ANÁLISIS
Por Farid Kahhat. Analista internacional
El contraste entre la conducta reciente de los gobiernos de China y Birmania (Myanmar) ante desastres naturales de gran magnitud no podía ser mayor: mientras el Gobierno Chino aceptó la ayuda internacional y permitió el acceso a la prensa extranjera, tras el ciclón que arrasó su país, la junta que gobierna Birmania se mostró más autista que nunca. Tal parece que el Gobierno Chino aprendió la lección derivada de su intento por ocultar la epidemia de gripe aviar unos años atrás. Los generales de Birmania, en cambio, están más allá de toda redención. Primero alegaron que su país no requería ayuda internacional, pues podía valerse por sus propios medios.
Cuando las imágenes de cuerpos en descomposición y sobrevivientes a la intemperie hicieron evidente que eso no era cierto, exigieron que la ayuda fuera canalizada a través de agencias gubernamentales. Es decir, las agencias del gobierno más corrupto del mundo, según los índices que elabora la organización Transparencia Internacional. Luego aceptaron que parte de la ayuda fuera administrada por diversas organizaciones internacionales, pero no les concedía visas de ingreso a sus funcionarios. Finalmente, tras conceder a cuentagotas algunas visas, hicieron todo lo posible para evitar que esos funcionarios recabaran el testimonio de la población afectada. Así, vimos cómo el camión de una agencia internacional de ayuda arrojaba víveres hacia los sobrevivientes mientras continuaba su marcha, porque la junta militar le había prohibido detenerse en zonas rurales. Por eso, un mes y más de cien mil muertos después, cerca de la mitad de los damnificados no ha recibido ayuda alguna.
Algunas de las guerras civiles del África solían replicar esa experiencia.
Primero se formaban misiones internacionales de ayuda con el fin de proveer alimentación, atención médica y abrigo a las víctimas de esos conflictos, las cuales a su vez intentaban mantenerse al margen de la confrontación. Sin embargo, pronto el control sobre los recursos de la ayuda internacional se convertía en una variable adicional en los cálculos políticos de las facciones en pugna. En el mejor de los casos, las agencias humanitarias se veían forzadas a pagar cupos a una o más de estas facciones para evitar que los convoys de ayuda fueran tomados por asalto. En el peor, los envíos de ayuda eran objeto de disputa entre esas facciones y sus respectivas clientelas políticas. En esas circunstancias, quienes no están conformes con la distribución de recursos solían patear el tablero y obstruir la labor de las agencias humanitarias con todos los medios a su disposición.
Llegado a este punto se presentaba una disyuntiva: o las agencias en cuestión se retiraban del lugar, dejando a las víctimas libradas a su suerte; o estados con interés en el tema enviaban tropas para resguardar los convoys de ayuda. El ponderar la dimensión moral de esta disyuntiva solía hacer de la primera alternativa una opción indeseable. Pero eso no implicaba que la opción de intervenir se basara únicamente en consideraciones morales.
Usualmente las potencias occidentales habían tejido de antemano redes de lealtades entre las fuerzas locales. Pero incluso de no ser ese el caso, en la medida en que su intervención tendía a modificar el statu quo, esta no era bienvenida por quienes se beneficiaban de aquel. Tarde o temprano, en forma fortuita o deliberada, las fuerzas internacionales terminaban involucrándose en el conflicto, enfrentando a uno o más de los bandos en pugna. En el caso de Somalia, en 1993, el corolario de esa secuencia fue la imagen del cadáver de un soldado norteamericano siendo arrastrado desde un vehículo motorizado por las calles de Mogadiscio. Los combates que precedieron a esas imágenes (en los que murieron dieciocho soldados estadounidenses y alrededor de un millar de somalíes), son las que recoge el filme de Ridley Scott "La caída del halcón negro".
El tiempo pasado en la narración precedente se debe a que los procesos descritos en el África tuvieron lugar en lo esencial en la década pasada. Lamentablemente eso no implica que hayan dejado de ocurrir. Peor aun, en ocasiones es la intervención extranjera la que causa o hace más álgido el problema. Somalia, por ejemplo, estaba hace un año a punto de recobrar su unidad política, ante la inminente victoria de la denominada "Unión de Tribunales Islámicos". Cosa que impidió la intervención militar de Etiopía con el auspicio de los Estados Unidos, retrotrayendo el proceso a fojas cero. Tal parece que para la administración Bush es preferible lidiar con un "Estado Fallido" antes que con un "Estado Islámico".