LETRA VIVA
Ganadora del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Gabriela Mistral 1999, otorgado por la Asociación Côtè-Femmes (París), Yolanda Westphalen es una de las voces femeninas más valiosas de nuestra fecunda Generación del 50.
Podemos distinguir tres etapas en su trayectoria poética. La primera consta de cuatro libros: "Palabra fugitiva" (1964), "Objetos enajenados" (1971), "Universo en exilio" (1984) y "Antología poética y Ojos en ceguera clausurados" (1989). Reina lo tanático (nótese lo disgregante o destructivo en los títulos de los poemarios: "fugitiva", "enajenados", "en exilio" y "en ceguera clausurados"): un clima de desolación, melancolía, angustia, temor a la muerte y cuestionamiento del sentido de la existencia. El cultivo del poema conciso, de gran concentración expresiva, afloró en "Universo en exilio".
La segunda etapa "Díptico: Saludo a Vallejo / Fuegos fatuos" (1996), "Graffiti" (1999) e "Himno a la vida" (2000). Instala una visión afirmativa y esperanzada, entonando una "salutación" apoteósica al Vallejo que canta el triunfo del amor contra la muerte, celebrando la maternidad al igual que el poder creador de la poesía (y la lectura, por cierto), hasta culminar en un himno a la vida. En este caso, el poema conciso y decantado se enseñoreó en "Graffiti".
En "Silencio de piedra" (2004) sobrevino el eclipse del vitalismo de la segunda etapa, proceso ratificado ahora con "Viviendo el tiempo", ambas colecciones de textos breves, reflexivos a la par que engastados con imágenes intensas (ajenas a adornos retóricos), llevando a cotos magistrales la limpidez explorada en "Universo en exilio" y "Graffiti".
Asistimos a una síntesis de la primera y la segunda etapas: al primer impulso de tristeza y desamparo, incluidas quejas ante la incuria del tiempo ("Cada arruga es un grito de protesta", p. 47, "el tiempo clama venganza", p. 91), termina venciendo la aceptación de la existencia con su cuota de aflicción y su condición efímera, entregándose --en los momentos privilegiado--- al poder del recuerdo para volver a vivir el pasado con la sabiduría que trae la visión integral de lo vivido.
Al respecto, repárese en la resonancia proustiana del vocablo "sabor" (el té mezclado con la magdalena, en su novela) en un poema en el que la palabra extrae el recuerdo como un tesoro de la entraña (el núcleo imperecedero, diría Proust) del tiempo: "Cautelosamente / viene la palabra / cavando en la entraña / del tiempo / el sabor del recuerdo" (p. 59). No debe sorprendernos que lo luminoso triunfe en los tres poemas finales del libro, concluyendo así: "escondo / entre las tinieblas / hermosas luciérnagas / que se incendian / en palpitante luz" (p. 119).
DOLOR Y ACEPTACIÓN
Vivir el tiempo significa en este poemario padecer los estragos de una edad avanzada, en particular la soledad en que nos dejan los seres queridos para vivir en la eternidad; y, entonces, se extienden la oscuridad, el silencio y la tristeza. Pero vivir el tiempo, de otro lado, significa experimentarlo en una dimensión más honda --y sabia-- al recordarlo, captando la presencia de lo ausente, el mensaje del silencio y la aceptación estoica de una existencia vivida a plenitud. Todo ello alcanza su fruto en el poema cincelado y conciso, al borde de un silencio que no implica fracaso expresivo ni incomunicación, sino depuración espiritual más allá de las palabras.