Por Pedro Ortiz Bisso
En su corta y agitada experiencia como parlamentario, Miró Ruiz ha hecho justificados méritos para convertirse en un digno exponente del otoronguismo más reputado. Se ha ganado sus flashes y sus escándalos a pulso, sin que nadie le regale nada. Primero llamó la atención por sus chalinas multicolores, que lo acompañaron aún en los días más asfixiantes del verano. Cuando le tocó jurar lo hizo "en contra del transfuguismo traidor", en la mismísima cara de un nervioso Carlos Torres Caro, quien acababa de bajarse del caballo humalista. Se salvó por un pelo de perder su inmunidad tras participar en una violenta protesta contra el TLC días antes de convertirse en parlamentario, y acaba de añadir un hito más a su apurada --y tal parece ya difunta-- carrera política al matar a balazos al schnauzer de su vecina.
Si hay algo que caracteriza a nuestros congresistas --o a buena parte de ellos para no ser injustos con los pocos que intentan adecentar su labor-- es su indesmayable habilidad para renovar nuestra capacidad de indignación. Cuando pensábamos que no había nada que pudiera sorprendernos, que todo lo imaginado había pasado delante de nuestros ojos, aparecen casos como este, que nos llenan de vergüenza.
Apenas se supo de la muerte de Matías, Ruiz ejecutó un rápido acto de desaparición propio de un ilusionista de Las Vegas y mandó a decir que había viajado a Huancavelica (en su blog --miroruiz.blogspot.com-- apareció una nota refrendándolo). Y cuando fue localizado, en lugar de asumir su responsabilidad, optó por negar el hecho --"No soy pistolero, ni porto armas, ni he matado tampoco"--, tuvo el cuajo de criticar a la prensa por haber "magnificado" lo ocurrido y señaló que todo el escándalo no era más que una cortina de humo. Hasta el líder de su partido, Ollanta Humala, dijo que se estaba "frivolizando" la política.
Cinco días demoró Ruiz en admitir su mentira. Cinco días le tomó decir que llevado por "su cosmovisión andina" mató al schnauzer cuando lo sorprendió devorando a sus gallinas. Cinco días le tomó intentar justificar su proceder. Cinco días le tomó al país constatar que Miró Ruiz es un otorongo de verdad.