El Perú no puede permanecer impasible ante las reiteradas agresiones del presidente boliviano Evo Morales, ya no solo directamente contra el presidente Alan García, que personifica a la nación, sino también contra políticas soberanas del Gobierno Peruano en temas de política exterior e integración comercial.
Al respecto, las disculpas y explicaciones de la Cancillería Boliviana suenan casi a otra burla más si, como se puede ver, no hay voluntad de rectificación, sino por el contrario un escalamiento de los insultos y mentiras por parte de Morales. Así, aparte de querer obstaculizar el TLC del Perú con Estados Unidos, se mofa de la figura e ideología de nuestro primer mandatario, ha acusado al Gobierno Peruano de colaborar en un complot de la CIA contra un ex asesor suyo vinculado al MRTA y denuncia que el Perú pretende destruir la CAN.
Nada más alejado de la realidad. La verdad es que con su brusco y destemplado patrón de conducta lo que está haciendo irresponsablemente Morales son dos cosas: por un lado, deteriorar aun más la profunda e histórica relación peruano-boliviana, que hermana a dos pueblos tan semejantes; y, por otro lado, malograr el necesario clima de consenso de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), lo que querría decir que su voceado compromiso con la integración andina es solo declarativo y le importa muy poco.
Mientras Perú y Colombia se esfuerzan por atraer más inversiones, crear más empleo y reducir la pobreza, dentro de la economía social de mercado, Bolivia y Ecuador abrazan posturas retrógradas y socialistas, estatistas y hasta expropiatorias que incrementan la confrontación política de sus países y la pobreza. A propósito, hay que recordar que Bolivia ha amenazado varias veces con retirarse de la CAN y, por lo que parece, solo retornó a instancias del mandatario venezolano Hugo Chávez, para tenerla dentro como una quintacolumna y resorte de sus intereses.
Es público también que Bolivia, junto con Ecuador, no ocultan ni su vinculación y admiración por el obsoleto proyecto castrista de Chávez ni su aversión a Estados Unidos. Eso es problema de sus gobiernos. Sin embargo, debemos recalcar que esos mandatarios no tienen ningún derecho a menoscabar peligrosamente la soberana y coherente decisión peruana de suscribir un TLC con EE.UU. o con la Unión Europea, ni de obligar a los peruanos a permanecer en un foro que bloquea dichos acuerdos y que nos está trayendo más perjuicios que beneficios.
Efectivamente, el arancel externo común entre los países andinos sigue siendo una falacia, pues cada país en particular, como Bolivia y Ecuador, levanta unilateralmente más barreras paraarancelarias a los productos peruanos. En el caso boliviano, se prohibió la exportación de aceite de soya y se decretó políticas nacionalistas y confiscatorias que afectan capitales peruanos y promueven un clima sumamente adverso para las inversiones y el libre comercio.
En tan compleja coyuntura, cada vez más la CAN tiene menos sentido para los peruanos, que no podemos supeditar nuestro desarrollo a compromisos andinos que nadie cumple y que, por el contrario, constituyen pesados lastres, cuando el país reclama tratados bilaterales que potencien las exportaciones y el mayor intercambio comercial. El empuje de la economía chilena se dio de este modo, fuera de la CAN, y la Unión Europea se va abriendo ya a entender la realidad disímil del foro andino, principalmente por la intemperancia de Bolivia, y de alguna manera también por Ecuador.
El interés general de los peruanos está por encima de todo. Si Evo Morales no cambia de postura, pues estará obligando al Gobierno Peruano a poner en la balanza todo lo que estaría perdiendo por permanecer en la CAN y a impulsar una política comercial y de integración fuera de este foro.