Por Peter Elmore
Al filo de los treinta años, en 1958, Carlos Fuentes publicó la primera -y acaso la más importante- de sus novelas: La región más transparente. La ambiciosa obra de Fuentes aspira a ser la novela emblemática de la ciudad de México: el largo aliento de La región más transparente da forma y figura -mediante la historia y el mito, la crónica y el símbolo, el encuadre realista y la visión fantástica- a las múltiples capas de una urbe que es, también, un orbe.
Sobre las ruinas de Tenochtitlan, el centro y eje de la confederación azteca, fundó Hernán Cortés la capital del virreinato de la Nueva España. Enterrado el régimen colonial, la ciudad de México siguió siendo el nudo y el nervio del nuevo Estado independiente. Varias veces reducida a ruinas, y otras tantas erigida sobre (o con) sus escombros, la urbe levantada en la meseta de Anáhuac tiene una biografía vasta y compleja. "Roma en aquel otro imperio", llamó el Inca Garcilaso de la Vega al Cusco; sin duda, la misma definición es aplicable a Tenochtitlan, pero además puede añadirse que la ciudad de México, como la misma Roma posimperial, a lo largo de los siglos ha sido sin interrupciones lugar de peregrinaje, sede del poder político y metrópolis dinámica. ¿Cómo abarcar desde la ficción una realidad de contornos tan amplios y sustancia tan densa? La respuesta que ofrecen las más de quinientas páginas de La región más transparente es rotunda: a través de una concepción artística abarcadora y de una técnica radicalmente moderna. El primer ejemplo de "novela total" -ese modelo e ideal narrativo que marcaría a las grandes obras del llamado boom de los años 60, de La casa verde a Cien años de soledad- se encuentra en el abigarrado y populoso mural narrativo que Fuentes concibió y ejecutó en la segunda mitad de la década del 50. El diseño del texto, a primera vista fragmentario y caleidoscópico, se rige en realidad por las reglas de la simetría y la circularidad: el propósito de ceñir, mediante una estructura rigurosa, el flujo múltiple de la experiencia urbana es lo que emparenta a la novela inicial de Carlos Fuentes con obras como Manhattan Transfer (1925), de John Dos Passos, o Ulises (1922), de James Joyce. Aunque arraigado firmemente en las preocupaciones y problemas del México de sus días, Fuentes asimila con fervor las propuestas experimentales de la novela anglosajona moderna: al igual que otros escritores mexicanos de primera línea -como Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Rulfo y José Revueltas-, Fuentes se niega a tomar partido en la estéril querella entre nacionalismo y cosmopolitismo.
BALANCE E INVENTARIO
En la rapsódica y caudalosa coda que cierra La región más transparente, Ixca Cienfuegos -el mismo personaje fantástico y atemporal que, con una invocación lírica, inicia el relato- realiza el balance poético y el inventario crítico del mundo narrado. Al pasar, Ixca menciona que la ciudad a la cual se debe la novela tiene ya cuatro millones de habitantes. La acción principal del relato se desarrolla en el primer lustro de la década de 1950, cuando la alta burguesía y la burocracia del partido hegemónico rigen -olvidados ya los valores y principios de la Revolución- los destinos de un México estable y próspero, pero herido por profundas desigualdades.
El presente de la historia no se agota en sí mismo y remite al pasado biográfico, sobre todo al vivido en los años convulsos de la lucha revolucionaria, que entre 1910 y 1920 cambió el curso del país; además, ese mismo presente convoca a las fuerzas -mágicas, telúricas- de la memoria mítica. En la visión de Fuentes -que es, en este momento, muy próxima a la que vierte Paz en El laberinto de la soledad-, la conciencia mexicana está habitada por arquetipos, motivos y presencias que solo se entienden desde la perspectiva de la larga duración. El país mestizo, situado en el extremo de Occidente y en el centro de una gran civilización indígena, vive su ser y estar en el mundo como un drama que se repite y renueva. Ese drama cultural cobra su forma a través de la ceremonia de la fiesta, el uso de la máscara y el ritual del sacrificio. De hecho, esos tres elementos cumplen funciones decisivas en la construcción novelesca y son símbolos cruciales en el mundo representado: la idiosincrasia ambivalente -trágica e irónica- de México y su progenie se expresa a través de ellos. A propósito de la fiesta, es significativo que La región más transparente comience con imágenes de la vida nocturna; estas -que comprenden a los de arriba y a los de abajo- van desde el retorno en la madrugada de la copetinera Gladys García, quien estará al principio y el final del libro, hasta la reunión ebria y locuaz de un grupo de snobs en casa de Bobó.
