Por Andrea Castillo Calderón
Cuando estas tierras eran todavía dominio de la corona de España y el virrey Abascal dejaba en ella sus huellas mortales, un extenso terreno ubicado en los extremos de la ciudad --hoy Barrios Altos-- se convirtió en el primer cementerio público de la Lima virreinal y, por ende, de América Latina. Ese panteón lo conocemos hoy, desde la época del presidente Augusto B. Leguía, como cementerio Presbítero Maestro.
La construcción del camposanto comenzó en abril de 1807 bajo la dirección del sacerdote Matías Maestro (a quien también debemos las torres de la Catedral de Lima y su altar mayor) y fue inaugurado un día como hoy, en 1808. Durante 200 años ha sido fiel testigo del desarrollo social, económico y político del Perú, dice el museólogo Luis Repetto.
Pero su puesta en servicio no fue casual. El historiador José Bocanegra explica que desde 1790 hubo varias cédulas reales que impulsaban la creación de cementerios públicos en España y en las colonias para desterrar la costumbre de la población de sepultar a sus muertos en los atrios de iglesias, conventos y hospitales, dentro de los muros de la ciudad. Luego de dos décadas de intentos fallidos, la idea de que Lima cuente con un cementerio general prosperó durante la época del virrey Abascal, gracias al empeño y dedicación del clérigo Matías Maestro, a quien se le encargó llevar a cabo el proyecto.
Para ello, el sacerdote tuvo que recurrir a préstamos de instituciones y comerciantes que confiaban en su honestidad. Demoraría 60 años en pagar los intereses de los capitales recibidos. El costo de construcción del cementerio fue de aproximadamente 93.000 reales de la época.
La iglesia, para romper el temor de la población de enterrar a sus muertos fuera de los lugares que consideraban sagrados, decidió trasladar al nuevo cementerio general los restos del obispo Juan Domingo González de la Reguera, quien había fallecido el 5 de mayo y estaba sepultado en la Catedral. Luego del entierro simbólico, los restos retornaron a la Catedral, donde reposan bajo el altar mayor, explica Luis Repetto. "La leyenda dice que en realidad el primer entierro debió ser el del carpintero Francisco Acosta, quien se desnucó al caer desde el techo de la capilla del cementerio, pero fue enterrado en la parroquia de Santa Ana para que el arzobispo González fuera el primero en ingresar al camposanto", refiere Repetto.
OTRAS HISTORIAS
También se dice que el primer entierro se produciría recién en 1810. Se trataría de la hermana nazarena María de la Cruz y de la Luz, quien fue sepultada --como fue su voluntad-- en el pabellón Resurrección, el más antiguo del camposanto.
Durante 150 años, el cementerio Presbítero Maestro fue el único panteón público de Lima (hasta la creación del cementerio El Ángel). Actualmente cuenta con 20 hectáreas de extensión y más de 200.000 tumbas (entre nichos y mausoleos) y fosa común. La sección más antigua corresponde a la puerta cuatro, donde se encuentran la capilla del Cristo Yacente, la Cripta de los Héroes (donde están sepultados Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Andrés Avelino Cáceres) y la Avenida de la Muerte, a cuyos lados están sepultados el presidente José Balta, los escritores José Santos Chocano, Abraham Valdelomar, Manuel González Prada; también Daniel Alcides Carrión y Felipe Pinglo.
"En este cementerio hay mucho por investigar desde la historia, antropología, literatura, arquitectura e historia del arte. Incluso hay 220.000 lápidas por decodificar", dijo Repetto al señalar que se requiere el concurso de la empresa privada para poner en valor el cementerio público monumental más antiguo de América Latina.