Por Gonzalo Galarza Cerf
Un hombre y un cajón no solo engloban la figura de la música afroperuana, también pueden ser la prueba de supervivencia y desarrollo de un país. Esta noche la sonrisa fulgurante del muchacho y la percusión son sus mejores aliados ante el exigente público y algunos cándidos turistas ansiosos por retratar el folclor peruano con sus cámaras digitales y llevarlo a sus casas como un souvenir más para enmarcarlo. Entonces otro europeo verá al chico con camisa negra y pantalón blanco y se preguntará dónde queda el Perú y qué rayos es ese baile que con solo golpear una caja de madera hipnotiza a más de trescientas personas.
El cajón retumba en las Brisas del Titicaca por unos minutos más hasta dar pase al silencio y luego a las palmas. Los asistentes imitan el ritmo y arranca el contrapunteo de género: la escena transcurre con el resto de hombres, cajón al suelo, compitiendo con unas chicas que los observan con desdén y superioridad. El juego es respaldado por las mujeres del público que aplauden más fuerte, señal de los cambios en estos tiempos de presidentas y altas ejecutivas en el poder.
A esta hora, pasada la medianoche, la fiesta del cajón de la agrupación folclórica Jallmay es una postal más para el recuerdo de los asistentes que posan su mirada sobre Milagros Pérez. La seguridad en sus pasos es producto de los ocho años de entrenamiento y la pasión desplegada es por seguir lo que más añoraba cuando era niña y vivía en Saposoa, en San Martín: "Siempre quise ser una gran bailarina y viajar por el mundo para sacar pecho por el Perú".
Con danzantes como Milagros, en sus diez años Jallmay ha recorrido parte de Europa, América y Asia. La agrupación está formada por cuatro compañías --una de ellas integrada por diez parejas y preparada para los viajes-- y es representante en el Perú del Consejo Internacional Organizador de Festivales de Folclóricos (Cioff), órgano de la Unesco que promueve el folclor en cien países del mundo. De sus 13 giras, el 90% ha sido a través del contacto del Cioff.
Milagros ha saboreado ovaciones en teatros de España, Estados Unidos y China y en el Parlamento Europeo de Bélgica. Su primera participación fue en Francia: "Ver un tumulto de personas aplaudiendo, hizo que todo mi ser reaccionara; nunca había pasado por eso".
Su historia podría servir de inspiración para el guion de una serie televisiva si el folclor estuviera de moda y no la cumbia. Tiene los elementos de superación, suerte y amor, y ese miedo inicial a la reacción de los padres: "Me costó decirles a mis padres que quería bailar; un año lo hice a escondidas".
La muchacha de Saposoa fue descubierta en Lima por Jallmay cuando estaba de visita en el colegio de su prima. Alguien le dijo que bailara y ella, que lo había hecho desde los 3 años de tanto escuchar cantar a su padre música criolla y ver "Mediodía criollo" en el canal estatal, se paró y demostró algunos pasos del festejo. Terminó seleccionada.
La joven dice que es emocionante cerrar las presentaciones en el extranjero con danzas de la selva y que sueña con llevar a la agrupación a su tierra. Por ahora, sigue desafiando con su mirada al público junto con sus compañeros que se retiran hasta dejar solo a uno de ellos en medio del escenario, en un solo de percusión prolongado que finaliza con un brinco y su humanidad ovacionada de pie sobre el instrumento, como si fuera un torero que acaba de cortar una oreja.
LA SELVA
Humberto Valdivia, director y creador de Jallmay, sigue a sus muchachos que salen rumbo al vestuario. Las mujeres están acostumbradas a ver a sus compañeros en trusas y con el dorso desnudo. El tiempo es corto para cambiarse, y la atención se centra en la siguiente danza: un baile de la selva entre los boras y los shipibos, una alegoría al mundo nativo.
Hay hombres con faldas de tiras y con plumas en los brazos y en la frente que se acomodan una rana disecada en sus espaldas. Hay también culebras de plástico y lanzas de madera que llevarán las mujeres. Hay, además, otros que visten esos trajes largos con estampados de figuras geométricas que la banda Juaneco y su Combo utilizó con tanto éxito.
En este último grupo se encuentra Dennys Morales, un joven de 26 años que antes de las presentaciones se pone a repasar sus lecciones de francés. En unos meses su futuro estará en Europa, al lado de la que será su esposa, una francesa que fue su traductora durante una gira realizada dos años atrás.
Morales rememora las giras y sintetiza el impacto de las presentaciones con una frase: "Allá la gente nos pedía autógrafos". Él y los otros miembros de Jallmay están conscientes del valor que se da al folclor en el exterior: "El extranjero aprecia más nuestras danzas". Dice que son embajadores del país, que la gente los ve y quieren venir al Perú.
El danzante confiesa haberse sentido más peruano al estar sobre un escenario en el extranjero. Las únicas muestras de indiferencia las ha sufrido en su propia tierra. Con Jallmay ha estado en encuentros protocolares en los que sus vistosos bailes han pasado inadvertidos. "Pero en las Brisas del Titicaca es diferente", señala.
El baile de la selva empieza con gritos que se van apagando como susurros que se pierden en una caverna. De pronto, los hombres y las mujeres salen amenazantes y apuntan con sus lanzas y flechas al público, y una mujer se paraliza y no puede tomar la fotografía. El muchacho parece disfrutar su poder sobre el escenario y gira, y de pronto la danza recrea la vida nativa en armonía.
A su costado está Gissell Maguiña, la chica que diez años atrás acudió a la convocatoria de Jallmay atrapada por ese anuncio en el periódico con el que buscaban a bailarinas para viajar al extranjero. Ella guarda desde el número que le fue designado para esa prueba hasta el último recorte del reportaje que le han hecho en un diario foráneo.
La danza le ha enseñado a sonreír y a tener disciplina y resistencia para aguantar giras de noventa días, lejos de la familia, de los amigos, y muchas veces de las comodidades. También le ha permitido tener los medios para seguir una carrera en paralelo. Ella estudia Ingeniería de Sistemas y es la coordinadora de Jallmay.
Pese a sus años, asegura que cada encuentro es una motivación para medir el nivel: "El mejor del grupo cierra las presentaciones. Nosotros siempre queremos hacerlo, pero hay que enfrentarnos a los rusos y a los mexicanos".
La danza concluye en medio de aplausos y algunos rostros de asombro por la coreografía y el vestuario mostrado. Los trajes de Jallmay superan la cifra de trescientos. Las chicas cuentan que muchas veces al final de los bailes se acercan a querer comprarlos, pero el patrimonio del grupo elaborado por distintos artesanos no está a la venta. Esta vez se van sin contratiempos.
LA MARINERA
En el camerino Koki Beteta masca chicle y habla como un poseso. A primera vista, nadie piensa en la dimensión que agarra su figura al ritmo de la marinera norteña. Aunque sus credenciales son contundentes: Campeón Junior en el 2002, Juvenil en el 2005 y Campeón de Campeones en el 2007.
El show se cierra con Koki sobre el escenario, yendo de un lado a otro, lanzando el pañuelo al aire y cogiéndolo antes de caer. De pronto, se arrodilla y empieza a girar una y otra vez con cada salto y genera suspiros del público. Por un momento Koki no es ese joven de 20 años que masca chicle, sino un hombre capaz de embelesar a su pareja y al resto de las mujeres, aquí y en el extranjero con Jallmay o Prom-Perú.
Al final, sale con la boca manchada de rojo del lápiz labial de su pareja, tras esa danza que traspasa la frontera del enamoramiento.