Por: Por Julio Ortega | Conocí a Carlos Fuentes en mi primera visita a la ciudad de México, en el verano de 1969. Por entonces, Carlos todavía se rehusaba a viajar en aviones, y aún le estaba vedado el ingreso a los Estados Unidos. Me contó la famosa historia de su último viaje aéreo: tenía que ir a un congreso de escritores en alguna ciudad mexicana y lo habían convencido de volar diciéndole que un avión con cincuenta escritores no se puede caer. Pero le tocó sentarse al lado de Juan Rulfo quien, mirando por la ventanilla sentenciaba, "Estamos pasando por la ilustre Guanajuato"; y al rato, "Estamos pasando por la histórica Querétaro". "¿Y tú cómo lo sabes?", le preguntó Fuentes; y respondió Rulfo: "Las reconozco por el cementerio". No menos sepulcrales eran, por entonces, los compartimentos ideológicos, propagados por la Guerra Fría. Fuentes había sido declarado peligroso para la seguridad de los Estados Unidos por el Departamento de Estado; y peligroso para la buena conciencia burocrática por los estalinistas que endurecieron la joven Revolución Cubana. Esa noche, después de cenar, Carlos nos llevó, a José Emilio Pacheco y a mí, a conocer lo que calificó de monumento mayor de la cursilería mexicana, el reciente hotel Camino Real. En efecto, tenía falsas pintadas de morado y unas muchachas vestidas de Cleopatra que vendían cigarrillos. Pero cuando entrábamos, Carlos nos dijo: "Nos hemos cruzado con el hombre más odiado en México". Era Luis Echeverría, el próximo presidente mexicano, que había sido secretario de Gobernación durante la matanza de Tlatelolco, el año anterior. Ambos habían intercambiado un hielo profundo, y sospeché que Carlos, que se había quedado sin Estados Unidos, y que había perdido Cuba, se estaba quedando también sin México. Este es un escritor, me dije, que sacrifica países a sus opiniones, aunque se trataban, claro, de convicciones libérrimas que configuraban su personalidad más propia, hecha de una independencia solidaria. Años después, Fuentes seria embajador en Francia del gobierno de Echeverría, una decisión que hasta hoy le cuestionan sus antagonistas, pero que él asumió en las pocas opciones de la hora, que pasaban por afirmar las aperturas o arriesgar las líneas duras. Después descubriría yo que desde su primera novela Carlos Fuentes ha sido el escritor más atacado por los mexicanos. Pero no por la fatalidad de profetizar en su tierra, sino porque es el escritor más incómodo. Estaba escribiendo, me dijo, una novela de mil páginas en la cual Felipe II dialogaba en los infiernos con el infame Díaz Ordaz, el presidente de la matanza de Tlatelolco. Justamente cuando Echeverría nombró a Díaz Ordaz embajador en España, Fuentes renunció a su encargo parisino. Debe haber recuperado el odio de Echeverría, o sea, regresado a la normalidad. Esa novela es Terra Nostra, tan larga que en México decían los amigos que se requería de una beca para leerla. Se me ocurre ahora que las novelas de Fuentes son, en cierta medida, la biografía de una transferencia: en ellas recobra una geografía simbólica. Contra el discurso esencialista de una identidad fatal, Fuentes se adelantó a ensayar las aperturas de una identidad trashumante, que hoy llamaríamos posmoderna. La ciudad de México, que conoció recién a los l6 años, después de pasar la infancia en Estados Unidos, donde su padre era diplomático, la pubertad en Chile, y la adolescencia en Buenos Aires, es el escenario de La región más transparente (1958), la novela que representa a una ciudad que apenas nacía a la modernidad y se despedía ya de la misma, porque estaba dejando de ser transparente para hacerse ilegible. Mientras que Cristóbal Nonato será la pérdida anticipada de un México invadido y desmembrado. La Campaña, va de Argentina a Chile; como Gringo viejo de Washington a la frontera mexicana. Una familia lejana es la novela de un París recuperado en la luz de la Isla de San Luis, y extraviado en las trampas del linaje. La muerte de Artemio Cruz es, por cierto, la biografía de la Revolución Mexicana perdida; y Terra Nostra el extravío de España en el Nuevo Mundo, que recomienza en la suma de modernidad que es la novela. La narrativa, para Fuentes, está hecha por este desbasamiento de las representaciones, que zozobran y se sustituyen, como si lo real no tuviese otro sentido que su permanente mutación. Ese año de 1969, Carlos Fuentes escribía la apoteosis de la historia como una fábula política recontada desde una lengua latinoamericana canibalizadora y barroquizante. Y descubría que si la literatura era su patria, la cultura era ya su ciudadanía. Pero vivía también la novela que iba a escribir 25 años después, Diana o la cazadora solitaria, como una vida anticipada, que se escribiría frente a las prohibiciones norteamericanas, refutadas por el placer. Quizá no sea casual que para recuperar el arrebato de esa relación, haya tenido que desnudarse en la confesión. Siempre he sospechado que Fuentes escribe, cada vez, su primer libro. Por lo demás, he llegado a creer que Fuentes practica una novelización, que nos incluye y nos toca descifrar. Nos ha dado un papel en las operaciones de la lectura, y varias veces me ha parecido encontrarme con capítulos de una novela que Fuentes no ha escrito aún. Es el caso de los políticos mexicanos, que parecen estar buscando su lugar en alguna página apocalíptica y jocosa de Cristóbal Nonato. Y qué decir de los funcionarios de la política que han fatigado la infamia como si fueran de la estirpe de Macbeth y de Artemio Cruz. Por lo demás, casi