PUNTO DE VISTA
Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador
¿Qué construcción se le viene a la mente cuando le nombran París? Lo más probable es que sea la Torre Eiffel.
¿Y cuando le mencionan San Francisco? Seguramente el largo y rojo puente Golden Gate.
¿Y si nombro a Sidney? La Ópera junto al mar, indudablemente.
¿Madrid? La Puerta de Alcalá.
¿Buenos Aires? El Obelisco de la 9 de Julio.
¿Se ha dado cuenta de que con Lima no es posible este ejercicio? Si a un diseñador gráfico se le encargara resumir a Lima en un logotipo para captar turistas del extranjero, tendría que echar mano a imaginarios históricos inexistentes como las tapadas, a balcones coloniales que hay que buscar con guías turísticas, o a un cerro San Cristóbal que, francamente, empalidece en belleza ante el Pan de Azúcar. La mente humana está más entrenada para reconocer que para conocer. Por eso, es una lástima que en Lima no tengamos una sola obra fotografiable que ayude a reconocer de un solo vistazo nuestra ciudad. Hace unos años escribí un artículo en el que narraba de qué manera Bilbao, en el norte de España, solía ser una ciudad plomiza a la que nadie tomaba en cuenta como destino turístico. Hasta que el gobierno de Vizcaya decidió realizar, probablemente, la inversión más inteligente para desarrollar una ciudad. Le encargó al afamado arquitecto Frank Gehry la construcción de un Museo Guggenheim junto al río y, más allá de la prensa mundial que esta inauguración concitó, la presencia de este edificio de titanio atrajo otros impactantes proyectos arquitectónicos en los alrededores y una renovada vida cultural que le cambió la percepción a esta ciudad antes ninguneada, y les calló la boca a quienes piensan que la inversión en cultura no es rentable. Hace poco el presidente García hizo bien al decirnos a los peruanos que pensemos en grande: no existe un esplendor material si antes no hubo una grandeza de propósitos. Es verdad que su propuesta de hacer de Lima una sede olímpica para el 2020, más que grande, es monumental y lindante con la demagogia. (Antes de hablar de olimpiadas en Lima, deberíamos darnos una vuelta por Pisco para ver cómo sigue sin reconstruirse). Sin embargo, tomaré el concepto más que el ejemplo, y lanzaré una pregunta al aire. ¿Qué ocurriría si junto al Pacífico que rodea Lima --ese mar que el mundo ignora que nos baña-- se levantara el más ambicioso museo de arte precolombino? Una estructura deslumbrante, diseñada por un arquitecto ganador del Premio Pritzker que nos garantice orgullo, prensa a nivel planetario y una razón para que los turistas no usen a Lima como una mera escala hacia Cusco, y puedan descubrir luego aquellas bondades limeñas que no son fotografiables, como nuestra comida y hospitalidad. Quien haya estado en Chiclayo alguna vez en estos últimos años se habrá dado cuenta del orgullo, el compromiso con la identidad y las cadenas turísticas que significó en su momento la construcción del museo Tumbas Reales de Sipán. Para muestra, basta comparar cómo eran las postales de Lambayeque antes, y qué es lo que muestran ahora. Quizá ya haya llegado del momento de que Lima piense en grande. Eso sí: aterrizando con realismo.