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Un cine de mitos selváticos

MUNDO JOVEN. El realizador Dorian Fernández encabeza un equipo de entusiastas que buscan recuperar el esplendor del cine en Iquitos. Sus historias, basadas en mitos amazónicos, han sido celebradas por miles de espectadores. Otro ejemplo de pujanza oriental que Lima debería acoger

Por David Hidalgo Vega

Un concierto animal llega desde la selva negra. Es madrugada de viernes y bajo estrellas tenues se adivina la agitación causada por espíritus amazónicos. Los dos cuerpos que yacen sobre la tierra son rastros de esa presencia: el primero es el de un niño, de bruces sobre un charco de sangre; el segundo es el de la madre, derrumbada al pie de un poste de su cabaña, con el cuello laxo de quien ha perdido el alma. La escena ha sido montada para una película, pero recrea un miedo antiguo. Los pasos desesperados de un hombre lo confirman: apenas cruza la puerta, el padre descubre que su familia ha sido atacada por el yana puma. "Es el otorongo negro que se acerca a las casas para hipnotizar a los padres y hacer que le entreguen a sus hijos", explica Dorian Fernández, director del rodaje, sobre la fuente mítica de su historia. Si la noche no fuera tan oscura, parecería un cuento para niños. En realidad es una leyenda temible.

Fernández, un joven publicista de Iquitos, quiso recuperarla como parte de su vocación fílmica. Lleva algunos años escarbando en esas fábulas populares amazónicas, de las que extrae materia prima para sus películas. Las suyas son historias inclinadas al miedo. Su primer filme, titulado "Del otro lado", cuenta el caso de un asesinato ocurrido en una conocida casona abandonada de la ciudad: tres muchachos ingresan por curiosidad al recinto. En el interior uno de ellos empieza a sentir una carga extraña y termina matando a los otros dos. "Runa Mula", otra historia, está basada en la creencia de que los infieles son víctimas de una maldición que por las noche los convierte en caballos que botan fuego. Se supone que el pueblo los golpea y a la mañana siguiente el eventual castigado queda expuesto por los moretones de la tanda. Pero el ejemplo más evidente es "501", cinta en que tres personajes habitan el mismo espacio pero en dimensiones paralelas, una interpretación del fenómeno de las ánimas que penan. "Me interesa explorar el 'psicothriller' como género", cuenta el realizador.

TAQUILLAZOS CHARAPAS
La selva le ofrece inagotables argumentos que el arte de la imagen no ha pasado por alto. "El primer hecho cinematográfico del que se tiene noticia en Iquitos data de 1900", indica una crónica del escritor Paco Bardales, autor de varios guiones para Fernández. Aquella fue una sencilla proyección en el primer piso de la célebre Casa de Fierro. Dos años después se inauguró en otro local el primer cine de la ciudad. Tras esos despertares, el territorio forjó a su pionero: en los años treinta, fascinado con esa Arcadia silvestre, el director Antonio Wong filmó lo que se consideran clásicos del cine amazónico. "Bajo el sol de Loreto" (1936), su película más célebre, es un hito no superado. "Queremos hacer algo igual de importante", confiesa Dorian Fernández. Por sus logros del año pasado, podríamos estar ante un sueño cumplido.

En la primera semana del 2007 Fernández presentó la historia del Chullachaqui, ese personaje de patas cortas, mutante, que adopta identidades ajenas para confundir y asesinar a los extraviados. "Unos dicen que lo hace para proteger la naturaleza de los extraños; otros dicen que solo juguetea, pero no mata; y otros dicen que es un demonio que te quita el alma", cuenta Dorian, quien recopiló esas versiones distintas entre Tarapoto, Pucallpa y Madre de Dios. El público agradeció el esfuerzo: quince mil personas fueron a ver el filme en la modesta sala de cine de Iquitos. Alguien lo calificó como el acontecimiento cultural del año en una ciudad que empieza a despuntar inquietudes artísticas.

Fernández manejó el desafío con el mismo temple que hace seis años lo llevó a montar Audiovisual, una agencia publicitaria en una región árida para el mercadeo moderno. "Gracias a la empresa pude dedicarme al cine, primero con equipos alquilados, luego con nuestros propios materiales", comenta. Un grupo de entusiastas lo acompaña. Para empezar, su hermano menor Luis, a cargo de la producción. Pero también una veintena de jóvenes que hasta hace un tiempo apenas tenían nociones de audio o video, hacían trabajos vagamente relacionados, pero fueron adiestrándose sobre la marcha. "Ahora somos veintidós personas, pero para el Chullachaqui llegamos a manejar un equipo de sesenta", explica Luis.

Los actores fueron seleccionados entre aficionados o público de la calle. El actor Rubén Manrique, protagonista de las dos últimas películas, tuvo que limar sus asperezas histriónicas con paciencia. El efecto fue positivo. "Al público iquiteño le gusta verse en pantalla, reconocer a la gente con la que se cruza a diario", insiste el productor. "Ahora queremos traer actores y otros profesionales del cine de Lima para que capaciten con más talleres a nuestra gente", cuenta Dorian. Hace un tiempo, por ejemplo, tuvo como invitado al director Frank Pérez-Garland. Otras figuras podrían sumarse al renacimiento del cine amazónico.

El esfuerzo de Fernández y compañía por resucitar la antigua cinefilia de Iquitos es total. Cada viernes el grupo organiza sesiones de cine a las que asisten unas cuarenta personas. Allí se aprecian películas modernas y clásicos mundiales que luego son sometidos a debate. Uno de los más recientes debía estar dirigido por el periodista José María Salcedo, quien filma su primera película en esos escenarios. "La única forma de generar expectativa es creando las necesidades", explica Fernández con lógica publicitaria. Esa que le ha permitido avanzar hasta aquí.

El nuevo proyecto lleva el título de "Inmortal". Aunque está inspirado en el mito del yana puma, el guionista prefiere definirlo a partir del "comportamiento extremo de un hombre animalizado en el bosque amazónico". Es una versión "maquillada y libre", pero fiel al estilo de esta compañía de apasionados por el cine. Fue filmada en un fundo prestado, con materiales artesanales y una cámara aceptable. El resto fue un asunto de talento. Habrá que esperar más noticias de esto: lo único seguro de una leyenda son sus efectos insospechados.

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