Por: Juan Paredes Castro |
El mito del partido aprista de que sabe más por viejo que por diablo se derrumbó abruptamente ante las narices de un gobierno cada vez menos convencido de otro mito: de tener todo el control sobre ese partido y sobre su bancada en el Congreso.
Todo comenzó cuando el parlamentario Luis Negreiros entró en berrinche al conocer que ya no sería el candidato del Apra a la presidencia del Congreso, contra un acuerdo entre bambalinas del año pasado que supuestamente debía materializarse a su favor en esta oportunidad.
La historia siguiente es ya conocida: en perfecta alianza con el humalismo radical, Negreiros le demostró a su bancada, a su partido, a su gobierno y al país, cuánta manga ancha de anarquía podía generar él de la noche a la mañana en un Congreso presidido por un aprista, Luis Gonzales Posada, y frente a una agenda de reforma constitucional que, según sus planes, debía acabar en el canasto, como efectivamente acabó.
El argumento al que apelaron Negreiros, su facción aprista y el humalismo no era una novedad pero sí lo suficientemente desestabilizador: la vuelta a la Constitución de 1979. En efecto, este tema, de aconsejable tratamiento de fondo, que no puede ser zanjado a la carrera ni como condicionante de zancadilla de otra agenda, fue utilizado finalmente para provocar el caos en que terminó la última legislatura.
Aquí viene pues la lección demostrativa de varias cosas: de que el Apra, en un Congreso ya de por sí fraccionado, no constituye una bancada sólida; de que el Apra tiene graves problemas de dirección y, quién lo creyera, de disciplina partidaria; de que el Apra, por eso mismo, ya no sabe si defiende la Constitución de 1979 por manía devota a su fundador o por convicción democrática; de que el Apra no se siente un partido de gobierno, ya sea porque su máximo líder, Alan García, no hace nada por integrarlo a su rumbo, ya sea por los divorcios doctrinales y funcionales entre sus distintas generaciones; de que el Apra, por fin, parece cargar solo con la vieja leyenda de su organización y con la cruda realidad de que todo está por comenzar de nuevo en el partido, incluyendo una revisión de la herencia ideológica e intelectual de Víctor Raúl Haya de la Torre.
Si saber más por viejo que por diablo ya no le sirve al Apra, peor sería empezar a actuar más por diablo que por viejo.
El Apra no tiene por ahora otra salida que someterse a una dura prueba de concertación de puntos mínimos comunes, no importa con cuanta sangre todavía en los ojos.
Quizás esta dura prueba de concertación menor sirva de acicate a la concertación mayor que se requiere entre los partidos democráticos para asegurarle al país los puntos mínimos de continuidad de su sistema político democrático.