Por: por Asima F. X. Saad Maura* | "Un recorrido por el tiempo, la música y la pasión", así caracterizaba Carlos Fuentes su novela Instinto de Inez (2001) en una entrevista con Ignacio Solares. También reconocemos en este texto lo que parece ser el insaciable gusto del escritor mexicano por el hibridismo histórico-literario, pilar que sustenta y le da unidad a su narrativa. Este libro constituye parte de la serie titulada "El mal del tiempo," donde también está situada Aura.
El tema de Fausto Lo que posiblemente llame más la atención es la musicalidad con la que Fuentes desarrolla la trama, con el acompañamiento de cierto ritmo y tiempo, cuyo hilo conectivo es la sinfonía teatral La condenación de Fausto del francés Héctor Berlioz (1803-1869). De esta manera -y como si de una estructura arquitectónica se tratase- une el pasar del tiempo -del pasado al futuro que no es otro que un eterno presente- con la literatura y la música. A pesar de no ser el primero en musicalizar esta obra, es este compositor el que inspira a Fuentes a producir otro grito profundo en boca del director de orquesta Gabriel Atlan-Ferrara, quien ordena a los cantantes del coro: "griten de terror, griten como un huracán, giman como un bosque profundo", pues "el diablo se ha adueñado del mundo" (27) y acosando y humillando a su contrapartida femenina -la inexperta y joven soprano en su triple papel de Inés Rosenzweig (su nombre de pila), Inez Prada (su nombre artístico) y Margarita (a quien interpreta en La condenación de Fausto). Como el Mefistófeles o demonio que yace en el centro de todo, y lleva las riendas de la vida de Fausto, así Atlan-Ferrara dirige no solo la orquesta, sino también los sentimientos de Inez, quien por un momento cae presa de la fascinación que este hombre proyecta. No obstante, con Inés/Inez aparece el instinto femenino como fuerza primigenia, antediluviana y salvaje, que precede todo concepto de civilización. Como la Segunda Guerra Mundial que ocurre análogamente a los ensayos del Fausto de Berlioz, y que ocasiona destrucción y muerte, la presencia de esta mujer perturba el orden superficial en el que vive el director. Entre ellos se da una relación tan problemática como el momento histórico en el que viven: "Se estableció una maravillosa complicidad entre el conductor y la cantante. Inez y Gabriel eran los verdaderos demonios que al impedir que el Fausto se cerrara, lo hacían comunicable, amoroso y hasta digno. Derrotaban a Mefistófeles" (81). La memoria refugio A manera de introducción y para ilustrar la idea del recuerdo, Fuentes escoge de epígrafe una cita de la obra póstuma El sueño del pabellón rojo (1791) del escritor chino Cao Xuequin (1715-1763), dando comienzo a su novela con la frase: "circulaba de tiempo atrás en la vieja cabeza del maestro" (11). De hecho, el recuerdo le sirve a Fuentes para hilvanar varias historias alrededor de las cuales está el temor a la muerte y, más aún, al anonimato. Primero, sienta la base del recuerdo con las palabras del autor chino del siglo XVIII que le sirven de epígrafe: "He perdido, entre los humanos, demasiada duración. Mis destinos sucesivos se pueden leer aquí. ¿A quién encargarle que cuente un maravilloso suceder?" Este mensaje es reforzado de inmediato por el discurso inicial del director, ya viejo, el mismo que se repite en otros pasajes: "No tendremos nada que decir sobre nuestra propia muerte" (11). Más adelante el narrador añade otra sencilla aseveración igualmente presente en otras obras de Carlos Fuentes: "El muerto no sabe que está muerto. Los vivos no saben lo que es la muerte" (18). Al fin de cuentas lo que queda es: "la memoria original" que "reconoc[e] a cada memoria recién-venida dándole la bien-venida al sitio de donde, sin saberlo, la nueva memoria [ha] salido, creyéndose futuro, para descubrir que siempre ser[á] pasado. El porvenir [es], también, una memoria" (18-19). Sin embargo, recordar y olvidar está fuera de nuestro control. Es en esta confusión que los recuerdos se entretejen para darle forma a la historia de los amores frustrados del director de orquesta Atlan-Ferrara, quien en el presente de la narración cuenta ya con noventa y tres años, pero sigue aferrado a la vida y al sexo. Lo único que le queda es el recuerdo de la sensualidad que solamente hoy puede obtener mediante la masturbación: "precisamente para que la mano pudiera tocarlo, acariciarlo, sentir en toda su intensidad la lisura perfecta y excitante de esa piel incorruptible, como si pudiese ser una espalda de mujer, la mejilla del ser amado, una cintura táctil." (20). Este acto de masturbación senil es su último recurso ante la vida que se le escapa. En voz de Atlan-Ferrara se expone una realidad que si bien no es nueva, puede decirse que ha empeorado desde finales del siglo pasado: "ser viejo es un crimen. Puedes acabar sin identidad ni dignidad, en un asilo, acompañado de otros viejos tan estúpidos y despojados como tú", le dice a su ama de llaves, Frau Ulrike, quien "un día, también, fue joven" (22). Este vaivén temporal a través de la memoria es un tema recurrente en la obra de Carlos Fuentes. Este ir y venir entre pasado y presente lleva a Atlan-Ferrara a recordar su época de fama, dinamismo y fogosidad, en la que tuvo amoríos con la joven soprano Inés Prada, quien a su vez está frustrada por buscar inútilmente a ese hombre "ideal" que solo existe en una foto, de pie, al lado del guapo director de orquesta. En el ocaso de su vida, Atlan-Ferrara está mortificado por su vejez y, como Fausto, se rehusa a aceptarla porque sabe que morir es perder la oportunidad de enmendar y quedarse con el sinsabor del arrepentimiento. A Instinto de Inez se le une la más reciente, Todas las familias felices (2006). Tanto esta como la primera presentan una imagen política, social y cultural, en la que se mezclan pasado y presente, historia y ficción. En Instinto de Inez prevalece la música y el otro libro se bandea entre diferentes niveles sociales en un México tan contemporáneo como eterno. Por fin, con estas novelas de la primera década de nuestro siglo, Fuentes se adentra, como ha hecho tantas veces, en las pasiones, frustraciones, contradicciones, inseguridades, envidias y malentendidos humanos, y nada ni nadie mejor que la figura de Fausto para representar todo lo peor que puede alojarse en el interior de nosotros. Profesora de literatura hispanoamericana de Haverford College, Penssylvania