Por Mariella Balbi
Aunque sepamos que la muerte es inapelable y el inevitable destino del ser humano, nos cuesta trabajo aceptarla. Algunos basan su escepticismo vital en este hecho y con cierta razón concluyen: si voy a morir, nada tiene sentido. Otros sueñan con la inmortalidad aun sabiendo que es una quimera. Pero de la angustia de la muerte nadie escapa. Mi madre murió hace poco. Fue longeva, sin conservar hasta el final la gran lucidez que la caracterizaba. Era una persona tradicional y a la vez desafió a su época, llena de convenciones y trabas para las mujeres. La educación y su gusto por el saber fueron el camino. Pedagoga primero, abogada luego, tuvo un interregno antropológico. Trabajó --como leo que fue el caso de Luis Bedoya, de quien era amiga-- con Julio C. Tello y Max Uhle, y al ser quechuahablante tradujo el primer auto sacramental del quechua al español junto con un sacerdote. Su nombre está en la lista de americanistas del museo del Trocadero, en París. Como a Bedoya, también le ofrecieron una beca para viajar a EE.UU. Pesó más en ella el apego familiar, o tal vez el temor, soplaban otros vientos.
Hablaba de San Marcos, su universidad, con gran reverencia. Fueron dos mujeres las que se graduaron en su promoción. En tiempos de blue jeans, Beatles y andar sin zapatos, contaba que llegaba a clases con un sastre color salmón, sombrero y guantes de previl, y que el conserje le llevaba los libros hasta el pupitre. En los vertiginosos años setenta, con marxismo e ideales revolucionarios de por medio, tanta elegancia motivaba nuestra risa y consecuente rechazo. La política la seducía enormemente, subrayaba con satisfacción que yo nací el año en el que le dieron el voto a la mujer y, por su formación jurídica, rechazaba de plano los gobiernos dictatoriales. Quiso postular por el PPC al Congreso, según su versión, mi padre se opuso; según mi padre, eso no era tan exacto. Probablemente la frenó la realista visión de que la política puede ser muy sucia, pues ambos vivieron intensamente los sucesivos gobiernos que tuvo nuestro país. De hecho, las sobremesas familiares versaban sobre ello.
A pesar del cariño, mi padre no quería que aprendiera a manejar. Ella batalló y sacó el brevete, aprecié su rebeldía y su tesón. Vaya que era tenaz, me lo transmitió. También me enseñó a ser solidaria y a combatir el abuso. Repetitivas frases como: No debes depender económicamente de hombre alguno, resultaron vitales. Con su profesión tuvo ingresos propios en épocas en que no era usual. Otra frase suya: Tu derecho termina cuando comienza el derecho de los demás. Una menos principista, pero muy útil e irónica, reza así: Toda ayuda es jeringa (fastidia como tal). Hasta hoy me fascina el manejo del lenguaje de quienes nacieron hacia 1920, es original y preciso. A diferencia de ella, yo no soy convencional, pero sería insensato no agradecer las muestras de cariño de quienes la acompañaron y me reconfortaron en un momento triste. Un millón de gracias.