Simétricamente, en el cabo opuesto y letal de los acontecimientos, las muertes de Norma Larragoiti de Robles, Manuel Zamacona, Gabriel y el niño Jorge Morales ocurren -en lugares y circunstancias diferentes- el 15 de septiembre, en las celebraciones de la víspera del día de la Independencia: la fecha de los fastos nacionales es, reveladoramente. la del derramamiento de la sangre. "Te lo dije; ellos andan escondidos, pero luego salen. A recibir la ofrenda y el sacrificio", le dice Teódula Moctezuma a su hijo, Ixca, luego del incendio en el que muere Norma de Robles, la frívola esposa del banquero Federico Robles, cuya mal habida fortuna acaba de desvanecerse por obra de poderes ocultos y conjuras mundanas. También tras la muerte del intelectual Zamacona -que, como la del subproletario Gabriel, da la impresión de ser consecuencia de un exabrupto machista- se intuye la ofrenda a las divinidades de la violencia y de la tierra. En La región más transparente, bajo la máscara de la contingencia está el rostro intemporal del mito. No es ese, sin embargo, el único sentido que en la novela posee la máscara, que también es el recurso de quienes, como Norma de Robles o Manuel Zamacona, niegan o desconocen su verdadera identidad.
LA IDENTIDAD Y LA "NOVELA TOTAL"
Cuando Fuentes escribió La región más transparente, el debate sobre la identidad nacional y las raíces culturales de lo latinoamericano era intenso y encendido, como lo fue también en la década del boom y en los años 70. A partir de la década del 80, con el colapso generalizado de los populismos nacionalistas y la crisis de la estética de la "novela total" en América latina, esa discusión -que anima las páginas del vasto libro de Carlos Fuentes- se siente ya agotada: el énfasis en los orígenes y la preocupación por definir el perfil auténtico de lo latinoamericano han perdido el aura de relevancia que tuvieron en el pasado. Eso no disminuye el valor artístico de La región más transparente, que sigue siendo considerable, pero hace que sus ideas y sus premisas resulten ahora menos persuasivas que hace medio siglo.
La región más transparente es, sin embargo, bastante más que una novela de tesis. Entre los méritos de su composición se halla la variedad de registros -desde el fantástico hasta el documental- y de dicciones -desde la callejera hasta la oracular- que infatigablemente despliega. Es admirable también el modo en que Fuentes teje los itinerarios de quienes forman el numeroso reparto de su libro: las líneas que al principio parecían paralelas se entrecruzan, no pocas veces con golpes de efecto que revelan una inteligente asimilación del melodrama, ese género mexicano (y latinoamericano) por excelencia. Así, por ejemplo, la densa introspección faulkneriana de Mercedes Zamacona, ya cerca del final del libro, le revela al lector que el padre de Manuel Zamacona -en esta novela donde la orfandad parece un estigma trágico del ser nacional- es Federico Robles, pero padre e hijo ignoran su verdadero vínculo.
"Viajero: has llegado a la región más transparente del aire", dice Alfonso Reyes en el pórtico de su bella y breve Visión de Anáhuac. En su primera novela, Carlos Fuentes evoca en el título al texto de Reyes para ofrecer la summa narrativa de una urbe intrincada en la cual bulle una modernidad periférica y palpita, como un órgano secreto, una memoria ancestral y mítica.