todo lo que escribe habría que leerlo como la saga de un relato que convierte a la historia en ficción, a la política en esperpento, a la biografía en enigma, y a la novela misma en el discurso que hace y rehace a nuestro tiempo como si pudiese ser otro, siempre en proceso de configurarse, a punto de ser más libre. Leer a Fuentes es exceder límites, cruzar fronteras, ensayar la hibridez, y reconocer, en esos umbrales, un nuevo espacio de reconstrucciones. Comunica una energía inquieta, una complicidad tan imaginativa como crítica. Por eso, todo encuentro con Fuentes y su obra ocurre en una temporalidad paradójica, hecha de varias instancias y destiempos. Su "Edad del tiempo," el reordenamiento de sus novelas en la Editorial Alfaguara, incluye a la historia (curso temporal) y al mito (decurso de las edades); pero como se rehúsa al orden cronológico en que fueron escritos o publicados esos libros, noveliza también nuestra lectura. Así, propone que sus novelas empiezan con Aura (donde un joven lector, historiador de oficio, traduce las memorias que lo reemplazan y perpetúa así una historia sin edad) y culminan con "Las dos Américas" de El naranjo o los círculos del tiempo (esto es, con un Cristóbal Colón del todo reescrito, cuyos Diarios de abordo serían la primera novela del boom latinoamericano). De modo que si esta obra no se ordena por la cronología de la escritura y mucho menos por la histórica es porque organizan otra temporalidad, hecha de anticipaciones y anacronismos, consumando y consumiendo los escenarios de su energía empática y su traza barroca. El orden es aquí el recomienzo, el proyecto de una lectura donde los textos se releen renovadamente, en una suerte de "tiempografía", donde discurren las fuentes de Carlos, es decir, la juventud de la letra. Pero ya ese encuentro temprano con Fuentes era un largo reencuentro, porque yo había frecuentado su obra, sobre la que empezaba a escribir como si descifrara en ella no solo la actualidad literaria más nuestra, que es, después de todo, una de las formas de nuestra identidad; sino también ese porvenir de la lectura que late en todo lo que Fuentes escribe, signado por la fuerza de la innovación, abierto a la ocurrencia de lo nuevo. Por entonces había salido su manifiesto literario de la novela del boom, La nueva novela hispanoamericana (1969), un breve y brillante alegato que anunciaba la mayoría de edad, pero también la juventud vehemente, de ese periodo de optimismo creador. El libro nacía bajo un doble signo: el ejemplo innovador de Julio Cortázar y la culminación feliz de la obra maestra de Gabriel García Márquez. Entre Rayuela (1963) y Cien años de soledad (l967), Fuentes encontraba las pruebas de nuestra diferencia y las razones de nuestra universalidad. Y ese movimiento de incorporaciones felices, permitía incluir a Juan Goytisolo, escritor de ambas orillas. Cortázar y García Márquez le hicieron concebir la noción, característicamente fuenteana hay que decir, de que todos los novelistas del boom estaban escribiendo la misma novela, con capítulos nacionales, y que cada gran novela del otro era no solo un triunfo personal sino un alivio: lo eximía a él de escribirla, y le permitía ahondar en su propia página. En una carta, Julio Cortázar le comenta a Fuentes uno de sus ensayos sobre la nueva novela, y le discute la inclusión de Alejo Carpentier en la constelación de los nuevos. "Tendrás que reconocer -le escribe- que el hombre que escribió Rayuela no puede aceptar El siglo de las luces, que es absolutamente su polo opuesto en materia de actitud estética...Tú, que citas ese pasaje de mi libro donde me declaro 'en guerra con las palabras', tienes que comprender que mire sin alegría a alguien que está en plena cópula con ellas" (1964). Pero a Fuentes la obra de Carpentier se le aparece como la representación de una representación, donde si el nombre es adánico la reescritura es barroca; y, siguiendo la fuerza inclusiva de su lectura, lo incorpora a su galería del cambio. En 1966, Fuentes lee las primeras 80 páginas del libro que está escribiendo García Márquez, y de inmediato escribe una crónica anunciando el nacimiento de una obra maestra. Al año siguiente, cuando sale la novela, le escribe a Cortázar: "Te escribo por la necesidad imperiosa que siento de compartir un entusiasmo. No sé dónde anda en estos momentos GGM y puesto que no puedo escribirle al autor, te escribo a ti, a quien todos debemos tanto (ese TANTO indefinible que es un aire nuevo, un campo más ancho, una constelación que se integra). Acabo de leer CADS y siento que he pasado por una de las experiencias literarias más entrañables que recuerdo..." Y añade Fuentes: "Y qué sentimiento de alivio, Julio; ¿no te sucede que cada buena novela latinoamericana te libera un poco, te permite limitar con exaltación tu propio terreno, profundizar en lo tuyo con una conciencia fraternal de que otros están completando tu visión, dialogando, por así decirlo, con ella?" Se suman, así, estos tres hidalgos en el intercambio profundo propiciado por la generosidad de Fuentes. Por eso he dicho que cualquier retrato de Carlos Fuentes solo puede ser un retrato de grupo. En esa foto familiar, la presencia de Cortázar se ha hecho más actual y más íntima. García Márquez prosigue despertando a los muertos a nombre del amor fabuloso, o sea escribiendo contra el tiempo. Y Fuentes debe haber hecho un pacto azteca con algún dios propicio porque su edad del tiempo, la saga de su obra incompletable, es cada vez más joven, más reciente y más nuestra.