertas de los retablos desenrollando las tiras. "Yo viajo con frecuencia a Japón y toda mi vida está metida en dos maletas, que son como mi casa rodante. Las comparé con los retablos que eran iglesias rodantes que servían para evangelizar. Estos retablos son el resultado de la fusión de las dos culturas que forman mi persona. Mis retablos contienen obis (los cinturones de los kimonos) porque tuve la oportunidad de hacer diseños de obis a raíz de un concurso en el que participé y gané un premio de excelencia. En mis retablos introduzco los obis y decoro todo con piezas precolombinas, que ya trabajaba antes de irme a Japón, pero uso colores fuertes que descubrí en Okinawa aplicando la técnica llamada 'bingata', que se usa para pintar kimonos. Me interesa mostrar la cultura precolombina peruana, que no se conoce mucho en Japón, con técnicas japonesas ", explica Érika.
La presencia de su cara repetida en sus retablos se debe a que las dos culturas están fusionadas en su persona, pero también porque antes de viajar a Japón era de una manera y después de vivir siete años allá ha cambiado mucho. "También quería manifestar eso con mis piezas. Hay un cambio radical en mi personalidad, pero también en mi trabajo", comenta la artista, que elabora cada pieza como el producto de una inspiración, que trabaja de noche y que se encarga de todos los aspectos, desde la confección de las cajas hasta la pintura.