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EDITORIAL

Congreso corroído por el desorden y la angurria partidaria

Lo sucedido estos días en el Congreso es un baldón para la institucionalidad democrática y el desarrollo del país, cuyos responsables tienen que ser señalados y denunciados ante la ciudadanía, comenzando por el humalismo y por la facción aprista liderada por Luis Negreiros.

¿Cómo es posible que en pocas horas se eche irresponsablemente por la borda lo arduamente avanzado en tantos meses, sobre todo en importantes leyes y reformas constitucionales necesarias para asegurar la estabilidad política del país? ¿Justo cuando los indicadores macroeconómicos y de empleo mejoran y los observadores internacionales nos califican de modo sobresaliente, nos disparamos a los pies para retroceder en lugar de avanzar?

Más que vocación política suicida, se ha puesto en evidencia no solo la honda crisis de los partidos y la mediocre calidad de los legisladores, sino también el desprecio que muchos de ellos profesan por la institución congresal y por los ciudadanos que los eligieron.

Y el principal responsable de esta debacle es el partido oficialista, cuya pregonada disciplina partidaria se ha visto resquebrajada públicamente por las ambiciones de varios de sus miembros por presidir la mesa directiva, como Javier Velásquez y Luis Negreiros. Así, ambos se han prestado a componendas de última hora con quien sea y como sea, incluso resucitando la absurda y ya desechada iniciativa de retornar a la Constitución de 1979, como propuso el también aprista José Carrasco Távara, lo que no puede ser casual.

Es decir, no valen los acuerdos previos, ni los principios ni la doctrina partidaria ni el interés nacional, que se pondría en grave riesgo, pues la Carta de 1979, aunque en su tiempo fue progresista, tiene un enfoque estatista ya obsoleto, que va a contramarcha de la economía de mercado y de las garantías que demandan las inversiones ya pactadas y por venir. Aquí solo importaron los votos que pudieran contar para alzarse con la presidencia del Congreso, aunque fueren de la díscola e impredecible oposición humalista.

Del humalismo se podía esperar poco, pero esta vez sus voceros llegaron al extremo de saltarse a la garrocha la agenda y los procedimientos parlamentarios ya pactados para chantajear a la nación. No solo se subieron al carro del retorno a la Constitución de 1979, sino que --como en una especie de plan B desestabilizador-- pretendieron imponer a la mesa que se admitieran a debate varios proyectos económicos retrógradas, que afectaban la inversión privada y resucitaban la estabilidad laboral absoluta, lo cual era inaceptable .

El papel del resto de bancadas ha sido igualmente lamentable. El vocero de la Alianza Parlamentaria Víctor A. García Belaunde, quien sabe si con la misma intencionalidad de granjearse votos, no quiso enfrentarse con nadie y lanzó una iniciativa ecléctica de retorno a la Constitución de 1979 pero con mecanismos de actualización, lo que en la práctica significaba lo mismo, es decir poner al país al borde del relativismo legislativo y la desestabilización, que es lo que quiere el humalismo. Hay que recordar aquí que el año pasado el bloque de Unidad Nacional intentó también aliarse al humalismo, a pesar de sus severas discrepancias doctrinales, solo para imponer la candidatura de Javier Bedoya a la presidencia del Congreso.

¡Tales enjuagues y repartijas , que se repiten de modo cíclico, no pueden continuar! No se trata ahora de llorar sobre la leche derramada, sino de imponer orden y devolver coherencia y cordura al Congreso. La Mesa Directiva actual termina su gestión con un espectáculo lamentable, que la ciudadanía deplora y repudia.

Es hora de que los jefes de cada partido llamen al orden a sus huestes y, considerando el gravísimo daño que se hace al país, propongan una agenda de consenso y alianzas entre iguales o similares, no con enemigos de la democracia. El Congreso es un recinto de debate y de consensos razonados y razonables, teniendo como objetivo la estabilidad y el desarrollo nacional, y no un templo de mercaderes dispuestos a hacer de sus conciencias un bien transable a cualquier precio. ¡Orden y moral política, señores!

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